—Hace mal día hoy.
—Sí.
Tenía la cara apoyada contra el cristal de la ventana, abandonada al contraste metálico de la diferencia de temperaturas; la mejilla izquierda arrobada a causa del fuego, la derecha helada, casi tan fría como el viento cargado de nieve que bajaba de la montaña.
—¿Quieres un té?
—No, gracias.
Sentía que podía estar así toda la vida. Sentada junto a la ventana, dividida entre la calidez de la chimenea y el frío del cristal.
Se sentía a la vez de hielo y de fuego.
Hielo ardiendo.
Cerró los ojos para recrear la imagen de un témpano al rojo vivo. Absurdo. El hielo puede llegar a quemar, pero nunca a arder.
Anochecía con rapidez, y con la luz, se iría la imagen vertiginosa de las montañas. A tan poca distancia perdían toda su majestuosidad para mostrarse tal y como eran, monstruosas, inalcanzables.
—Bueno, yo me voy a acostar —dijo él sin levantar la cabeza de la taza que sostenía entre las manos.
—¿Ya?
—Mañana quiero estar descansado. Tu deberías hacer lo mismo.
Ella no contestó, miró inquieta hacia la montaña y tragó saliva.
—¿Tenemos que hacerlo?
El hombre removió los restos de su té. Quería decir algo, sin saber exactamente como.
—Sí —resumió ambiguo—. Sabes que sí.
—Me da miedo.
El volvió a callarse durante un instante que pareció eterno. Al fin se levantó y dejó la taza en la repisa de la chimenea.
—¿Lo tienes todo preparado?
Ella se limitó a asentir con la cabeza.
—Hasta mañana entonces.
Las sombras se alargaban, se metían entre los árboles y las piedras fundiéndose con ellas hasta que solo hubo tiniebla luchando contra la cada vez más vacilante luz del fuego, a la que también acabó por vencer.
"No se ve nada", pensó, "Ya solo quedamos la sombra y yo, y ella lo ha devorado todo, hasta la montaña, pero conmigo no podrá, porque yo soy pensamiento".
Entonces se desencadenó otra lucha, esta vez a muerte, entre el viento y la tiniebla. El viento, saltando entre las ramas de los pinos y arremolinándose en las cortadas, disputaba a la oscuridad la hegemonía de la noche. Hubo un momento en el que pareció que la tiniebla saldría triunfante, pero cuando las nubes, movidas por la fuerza del viento, se desplazaron hacia el sur, la luna desplegó su tela de araña convirtiendo el paisaje en un mar de plata. Fue entonces cuando ella se dio cuenta de que la mejilla que ardía era la que apoyaba contra el cristal.
—Me voy a quedar helada —se dijo.
Subió a tientas hasta la habitación y se metió en el saco guiándose por la respiración del hombre. Ahora tiritaba. Debía haberle hecho caso y no dejarse hipnotizar por la montaña. ¿Cuánto tiempo habría pasado desde que él se acostó? ¿Dos ó tres horas? ¿Quizá más?
Se acurrucó contra él buscando algo de calor. Sabía que poco ó nada llegaría hasta ella, aquellos sacos estaban bien hechos y aislarían a su ocupante del exterior sin importar si esa circunstancia era la más adecuada para su supervivencia o no.
No soñó. Tampoco aquella noche. Los sueños parecían haber huido de su lado, ella quería soñar una vez más con el rocío deslumbrante del jardín de la casa de la Tata, o con aquel curioso bichito de alas púrpura que siempre peroraba sobre inquietantes mundos subterráneos o, incluso, con la informe monstruosidad protagonista de sus más delirantes pesadillas. Pero todos habían desaparecido, se habían ido, abandonándola.
Despertó con suavidad. Sin sueño, sin fatiga. Al salir del saco no sintió la desagradable sensación helada que había sido su compañera todas las mañanas. Él no estaba a su lado, lo encontró en la puerta del refugio, volvía con las cantimploras llenas de agua y una toalla al hombro. Sin decir nada se quedaron contemplando como el sol se encaramaba en el cielo apoyándose en un picacho afilado. El día prometía ser inmejorable, no se veían nubes y apenas corría una ligera brisa. Desayunaron en silencio y después terminaron de llenar las mochilas con lo poco que aún no habían guardado; los sacos, las cantimploras, las tazas y alguna menudencia más. Cuando estuvieron preparados se miraron a los ojos, por primera vez desde hacia mucho tiempo.
—¿Estamos?
Ella asintió, levantó la mochila y metió un brazo por las correas en un solo movimiento. Él la imitó asegurándose por última vez de que no quedaba nada tirado ó mal colocado. Luego salió y enfiló el sendero sin volverse a mirar si ella le seguía. Tardó un poco, lo justo para darse valor por enésima vez, por eso, cuando dejó el refugio, él ya estaba lo suficientemente lejos como para obligarla a hacer un pequeño esfuerzo extra para alcanzarle.
Avanzaban con paso firme y seguro, no tenían prisa, sabían el tiempo que iba a durar la travesía y como debían dosificar el esfuerzo, por eso evitaban cualquier gesto, cualquier palabra superflua. Sin embargo ella no se resistió a hacer una pregunta, que ya por repetida, había perdido todo su significado.
—¿Cuánto tardaremos?
La pregunta pareció el disparador de un artificio automático, porque él, mecánicamente, recitó de memoria el plan de marcha que se habían marcado.
—En una jornada, si hace buen tiempo y si no también, debemos cruzar el puerto y llegar al refugio del valle. Allí haremos noche y al día siguiente bajaremos al entronque con el valle principal. Como ya habremos descendido casi mil quinientos metros podremos hacer noche en cualquier sitio. En la siguiente jornada saldremos del valle y nos quedaremos a mitad de camino, y si todo sale como he dicho, el cuarto día, a mediodía, habremos llegado. De todas formas tenemos de tiempo hasta el lunes, de modo que aún nos sobran dos días.
Tres días andando. No se sentía capaz de soportarlo, solo si bajaba la cabeza, miraba al suelo y no se separaba de él, creía tener alguna posibilidad. Si al menos le contagiara algo de su fe, de aquel entusiasmo a prueba de todo que le había hecho seguirle hasta allí.
Durante dos horas fueron bordeando la falda de las montañas, cruzando arroyos y evitando los tramos más complicados, subiendo un poco allí, bajando ligeramente más allá. Él iba guiándose por los hitos que antes que ellos otros habían colocado. Todos parecían responder a una arquitectura definida e invariable, una piedra plana y ancha de base y sobre ella, colocadas de forma que pudieran aguantar el viento y las neviscas más intensas, otras más pequeñas formando una breve columna en forma de pirámide. De vez en cuando él se paraba un momento y recomponía alguno medio caído ó francamente derruido. Los fueron siguiendo hasta que llegaron a un enorme montón de piedras.
—A partir de aquí hay que subir —dijo él.
De hecho no había otro camino, a partir de ese punto el sendero que ellos seguían descendía abruptamente hasta el fondo de un barranco. Giraron a la izquierda e iniciaron la primera etapa de una cierta dureza. No era una pendiente muy pronunciada, pero resultaba desesperante no acabar nunca. Ella, al mirar hacia arriba, veía con toda claridad el final de la cuesta, pero cuando la coronaban se encontraba ante otra exactamente igual a la que habían superado.
Ya había dejado de contar el tiempo cuando se encontró trepando por la pared de un estrecho desfiladero. En el fondo corría con tranquilidad un curso de agua clara, casi transparente. Después de sortear una roca bajaron hasta el cauce, que en aquel punto se ensanchaba, y lo cruzaron saltando de piedra en piedra. Hasta entonces no había notado ningún cansancio, se sentía bien después de muchos días de depresión, el aire limpio y el esfuerzo la estimulaban de tal modo que deseó que la montaña no se acabara nunca.
—Mira que bonito —dijo él señalando hacia el final del desfiladero.
Desde donde estaban todavía no se veía el conjunto, pero a ella no le costó ningún esfuerzo imaginarlo. Tres lagos, unidos entre si por pequeños canales, se disputaban el poco sitio que les dejaban las montañas. El sol caía ya de plano iluminando la depresión y la sombra de alguna nube solitaria daba de vez en cuando las referencias necesarias para comprender la magnitud de todo aquello.
—Cuando lleguemos al lago grande descansamos un poquito. ¿Vale?.
Ella asintió y se dejó llevar hasta la orilla de piedra del primer lago.
—¿No hay alguna playita?
—No, todas las orillas son así. Venga, mete los pies en el agua, veras que bien.
Se quitó las botas y los calcetines y metió los pies recocidos en el agua fría. La sensación era a la vez desagradable y relajante. No podía decir que estuviera dispuesta a dejar los pies en el agua durante mucho tiempo, pero a la vez no encontraba el momento de sacarlos del lago.
—Ponte algo —dijo él—. Te puedes quedar fría.
Sacó de su mochila un anorak y se lo echó por encima de los hombros. El había extendido un mapa sobre una laja y lo estudiaba pensativo.
—¿Ves? Estamos aquí —señaló tres manchas azules—. Ahora tendremos que ir por aquí hasta el refugio —y su dedo se desplazó hasta un cuadrado negro.
—¿No hay sendero?
—No. No pasaba la suficiente cantidad de gente como para dejar un rastro duradero.
—Pero las piedras...
—Las piedras están ahí desde siempre.
Otra vez se había vuelto críptico. Ella no siguió preguntando, ya sabía que cuando lo que decía empezaba a perder todo sentido y significado lo mejor era no insistir.
Al principio, cuando se habían encontrado, ella había preguntando, exigido aclaraciones, perdiéndose en un mar de desatinos y medias palabras. No valía la pena. Lo mejor era callarse y dejar que volviera a la normalidad.
Estuvieron en la orilla del lago cerca de una hora, comiendo mientras descansaban.
—Vámonos, el paso no esta muy lejos pero el camino es duro.
Duro sólo era una forma de describirlo. La ascensión se hacia poco menos que imposible en algunos tramos, que tenían que sortear dando largos rodeos. La mayor parte del terreno estaba compuesto por piedras sueltas, lo que dificultaba aún más la marcha, y a aquella altura soplaba un desagradable viento frío. Sin embargo ella sudaba, el sudor le bajaba desde la frente hasta la punta de la nariz donde se precipitaba en forma de gruesos goterones hasta el suelo. Ya había renunciado a secárselo y a veces la cegaba obligándole a parar para enjugarse la cara.
No sabía si él lo hacía a propósito pero no se distanciaba mucho. Eso reforzó un poco su debilitada moral; al menos, pensó, estaba más fuerte de lo que creía.
Cuando ya había perdido la noción del tiempo que había transcurrido desde que dejaron los lagos, él se volvió para esperarla y, cuando la tuvo a su altura, señalo hacia abajo.
—Mira.
Miró. Al fondo de lo que parecía ser un precipicio inacabable se veían los tres lagos, pequeños y azules, como en el mapa.
—En cuanto pasemos esta pedrera habremos llegado al puerto.
Continuaron su camino, esta vez saltando de piedra en piedra, ciclópeos bloques de granito desprendidos de la cima de los picos circundantes. El esfuerzo ya estaba resultando excesivo, y a ello se le unía el miedo a caer ó a meter un pie entre los huecos que había entre una piedra y otra. Una vez calculó mal y hundió la pierna izquierda en uno de ellos. Estuvo a punto de dejarse llevar por la desesperación y pedir socorro, pero la situación no era grave en absoluto. Simplemente se relajó un momento, colocó la pierna derecha en una posición más cómoda y, ayudándose de las manos, sacó la izquierda del hueco. No había sido nada, ni siquiera se había arañado. Reemprendió entonces la marcha, cuidando donde pisaba y como lo hacía.
Tomar todas esas precauciones hizo que se retrasara pese a los esfuerzos que hacía él por no perderla de vista, y en un saliente se dio cuenta de que ya no le veía. No recordaba cuando le vio por última vez, pero estaba segura de que una vez diera la vuelta al saliente volverían a tomar contacto de nuevo. Para entonces el camino se había hecho más fácil, las piedras eran más pequeñas y en muchos tramos andaba sobre grandes placas de granito.
Cuando al fin superó el saliente suspiró satisfecha, se acabó el subir, a partir de entonces todo lo que tendría que hacer era bajar, simplemente. Él la esperaba recostado contra una pared de piedra.
—¿Qué tal?
—Cansada, ¿cuánto falta todavía?
—En un par de horas habremos llegado, descansa un poco y seguimos.
—No, prefiero continuar.
—Mejor que descanses, las bajadas son a veces peores que las subidas. Toma, bebe.
Cogió la cantimplora y bebió un largo trago. Solo el ansia con la que bebió le hizo comprender la urgente necesidad de líquido que tenía. Volvió a beber, esta vez a pequeños sorbos hasta que sintió que no necesitaba más.
—Ya has pasado por aquí —afirmó, más que preguntó.
—Sí —él se volvió hacia el valle—, hace ya muchos años, una vez. Pero entonces no íbamos a ningún sitio, no como ahora. Entiéndeme, fuimos hasta el refugio, pasamos la noche allí y luego volvimos. Una semana de vacaciones.
—Vaya vacaciones, reventándote las piernas.
—Cada uno se divierte como quiere. ¿Vamos?
La bajada resultó ser, al principio, divertida. Unas veces saltando, otras corriendo más que andando, avanzaron más en diez minutos que en media hora de ascensión. Hasta que el terreno volvió a convertirse en una sucesión de pedreras y lajas nada seguras. Un par de veces estuvo a punto de caer rodando por la pendiente, solo haciendo una serie de cabriolas consiguió equilibrarse, a costa de sentir como los muslos casi se le desgarraban. No le quedó otra opción que ajustar el paso a un ritmo más seguro. Él volvió a distanciarse de nuevo y ella se sintió a punto de desfallecer. Se paró considerando seriamente el hecho de dejarse caer allí mismo y acabar de una vez. Llegó a ponerse de rodillas, abrumada por el peso de la mochila y el desánimo, solo una vocecilla, que creyó identificar como propia, la empujó y obligó a continuar.
De nuevo el sudor empapaba su frente y caía a regueros por las sienes hasta la barbilla, pero era un sudor distinto al de la ascensión, este era un sudor frío, producido por el miedo a caer y a perderse entre aquellas moles de piedra.
Se obligó a acelerar el paso cuando llegó a una pradera, inverosímil en mitad de aquel mar de roca. Le alcanzó en el borde de la pradera, donde esta se acababa y empezaba otra tremenda pedrera.
—No puedo más.
—Tranquila, cuando alcancemos a la línea de los árboles ya casi habremos llegado.
—¡¿Pero cuánto queda?!
Él ignoró aquel breve ataque de histeria.
—Poco, ya muy poco.
Le siguió resignada. Poco, ya quedaba muy poco, eso le daba fuerzas, ó al menos, tenía la virtud de evitar que se desmoronara, que se dejara llevar de nuevo por el desánimo. El tiempo ya había perdido todo significado, ya ni se preocupaba por eso. Su única obsesión era pisar en el sitio preciso para evitar una nueva caída. Pero era ya tal la falta de confianza en sus piernas, que en ningún caso podía asegurar que su pie acabaría por posarse donde ella pretendía.
Volvió a reunirse con él en un paisaje quimérico. Pese al agotamiento pudo apreciar la belleza del paraje. Los altos pinos filtraban los rayos del sol, dejando pasar solo unos pocos elegidos, un arroyo cantarín, recién nacido algunos cientos de metros más arriba, recorría alegremente el bosque, y un poco más allá una charca, de un profundo color esmeralda, daba un cierto aire mágico al lugar.
—Si nos estamos quietos seguro que aparecen los enanitos —dijo él adivinándole el pensamiento—. Venga, quítate la mochila y descansa un ratito.
—¿Ya hemos llegado?
—Aún no, pero no te preocupes, a partir de ahora es todo llano y en media hora estamos allí.
La mochila estaba empapada de sudor, como su espalda. Sacó trabajosamente el anorak para ponérselo con desgana. La montaña generaba en ella todo tipo de sentimientos, miedo, odio, indiferencia, admiración... Todos ellos incompatibles entre si pero perfectamente lógicos, convivían en armonía y cada uno afloraba en el momento en que debía, ni antes ni después. De lo que estaba segura es de que jamás podría llegar a amar aquello.
—Vámonos —dijo.
—Como quieras.
Cada paso se convertía en una tortura. Pensó en la sirenita. Ella aceptó sufrir por amor, pero no se esperaba que el dolor se extendiera más allá de sus recién estrenadas piernas, también acabó por destrozarle el corazón. Su caso era muy diferente. Después de una noche de descanso volvería a estar en forma, y tras una semana de tranquilidad, sería otra vez la de siempre. Mientras tanto se conformaba con seguir los pasos de su compañero, chapoteando entre la hojarasca de pino y sorteando las raíces que se levantaban del suelo.
Cuando él dijo que ya habían llegado no le creyó. Pensó que estaba de broma, pero cuando enfiló sin pensarlo por medio de la explanada que se extendía ante ellos, hacia una construcción que se levantaba en el otro extremo, gritó de alegría y hecho a correr tras él.
El "refugio" resultó ser algo decepcionante. Lo componían tres muros de piedra, que sostenían las vigas que a su vez sostenían las tablas de madera que hacían de techo. En la parte delantera un murito de piedra protegía el interior contra el viento y el suelo estaba cubierto de paja, afortunadamente seca.
—No es como el que hemos dejado —dijo él—. Pero menos es nada.
Ante una demostración tan aplastante de lógica ella no pudo hacer otra cosa que encogerse de hombros.
—Lo mejor que podemos hacer es cambiarnos de ropa y luego buscar leña para hacer una hoguera, ¿qué te parece?
Ella volvió a encogerse de hombros pero hizo lo que le había dicho. Recostó la mochila contra el murito, sacó una bolsa con ropa seca, y se quitó la que tenía puesta. Él había cogido la toalla y se estaba lavando el torso en un manantial que brotaba frente a la cabaña. Ella le imitó.
Recoger la leña fue más difícil. La lluvia de los días anteriores había empapado por completo toda la madera, y solamente permanecía seca la que había estado durante todo el día expuesta a los rayos del sol. Consiguieron de todas formas reunir un gran montón de ramas y palos, lo bastante como para hacer arder una gran hoguera durante el tiempo suficiente. Después limpiaron de piedras el suelo de la cabaña y extendieron las planchas de neopreno y los sacos para airearlos un poco.
No hablaron mucho mientras cenaban. Ella, de lo único que tenía ganas era de meterse en el saco y dormir. Después de un día como aquel se sentía con fuerzas como para llegar al fin del mundo si era preciso. Sin embargo había algo que empezaba a producirle una cierta zozobra.
—¿Qué harás cuando lleguemos?
—Lo que debo hacer. Ir arriba. ¿Y tú?
Ella se encogió de hombros. En cierto modo no le importaba nada, solo quería salir de aquel bosque, de aquellas montañas. En ese momento le tenía miedo a todo. Al presente y al futuro, incluso el pasado le resultaba inquietante.
—¿El tiempo va pasando ó somos nosotros los que nos movemos en él? —preguntó.
—¿Cómo dices?
—Planteaba una cuestión, una paradoja como la del hombre del tren. Cuando está en la estación lo que se mueve es el tren. Sin embargo, cuando el hombre sube al tren cambia todo su sistema de referencias, y es la estación la que se mueve. De todas formas él sabe que la estación no tiene movimiento porque para él representa un punto de su sistema de referencias primitivo, es su universo 0, mientras que el tren no deja de ser un elemento del universo 0. Con el tiempo pasa igual, no sabemos si se mueve con respecto a nuestra consciencia o es esta la que se mueve a través de él.
Un silencio de muerte siguió a aquella exposición. Él se había quedado con un trozo de queso a mitad de camino de la boca. Lo sujetaba entre el dedo pulgar y la hoja del cuchillo de monte. Ella le miro asustada, el cuchillo en alto, la boca abierta, los ojos desorbitados contemplándola incrédulo, y el fuego lanzando reflejos rojizos sobre los dos le daban un aspecto inquietante.
—Repite eso otra vez... —dijo él en un susurro.
Ella gritó y él se metió el trozo de queso en la boca.
—...si eres capaz de hacerlo sin respirar te regalo un caramelo.
Ella bufó soltando una risa histérica.
—Imbécil, me has asustado.
—Y tu a mi, ya pensaba que me ibas a dar una clase de física, con lo mal que se me ha dado siempre. ¿Lo vas a hacer?
Los dos rieron a la vez.
—No, mejor vamos a dormir.
Ninguno se movió. Él removió las brasas con un palo dejando escapar una multitud de chispas y pavesas. Ella, casi sin darse cuenta, se quedó dormida, hecha un ovillo frente a la hoguera.
Él vio como ella se derrumbaba poco a poco sobre si misma, se aseguró de que la postura en la que se encontraba era lo bastante cómoda y la dejó dormir. Era un chica extraña, se habían encontrado en una carretera que subía hasta la cordillera. No se sorprendió al verle, incluso parecía saber hacia donde iba y que ruta seguiría. Rápidamente se ofreció a acompañarle y desde luego se había comportado estupendamente en las etapas más duras del viaje, como la de aquel día. Pero no sabía que hacer con ella cuando llegara al final. Quizá hubiera sitio, quizá no. Al fin y al cabo ese era un problema que ya se plantearía a su debido tiempo, en ese momento, lo que debiera hacer era dormir.
Se acercó a ella y la zarandeó suavemente.
—Eh, bella durmiente, despierta.
—¿Ya nos vamos? —dijo ella medio dormida.
—Sí, nos vamos a acostar.
—Sí...
Cuando la dejó bien metida en el saco salió para apagar la hoguera. A veces esos detalles, como el de recomponer los hitos, ó dejar la leñera de los refugios llena de madera, le resultaban estúpidos. Si pensaba en ello de forma racional, nadie más volvería a utilizar aquel camino, ni a cobijarse en el refugio. Pero estaba adelantando acontecimientos. Pudiera ser que algún día alguien llegara hasta allí, y aunque la madera se hubiera convertido en polvo y las piedras se hubieran desmenuzado, nadie se perdería en aquellas montañas mientras él pudiera evitarlo.
Al despertar aún se quedó un buen rato dentro del saco. Caliente, abandonado a los restos del agotamiento que le había hecho dormir de un tirón. Solo cuando miró el reloj salió apresuradamente del capullo de nilón y la despertó sin miramientos.
—Venga, vamos, que ya es tarde.
—Me duele todo.
—Después de que andemos un rato se te pasará. ¿Te preparo algo?
—No, comeré un poco de queso.
Ya en marcha se obligó a tranquilizarse. No era necesario correr tanto. En el improbable caso de que no llegaran a tiempo ellos le esperarían, al menos así se lo habían prometido. Y él confiaba en ellos. Ahora de lo único que tenía que preocuparse era de interpretar correctamente el mapa y conseguir salir del valle sin mayores problemas. De momento la cosa era sencilla, solo había que bajar, a partir de ese punto el camino se podía seguir con facilidad, siempre bajando hasta llegar a la pista forestal y una vez ella, hacia la derecha, hasta la carretera.
Se volvió hacía ella, parecía aguantar bien.
—¿Qué tal vas?
—Mejor que ayer, por lo menos de momento.
—Hoy no tendremos problemas, es todo cuesta abajo y además por un buen camino.
—Tanto como bueno...
—Por lo menos no te quejarás del paisaje.
Ella negó con la cabeza. Seguían inmersos en un bosque de cuento de hadas, quizá no tan salvaje como en la línea de los árboles, pero igualmente bello y cautivador. Y más a aquellas horas de la mañana, cuando los jirones de niebla se mezclan con los rayos del sol y el verde profundo de las agujas de los pinos.
A medida que avanzaban la ladera se iba haciendo menos abrupta y el sendero, que al principio era una serpenteante cinta de guijarros, se ensanchaba y los tramos rectos eran cada vez más largos. También la vegetación cambiaba, los pinos ya no eran los dueños y señores de la floresta, de vez en cuando se veían algunos árboles de hoja caduca, y aquí y allá zarzas y arbustos bajos.
Al pasar por un puente de madera ella se detuvo junto a uno de los árboles, desprendiendo algo de las ramas.
—¿Qué haces? —dijo él volviéndose.
—Recojo avellanas. ¿Quieres?
Tenía ya los bolsillos llenos y aún seguía metiendo avellanas en sus guantes.
—¿Están ya hechas del todo?
—Casi todas, todavía las hay verdes, mira.
—No cojas tantas, te vas a empachar.
Continuaron bajando por el camino. Él supuso que ya estarían cerca de la pista, en algunos sitios se veían rodadas moldeadas profundamente en el barro, y en un par de lugares lo que creyó eran huellas de vehículos a orugas. Poco después llegaban a la pista forestal y giraban a la derecha, siempre bajando.
La pista corría en el fondo del valle, junto al río, cruzándolo, bordeándolo, enlazándose con él como dos brotes de enredadera. En algunos lugares se encajonaba con el río entre paredes monolíticas, y en otros los dos se separaban hasta cien metros para volver a encontrarse en el siguiente estrechamiento.
Entonces la pista se montaba encima del río atravesándolo una y otra vez sobre puentes inverosímiles, y el río, obligado a incrementar aún más su velocidad, rugía y saltaba sobre las piedras del lecho, levantando surtidores de espuma y pulverizando el agua empapando todo lo que estuviera cerca de la orilla.
Pararon a comer en la entrada de una vieja represa. Allí el río se amansaba y descansaba, preparándose para seguir la loca carrera que le conduciría hasta el mar.
—No lo entiendo —dijo ella—. A veces esto me parece maravilloso y otras lo odio con toda mi alma.
—Yo también, pero hay que saber comprenderlo.
—¿Tú lo comprendes?
—No. Hay gente que dice haber llegado a un estado de auténtica inteligencia con la montaña, que se entienden sin necesidad de más. Ellos la desafían y ella acepta el reto. Y siempre hay un vencedor, no valen las medias tintas. No sé si me entiendes.
—Creo que no. Desde luego yo no estoy dispuesta a volver a pisarla.
—No. Ni tú ni nadie más.
En ese momento fue consciente de que estaba contemplando todo aquello por última vez. Ya jamás volvería a verse en su justa escala, si todo salía bien tendría que aprender a compararse con otras magnitudes, infinitamente más interminables que aquellas.
Ella se había descalzado y examinaba con detenimiento la planta de sus pies.
—Me parece que me va a salir una ampolla.
—Vaya, dime donde.
—Aquí.
En la planta de su pie derecho se apreciaba claramente una zona enrojecida, que sin duda acabaría produciendo la ampolla que ella acababa de predecir.
—Lo único que podemos hacer es colocar un trozo de esparadrapo, para evitar el roce. ¿Puedes andar bien?
—Sí, sin problemas, solo que ahora al pararnos he sentido algo raro en el pie y al descalzarme he visto esto.
—Bueno, a ver entonces hasta donde llegamos.
Después de proteger convenientemente el pie continuaron la marcha. La pista y el río seguían con sus juegos, salpicándose, cruzándose el uno con la otra, hasta que en un momento determinado, los dos desembocaron en sus hermanos mayores. El río en aquel del que era tributario, y la pista en la carretera.
—Bueno —dijo él—. Ya estamos en el entronque.
—¿Vamos a dormir aquí?
—No, todavía nos quedan un par de horas de luz. Así que podemos llegar hasta el primer pueblo.
A ella se le ensombreció el semblante.
—¿Qué te pasa ahora?
—Me da miedo
—¿El pueblo? Está vacío.
—Por eso me da miedo.
Marchaban por el centro de la carretera, con la plena seguridad de no tener que apartarse ante ningún vehículo. A izquierda y derecha campos rodeados de muros de piedra daban la imagen de lo que debía ser la agricultura de montaña, ó al menos, de lo que había sido. Llegaron al pueblo un poco antes de anochecer. Recorrieron las calles vacías, desoladas. Él se arrepintió de haber ignorado los temores de ella.
—Podemos salir, si quieres.
—No, ya que estamos aquí al menos podremos dormir en una cama decente.
Buscaron un chalet en las afueras, cerca de la carretera que tendrían que tomar por la mañana. Todos estaban cerrados a cal y canto. Era de esperar. Los dueños, aunque se hubieran visto en la obligación de abandonarlos, tenían la esperanza de volver algún día. Al fin se decidieron a romper el cristal de una ventana y entrar por allí a uno de ellos.
Era pequeño y acogedor. Descubrieron que además disponía de acumuladores y depósitos de agua, lo que les permitió ducharse y lavar algo de ropa. Cuando él terminó de asearse fue al salón, donde ella le esperaba frente a la chimenea encendida.
—He preparado algo de comer. He encontrado una lata de berberechos y todo —dijo cuando le vio entrar.
—Que bien. ¿De quién sería esta casita?
—No lo sé, pero se lo tenía montado como un señor.
—Le habrá dolido mucho dejar esto.
—Como a todos.
Recordó su piso y sus amigos. El sorteo los había separado. Ellos habían partido en los primeros embarques, él por su trabajo específico, debía hacerlo en el último que saliera de la Tierra.
—Dime una cosa, si no me hubieras encontrado... ¿qué habrías hecho?
Ella se volvió hacia él y se encogió de hombros. Desde el día de su encuentro siempre se había negado a contestar cualquier pregunta que tuviera que ver con ella misma. Ni que hacia todavía allí, ni de donde venía, ni a donde iba.
—¿Sabes que afeitado y limpio eres majete y todo?
—Hombre, algo me habían dicho antes.
—Ah, ¿sí? ¿Quién?
—Mi abuela.
—Una viejecita encantadora de pelo blanco, seguro.
—Es más alta que yo y fuma como un carretero. No te vayas por la tangente, necesito saber porque no estas arriba todavía.
—A lo mejor soy el espíritu de la madre naturaleza y te estoy haciendo de guía.
—Por favor —dijo él resoplando.
Ella agachó la cabeza y pareció dispuesta a contestar al fin.
—Bueno, si lo quieres saber... Yo, en un principio no quería moverme de la Tierra, quería quedarme aquí. El hecho de subir hasta las Ruedas me daba pánico. No era capaz de concebir el hecho de estar flotando en la nada dentro de una estructura de plástico y acero. Así que me escondí. Tuve suerte, conseguí evitar todos los rastreos hasta que hace dos semanas dejaron de hacerlos. Pero todo el pánico que tenía a subir se convirtió en miedo a quedarme sola. Entonces te vi y anduve siguiéndote un par de días hasta que me decidí a unirme a ti. Supuse que irías camino de una lanzadera, y...
—Decidiste reunirte con el resto de la humanidad.
Era eso. Era lógica la existencia de románticos desesperados que se negaban a abandonar el planeta, pero nunca se había imaginado que alguna vez fuera a encontrarse con uno de ellos, y menos, en aquellas circunstancias.
Ella le pasó una botella de coñac, el precinto estaba tirado en un rincón y ya se había bebido casi la cuarta parte. Parecía tener ganas de emborracharse. Y de algo más.
—¿Sabes que esto es lo que siempre había deseado?
—Como todo el mundo, supongo, un buen fuego, una alfombra de pelo largo y algo fuerte para calentar el estómago y la cabeza.
—Te olvidas de la compañía.
—Eso, y la compañía.
—¿Qué piensas de mi? Como mujer.
—Tienes una piel muy bonita. Enséñame los pies.
Ella se tumbó mientras él se los masajeaba con una pomada que se los dejó frescos y relajados. Volvió a dar otro trago a la botella.
—Quisiera quedarme aquí toda la vida.
—No deberías beber tanto.
—Hagamos el amor.
—No.
—¿Por qué no? Has dicho que te gusto.
—Yo no he dicho tal cosa.
Dejó los pies de la chica a un lado y se incorporó. Le faltaba poco para estar borracha. Si no lo estaba ya.
—¿Qué te pasa? ¿Un tío duro como tu le va a tener miedo a una mujercita que apenas puede con lo que lleva en los bolsillos? Payaso.
Volvió a beber un largo trago la botella. Él la dejó bebiendo y se fue a la ventana. No estaba de humor para ciertas cosas, y menos con lo que se avecinaba. Miró al cielo intentado distinguir alguna de las Ruedas. Quizá aquel puntito de luz que se movía con inusitada rapidez sobre el fondo estrellado de la noche fuera una de ellas, no tenía forma de saberlo. Tampoco esperaba descubrirlo entonces, cuando llegara a su Rueda dispondría de toda la información que quisiera sobre ello. Sería gracioso, la humanidad colgada a cinco mil kilómetros de la superficie terrestre, viendo como el planeta se regeneraba y sin poder hacer nada para acelerar el proceso.
No sabía cuanto tiempo duraría. Mil, dos mil, quizá un millón de años hasta que la Tierra volviera a ser lo que había sido, para que metabolizara los detritus con los que el hombre la había sembrado, y este pudiera volver a pisarla sin peligro de revolcarse en sus propias heces.
Imaginó la gente que en un futuro inconcebible volvería a recorrer aquellas montañas. Se sentirían confundidos, acostumbrados a los paisajes sin horizonte de las Ruedas perderían la mirada en las llanuras inmensas y el mar infinito. Los pulmones les arderían al respirar aquel aire nuevo, sin rastro de las respiraciones de otros miles de millones de seres humanos. Hasta las montañas serían distintas, romas y suaves colinas domadas por el agua y el viento.
Lamentó perder todo aquello, pero entendía que era necesario. Había que proteger el hábitat natural del hombre contra él mismo, convertir el planeta en una inmensa reserva natural.
Ella se había quedado dormida, abrazada a la botella casi vacía. La cogió del suelo y la llevó al cuarto de baño donde la obligó a vomitar. Eso ayudaría a que por la mañana se sintiera bastante mejor.
—Ayer me porte como una idiota —dijo ella mientras intentaba tragarse el desayuno que él le había preparado.
—Todo el mundo mete la pata de vez en cuando, ¿no?
—Menos los que son perfectos.
Él ignoró aquel comentario y continuó comiendo. Ella estaba segura de que, pese a no importar que llegaran unas pocas horas más tarde del horario previsto, él la arrastraría hasta el final a un ritmo inhumano, sin tener consideración de su dolor de cabeza ni de las náuseas que sentía en aquel momento. Era cierto que su comportamiento la noche anterior había sido estúpido, no debía haber bebido tanto, pero no le perdonaba que la hubiera rechazado sin más explicaciones.
—Cuando acabes nos vamos.
—No creo que pueda.
Él calló un momento y lo que dijo lo hizo con mucha lentitud, como mascando las palabras.
—Tengo tiempo de sobra. Ellos no se irán hasta dentro de cuatro días, me esperarán si es necesario hasta entonces. Pero yo no quiero hacerles esperar. Si quieres puedes ir al paso que te de la gana. Sabes donde vamos a estar y cuando nos vamos.
—Eres un cerdo.
—No me conoces bien. Solo es eso.
Ciertamente no le comprendía. Antes de irse se empeñó en dejarlo todo recogido y limpio. Sacó las cenizas de la chimenea, fregó los cacharros que habían utilizado y tapó el cristal roto con un plástico.
Ella prefirió seguirle. No tenía intención de quedarse sola de nuevo y, aunque él no fuera precisamente un compendio de simpatía, sentía un repentino e irracional miedo a la soledad.
No hablaron mucho. De vez en cuando él preguntaba por el estado de su pie, pero en ningún momento se intereso por la cefalea que amenazaba con hacerle estallar la cabeza, o las náuseas que de vez en cuando le ponían el estómago en la boca. Tenía que reconocer, no obstante, que de no haber sido obligada a tomar un desayuno tan copioso, en aquel momento se sentiría mucho peor. Era lo único que estaba dispuesta a agradecerle de todo corazón.
Sin duras pendientes que subir, ni un paisaje excesivamente variado, la monotonía se hizo dueña del camino. De cuando en cuando atravesaban algún pueblo solitario, o paraban a beber agua en alguna fuente. Él seguía comportándose con absoluta corrección, e incluso dejó que se echara una breve siesta después de que hubieron comido.
Despertó mucho mejor que por la mañana. El dolor de cabeza había desaparecido y solo quedaban un ligero mareo y un desagradable sabor de boca. Sentía más sed que de costumbre y a última hora de la tarde las piernas amenazaban con fallarle en cualquier momento. Solo cuando vieron un pueblo desde lo alto de un cambio de rasante, y él dijo que harían noche allí, respiró tranquila.
Él volvió a interesarse por el estado de sus pies. Empezaba a conocerle mejor y, ya entonces, sabía que pese a sus amenazas no sería capaz de abandonarla y menos en aquellas condiciones. Seguramente se sentiría culpable dejándola a su suerte, y más estando tan cerca del final.
No tuvo tiempo para pensar mucho más, sin llegar a cenar siquiera se metió en el saco y rápidamente se quedó dormida.
Soñó. O mejor dicho, se sorprendió a si misma soñando. Era un sueño bastante estúpido, por lo que pudo apreciar, porque estaba más pendiente de sus reacciones ante el sueño que de el sueño en si. Lo importante era que por fin volvía a soñar. Estaba justo en el umbral que separa el mundo de la vigilia del de los sueños. Dudó un momento, con la tentación de despertarse, pero se contuvo, abandonándose poco a poco hasta perderse del todo en la inconsciencia.
Él no la despertó inmediatamente. Ya no había prisa, y se sentía un poco culpable por la forma en que la había tratado el día anterior. Aunque no era quien para juzgarla, en cierto modo se lo había merecido.
Desechó todos aquellos pensamientos, no valía la pena preocuparse por ello, se lo había estado repitiendo todo el día, y sin embargo era incapaz de olvidarlo. ¿Quizá la había tomado cariño? No, estaba seguro de eso. En una semana de caminatas continuas no hay tiempo suficiente como para llegar a tanto. Pero ella se le había metido en la cabeza y era incapaz de sacarla de allí. Cuando llegaran a la base todo sería distinto, seguro. Podría ir al fin a su Rueda y decidir a que dedicarse. Aún no sabía que hacer, si hacerse controlador ecológico ó diseñar nuevos hábitats. Ya lo pensaría cuando fuera oportuno. En aquel momento lo que tenían que hacer era ponerse en marcha.
—Vamos, despierta.
Ella se desperezó dentro del saco, le miró e hizo una pregunta que él no había querido plantearse.
—¿Habrá sitio para mí?
—No lo sé.
Ella suspiró y salió cansinamente del saco. Parecía algo más animada que los días anteriores. El hecho de poder quedarse en tierra no parecía afectarle. Desayunó con ganas y esta vez fue ella la que se encargó de recoger todo.
—Podríamos dejar las mochilas aquí. Donde vamos no nos van a hacer falta.
—No, estamos en un Planeta en Cuarentena.
—Queda tal cantidad de porquería sobre tu planeta en cuarentena que no creo que un poco más se pueda notar demasiado.
Él estuvo a punto de claudicar por una vez, pero dejar sus cosas abandonadas no era su estilo. Volvió a negarse y continuaron la marcha con todo el equipo a cuestas.
—Dime, ¿por qué sigues todavía aquí? —preguntó ella.
—¿Aquí?
—Sí ¿Por qué no estas ya en las Ruedas?
—Tenía trabajo que hacer. He dejado activados unos sensores de seguimiento.
—¿Para qué?
—Para tener desde allá arriba una idea clara de como van las cosas por aquí abajo.
—Ya. ¿Y no sería más fácil controlarlo todo a base de cámaras y ese tipo de chismes?
—Es lo que se pensó en un principio, pero en realidad no se tendrían referencias puntuales de parámetros muy concretos, solo datos muy generales.
—¿Como qué?
—Composición de las capas altas de la atmósfera, cambios generales del clima, avance y retroceso de las masas de árboles. Cosas grandes que se pueden observar desde arriba.
—¿Y entonces qué es lo que queréis saber?
—La composición del suelo, localización de las lluvias ácidas, microclimas. Detalles muy específicos.
Él agradeció que ella se mostrara charlatana y curiosa. La conversación hacía que el tiempo pasara rápidamente y apenas se daba cuenta de que poco a poco se acercaban a la base. La idea le producía una cierta ansiedad y la charla ayudaba a mitigarla.
—Hay una cosa que no entiendo —preguntó ella al fin—. ¿Por qué has hecho el camino andando? Podrías haber usado un coche, o un helicóptero.
Él sonrió. ¡Cuánto le había costado convencer a sus jefes de que le dejaran llevar a la practica su proyecto! Sólo cuando logró hacerles comprender que no iba a correr ningún peligro, y que el hecho estar una semana inactivo en la base, perdiendo el tiempo y aburrido, era completamente estúpido, accedieron con un encogimiento de hombros y la advertencia de que si se retrasaba se quedaría en Tierra, sin posibilidad de ser recogido.
—Veras, tenía ganas de hacerlo, de sentirme integrado con el todo por última vez. De luchar contra la gravedad mientras subía y de ayudarme de ella mientras bajaba. No me gusta especialmente la montaña, pero eso no importaba. Éramos los dos solos, el uno contra el otro.
—No lo entiendo.
—A veces yo tampoco —dijo él sonriendo.
—Pero te podía haber ocurrido cualquier cosa, una caída, equivocarte de camino, yo que sé, no era demasiado seguro.
—Cierto. Pero eso también era, y aún lo sigue siendo, parte del juego. El hecho de enfrentarme a la naturaleza por última vez me atraía, quería hacerlo, demostrar que aunque nos tengamos que ir de aquí, este es nuestro hábitat, que estamos perfectamente adaptados a él y que, por mucho que se intente, nada lo podrá sustituir.
—Te lo planteaste entonces como un desafío, ¿no?
—No, ha sido una despedida, la hubiera querido un poco más íntima, pero bueno, que le vamos a hacer.
—¿Lo dices por mí?
—No veo a nadie más.
—¿Me perdonas?
—¡Mmmm! No sé. —contestó sin poder contener la risa— Me lo pensaré.
Continuaron hablando sobre temas intranscendentes, parloteando más que conversando, durante el resto de la mañana. Así hasta un poco antes del mediodía, entonces él adoptó una expresión grave y señaló una pequeña loma diciendo:
—Cuando lleguemos arriba veremos la base.
Aceleró el paso sin darse cuenta. Ya tan cerca de la meta no pudo dominarse y controlar sus nervios. Temió que se hubieran ido dejándole sobre la superficie del planeta.
Pero lo que vio le dejo aún más confundido que la perspectiva del abandono.
—¿Qué pasa? —dijo ella cuando vio la expresión de estupor en el rostro del hombre.
—Algo ha pasado, solo debía haber una lanzadera esperándome..., esperándonos, ¡Y hay cuatro!
Se lanzó cuesta abajo seguido por ella que, ni en plena carrera, parecía capaz de callar.
—¿Y qué?
—Luego te lo explico.
Frenético después de contemplar el espectáculo de las cuatro lanzaderas alineadas sobre sus plataformas aceleró el paso dejándose llevar por sus más íntimos temores. Entonces una voz sonó a su izquierda. Le llamaban a él, no había duda. Se frenó como pudo y miró hacia el lugar del que había partido el grito creyendo reconocer en la distancia a Sabaté, uno de los jefes de operación. Ella, que le seguía a toda velocidad, chocó contra él y los dos cayeron al suelo.
—Perdona, no podía parar y...
—Vamos, levántate. Ven...
Poco después llegaban hasta Sabaté que también había corrido hacia ellos.
—¡Carlos! —volvió a gritar Sabaté cuando se fundieron en un abrazo que a él le resultó incomprensible por lo efusivo— ¡Estaba esperándote! ¡No sabes cuanto me alegro de verte!
—¡Pero bueno! ¿Qué ha pasado?
—Estamos jodidos compañero, muy jodidos.
En la distancia no lo había podido apreciar, pero la base estaba devastada, como si una lengua de fuego la hubiera lamido carbonizándolo todo. Las cuatro lanzaderas estaban requemadas, sosteniéndose precariamente en sus soportes, como silos vencidos por la vejez.
Inutilizables, sin ninguna duda.
Sabaté los llevó a la edificación principal de la base, una construcción de dos pisos que, sin embargo, se hundía hasta diez sótanos en el subsuelo. Tras sortear los escombros que sembraban la planta baja se internaron por unas escaleras dejando atrás un desolado primer sótano hasta llegar a una gran sala donde les recibió Amalia, desconsolada e inconsolable.
—Oh, Carlos. Menos mal que has llegado.
Se abrazaron durante un largo rato. Amalia a punto de romper a llorar, él sumido en mil y una interrogantes.
—¿Queréis explicarme que ha pasado? ¿Por qué está todo destrozado?
—Que te lo cuente Manuel, yo ahora no puedo.
Sabaté se recostó en uno de los butacones e hizo con voz monótona e impersonal un detallado resumen de los últimos acontecimientos.
El despegue de las cuatro lanzaderas, que habrían de llevar a los últimos quinientos técnicos a las Ruedas, estaba previsto para la madrugada anterior. En la base, solo quedaría el personal mínimamente necesario para el lanzamiento, y el equipo de apoyo para los que, como él, llegaran en el límite del plazo establecido. Se efectuaba la cuenta atrás del primer lanzamiento y no parecía que ninguna incidencia fuera a retrasar el proceso cuando, aún sin haber acabado la cuenta, la lanzadera explotó, desintegrándose en el mismo lugar desde el que debía abandonar para siempre la Tierra. La explosión inflamó el tanque de combustible de la más próxima, que a su vez incendió el de la siguiente, iniciándose así una reacción en cadena que destruyó por completo la base, matando a todos los que de alguna forma estaban a descubierto y, a los que ya acomodados en las lanzaderas, esperaban su turno para ser llevados a las Ruedas.
—Nosotros estábamos fuera, en una de las lomas. Queríamos ver el despegue desde la mejor posición y acabamos contemplando los fuegos artificiales más bonitos que he visto en toda mi vida —dijo Amalia, que sin ya poder contenerse, se echó a llorar.
—Pero bajarán a por nosotros —dijo él—. No nos dejaran aquí tirados.
Sabaté se mordió los labios. Parecía que las malas noticias no habían acabado todavía.
—No vendrán. Mandamos un SOS cuando pudimos hacernos con un transmisor intacto y no contestaron.
—¿Habéis insistido?
—Todos los días desde entonces. Esta mañana nos ha llegado esto.
Le tendió un trozo de papel arrancado de una impresora;
Hagan el favor de dejar de emitir por esta banda. Interfieren las señales de los sensores de la zona.
Que les vaya bien.
Ella le miró. Él no supo que decir. Durante doscientos años se había llevado a cabo el Plan más colosal en la historia de la humanidad; abandonar el planeta a su suerte para que él mismo curara las heridas que los hombres le habían infligido. Ellos habían crecido y habían sido educados con la única meta de la Gran Reforma. Poco a poco habían visto partir a los que les rodeaban, hasta que también les tocó el turno. Y cuando había llegado el momento, no podían hacer aquello para lo que habían vivido.
—¿Qué haremos?
—De momento esperar a que estemos todos aquí, luego...
Ella debía ser la única que no se sentía mal. Si en el último momento decidió no quedarse en el planeta fue porque le tenía más miedo a la soledad que al frío del espacio. Pero ahora, sin quererlo, había encontrado la solución definitiva a sus más intimas dudas.
—Puede que no sea el momento para hablar de ello —dijo—. Pero yo tengo hambre.
Durante el resto del día, y en un lento goteo durante el siguiente, se unieron a ellos el resto de los ecólogos que aún quedaban dispersos. Fue agotador y deprimente explicar a cada uno de ellos lo que había ocurrido. Unos no estaban lo bastante preparados para asumirlo, otros lo aceptaban con un sentimiento confuso que se podía definir como alegría contenida, pero ninguno ocultó su indignación ante el hecho de verse abandonados a su suerte.
Más tarde, ya todos reunidos, las discusiones acerca de lo que se debería hacer llegaron a convertirse en agrias y violentas disputas que entraban de lleno en aspectos personales. Salieron a relucir antiguas envidias y odios, desacuerdos nimios sirvieron para unir o separar a las distintas facciones que se perfilaron.
Unos abogaban por seguir lanzando mensajes de ayuda y buscar los medios para llegar hasta las Ruedas. Otros razonaban que lo mejor era resignarse a su suerte e iniciar un modo de vida acorde con el espíritu del Plan. Solo ella, ajena al aspecto técnico y personal del debate, permanecía neutral y, generalmente, solo se dejaba ver para comer y cambiarse de ropa.
Durante el tiempo que duró la deliberación apenas se encontraron. Él, discutiendo acaloradamente, defendiendo la postura que abogaba por asentarse en cualquier región acogedora, abandonando los intentos de contactar con las Ruedas. Ella, recorriendo los alrededores, dejándose llevar por el vértigo, que parecía olvidado en las montañas, al contemplar la devastación causada por la explosión de las lanzaderas.
Una tarde ella había subido hasta la loma desde la que se dominaba toda la planicie. Quería ver como el sol se iba ocultando en el horizonte, enrojeciendo el cielo y las nubes en un inalcanzable espectáculo de luz y fuego. Él llegó después de que el sol terminara de esconderse. Se sentó junto a ella sin decir nada.
—¿Ya os habéis decidido?
Lacónico, como siempre, tardó un poco en responder.
—Sí y no. Cada cual sostiene sus puntos de vista sin ceder ni un milímetro. Así que se han formado dos bandos, los que estamos dispuestos a quedarnos y los que pretenden llegar a las Ruedas por cualquier medio. Al final, como no ha habido acuerdo, nos vamos a separar. Unos irán al norte, allí existe otra base como esta. Piensan que encontrarán alguna lanzadera en buen estado. Lo dudo, pero ellos lo quieren así.
—¿Y vosotros?
—Vamos al sur. Dentro de poco empezará a hacer frío y este sitio en invierno no es nada agradable.
Ella se encogió, abrazándose las piernas.
—¿Habéis renunciado a subir?
—Si te digo la verdad, yo no quería ir a las Ruedas.
Callaron unos momentos, sin decidirse a hablar.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Carlos al fin.
—Me quedo con vosotros.
Se miraron indecisos unos instantes. Luego se levantaron y volvieron a la base en silencio.