Antes de que el usuario del sistema le indicara la siguiente información requerida, Kid ya tenía toda una gama de posibles respuestas a mano.
La señal tardó un par de décimas de segundo por encima de lo normal en llegar hasta su terminal a través del mar de datos. Aquello podía deberse a terminales lentas, exceso de densidad en la vía, o a mil cosas más, pero por más que lo entendiera, no dejaba de sacarle de quicio. ¿Por qué el mundo no podía esforzarse un poco y ser tan rápido como él?
Vaya pregunta. Porque si lo fuera se quedaría en el paro. Tras sopesar esta posibilidad un segundo, suspiró tranquilo. El mundo nunca sería tan rápido. Las bibliotecas virtuales parpadeaban inquietas, flotando a su alrededor. Su icono de respuesta, congelado en un movimiento de contracción, parecía una cobra a punto de saltar al menor signo de movimiento de su enemigo.
Kid volvió a suspirar, y parte de su disgusto pareció transmitirse a su programa. Una enorme porción del tiempo que se perdía en su negocio se debía a los preciosos segundos (¡a veces incluso minutos!) que sus clientes perdían sopesando las opciones que tan cortésmente él les ofrecía. Si los seres humanos fueran tan rápidos y eficaces tomando decisiones como las máquinas, éstas no existirían. De hecho, a veces le gustaría que tuvieran todas las respuestas preparadas. ¿Quiere que su hijo vaya a tal colegio, y reservar la plaza por adelantado? Posibles respuestas: si, no, lo pensaré. Ops, opción equivocada. Lo pensaré no estaría presente ni siquiera como opción en ningún formulario. No era comercial.
Los primeros datos comenzaron a aflorar de entre el flujo de basura habitual. La cobra virtual de Kid se lanzó sobre ellos instantáneamente, como un astuto cazador que hubiese adivinado el siguiente movimiento de su presa con total exactitud.
Leyó las respuestas con rapidez. No, el señor no quería pujar por las parcelas de terreno, no todavía. Sí, prefería que una de las cuarenta plazas ofertadas en el colegio privado cercano al parque fuera para su hijo. Las acciones habían bajado unos puntos esta mañana, aunque esperaría hasta el informe del mediodía antes de hacer un desembolso. Haría la compra habitual en el supermercado, aunque cambiaría la marca de las galletas (al abuelo le gustaban más saladas), sin olvidar el vino ni los cupones, las facturas del coche o el préstamo necesario para comprar la casa. Kid cotejó todas las opciones que había seleccionado su cliente y las procesó, alabando la sabiduría de algunas y resoplando ante la evidente necedad de otras. Cuando el siguiente pack de ventajas bancarias fuera lanzado a la red, él tendría que cazarlo al vuelo y cotejarlo con los de las entidades restantes mientras caía, para tener un abanico de elecciones favorables preparado a tiempo para la siguiente conexión. Dio una orden y el archivo procesó los datos, mientras abría el expediente del siguiente cliente. Chik chik chik un segundo (y medio, y tres cuartos, un entero más) y el cliente no respondía. Debía de estar en el baño o haciendo el amor con su mujer. Lo guardó en la agenda y pasó de número tan rápido que el programa casi no tuvo tiempo de cerrar el archivo.
Cht, Demasiado lento. Habrá que ir pensando en actualizarse.
-¿Sabes lo que he oído? -preguntó Gus mientras devoraba ansiosamente el perrito ahogado en mostaza.
-Qué has oído, dime -respondió Kid, tratando de concentrarse en el complejo sistema de circuitería que tenía delante. El soldador eléctrico humeaba en sus manos, mientras unos dedos expertos derramaban gotas de estaño en los lugares apropiados. No era un proceso complicado, (él lo habría hecho unos cuantos miles de veces desde que abrió por primera vez la carcasa de una microterminal, allá por la prehistoria), pero en su interior se habría alegrado de que su mejor amigo se estuviese callado.
-Que van a instalar un buscador de inteligencia flexible en la Red. Algo nuevo. Muy raro. Tecnología punta -dijo Gus, en tono de confidencialidad total, como si fuera un asunto de seguridad nacional.
-Ah-já -murmuró Kid, calentando el filamento de cobre que surgía por el aislante partido de un cable minúsculo.
-¿Es que no me has oído? -se indignó su amigo ante la trivialización de su más preciada información-. Te estoy hablando de una máquina que no solo busca, sino que además juzga lo que encuentra, chaval. Como haces tú. Podría dejarnos en el paro a todos en menos que canta una calandria.
-No.
-¿Qué no, qué? -Gus se limpió un poco de mostaza que, increíblemente, había caído sobre su generosa papada- ¿Qué no existe nada parecido?
-Que no nos dejarán en el paro -suspiró Kid, dando por acabado su trabajo. Desconectó el soldador, dejando la carcasa abierta y orientada a la ventana, para que el viento de la noche ayudara a enfriar las uniones selladas con estaño. Ordenando el material sobre la mesa del taller, prestó atención completa a su amigo por primera vez-. No nos quedaremos sin empleo, Gus, eso es una estupidez.
-¿Cómo estás tan seguro?
-Porque ninguna máquina es capaz de hacer lo que nosotros- contestó el hacker, con tono de maestro disgustado. Luego lo pensó- ¿Cómo es ese... buscador?
-Bien -Gus se frotó las manos, eliminando los últimos restos del perrito sin necesidad de usar una servilleta- Creo que lo patenta Softron. Tiene capacidad, según dicen, de analizar hasta nueve mil sectores de información a la vez, y, lo más importante, de priorizar, en base a las necesidades del cliente y el estado del mercado.
-Eso lo puede hacer cualquier macro de tres al cuarto, Gus...
-No como esta, te lo aseguro. ¿Recuerdas el incidente Opel, en Francfort?
-Si -asintió Kid. Por supuesto que lo recordaba. Aquel asunto era conocido en toda la Red como uno de los milagros predictivos financieros más importantes desde que Cristo había augurado el éxito de la producción en cadena con unos cuantos mendrugos y un par de sardinas.
-Pues se dice que la corazonada del agente que aconsejó a Opel que vendiera sus acciones no fue tal, sino una predicción en toda la regla de este nuevo sistema.
Kid lanzó un bufido de incredulidad, mirando a Gus de soslayo. Dos días antes de que la empresa alemana vendiera sus acciones, nadie daba un duro por su estabilidad en el mercado. Una racha de malas decisiones administrativas había colocado la empresa al borde del colapso. Entonces vino el descubrimiento del condensador a temperatura ambiente por uno de sus departamentos de ingeniería aplicada, y ¡boum!, la cotización se disparó. Opel se convirtió en un gigante avaro y reacio a conceder licencias de la noche a la mañana. Mucha gente se enriqueció, otra poca se arruinó, y el economista que supuestamente tuvo la visión divina no necesitó volver a trabajar.
O eso se decía.
-Venga ya -bufó Kid, dejando que la incredulidad modulara sus palabras- Ese golpe no lo preví ni yo. Y dudo que el tío que aconsejó vender a la empresa supiera lo que estaba haciendo. Y aunque así fuera, eso jamás sería capaz de reproducirlo un ordenador -concluyó, levantándose de la silla y encerrándose en el baño.
-¿Por qué no? -preguntó Gus, mientras su amigo limpiaba la taza con un pedazo de papel higiénico.
-Porque carecen de valor predictivo, Gus. En otras palabras, no tienen sentido común que aplicar a sus decisiones.
-Pues hay mucha gente que ya está pensando en contratar sus servicios como asesor de recursos -aventuró Gus, sabiendo lo delicado del tema que estaba tratando
-Creo que dentro de diez años sólo habrá un tipo de asesor de recursos en la Red, y no será de los que piden aumentos.
-Eso no te lo crees ni tú -sentenció Kid, tirando de la cadena.
- ¿Pero qué dices? -gritó Kid a su cliente, un segundo antes de arrepentirse de ello- ¿Es que no tienes sentido común? ¿Cómo se te ocurre...? ¡Oh, Dios!
-No te ofusques, Kid -le comentó su más antiguo cliente, el señor Norris. Su icono permanecía impasible, pero el hacker podía imaginar la sonrisa sarcástica que en estos momentos estaría naciendo en su semblante- No es que haya dejado de confiar en ti, sino que...
-Sino que ya no confías -atajó Kid, envarado- ¿Quién te va a proveer mejor que yo, John? ¿Julius? ¡Ese no es capaz de encontrar ni a su madre en medio de un montón de putas, por amor de Dios! ¡No puedes dejarme!
-No se trata de Julius, Kid. No te pongas así -La voz de Norris sonaba tranquila, como la del que ya ha tomado una decisión importante que no va a ser cambiada. En ese momento, Kid entendió.
-Es ese nuevo ordenador, ¿verdad? -dijo, tras una pausa. Su voz sonaba más calmada- El servidor de Softron.
-Compréndelo, Kid. Es el futuro -explicó con un asomo de disculpa su ex cliente- Y la cuota de conexión es mucho más barata que lo que tú cobras.
Aquello lo zanjaba todo. Él podría ser el mejor proveedor de información del mundo, pero si un cliente alegaba que no estaba de acuerdo con el precio, la conversación había terminado. Y el caso de Norris era especialmente preocupante. Él era un cliente con dinero, de los que se pueden permitir tener a su propio hacker personal, o un contrato con el mejor (Kid). Que se vendiera a aquel nuevo engendro digital era una señal, un peligroso signo premonitorio de que había malos tiempos asomando el culo tras la siguiente esquina. Ya que, si él huía, ¿qué iban a hacer los pequeños usuarios?
La desbandada sería tremenda. La gente necesitaba proveedores, de eso no había la menor duda. En un mundo dominado por la posibilidad del acceso directo a la información, el que podía pagarse un teléfono móvil con pantalla interactiva y conexión directa podía conseguir las mejores oportunidades, simplemente por el hecho de pujar antes. Las mejores ofertas de trabajo, los pisos más lujosos, puestos en colegios privados para los niños... Cualquier cosa. La cuestión estaba en telefonear primero. Kid había conocido casos verdaderamente patéticos de hombrecillos de negocios llorando ante su puerta, desesperados por encontrar una dirección en la Red que les salvara de la quiebra. O amas de casa que protestaban porque todos los pescados estaban reservados cuando ellas llegaban con su carrito a cuestas al supermercado.
La gente necesitaba estar informada, y lo necesitaba al momento. Y ahí era donde entraban los especialistas, gente como Kid, hábiles rastreadores del Mar de los Sargazos Electrónicos, siempre a la caza del dato perdido.
Y hasta entonces esa necesidad les había mantenido por sí sola en la cresta de la ola.
-Está bien, John -escupió Kid, con evidente mal humor- Ya nos veremos por ahí.
-Oye, Kid, lo siento. Ya sabes que siempre...
Para cuando Norris hubo completado la frase, Kid ya tenía apagado su equipo.
Mierda.
Reposó la cabeza en un hombro mientras dejaba que su vista se perdiera en los entresijos del circuito que aún se secaba al sol. Entonces era verdad. Para alguien que trabajaba al pie de la máxima actualidad, levantarse un día y descubrir que había sido relevado, que se había vuelto anticuado, era el peor de los desastres.
Recordó el día en que compró su primera terminal directa. Tenía apenas diecisiete años, y gastó todos los ahorros que tenía en el aparato más moderno y rápido de aquel entonces. Cuando tuvo necesidad de espacio, y por lo tanto de plantearse conservar o no la antigua terminal con la que había dado sus primeros pasos en el mundo de la informática, la decisión no fue fácil. Aquel viejo aparato le gustaba, pero ahí precisamente radicaba su defecto; era viejo. Antiguo, pasado, jubilado. Tras un momento de vacilación, cerró la tapa del cubo de la basura y se alejó de su pasado y de los sentimentalismos sin permitirse un segundo momento de nostalgia.
Con sólo diecisiete años, y ya había descubierto la clave para sobrevivir en el mundo de la información: rapidez y actualización constante. Lo que jamás imaginó fue que él mismo pudiera llegar a ser susceptible de verse afectado por los mismos principios.
Y así, dejándose llevar por la inercia de años de trabajo tomando decisiones inmediatas, hizo algo de lo que jamás hubiera sido capaz hasta ese momento.
Cogió el teléfono, y llamó a Julius.
-Hola, Julius. Soy Kid.
-Hola... hola, chaval -respondió una voz rasgada tras un par de segundos de duda- ¿Cómo te va?
-Bastante bien, dentro de lo que cabe. Oye, tenemos un problema.
-Lo he oído. El servidor de Softron.
-Exacto.
Julius no parecía excesivamente sorprendido por la llamada de Kid. Es más, a éste le dio la impresión de que incluso la había estado esperando. Julius no era un joven pletórico e hiperactivo como él, sino más bien acampaba en el otro extremo del estereotipo. Era viejo, canoso, arrugado, con implantes externos asomando sus abruptas formas por debajo de la capa, y un vaso de leche siempre a punto al lado de la terminal de acceso virtual. Kid nunca le había visto en persona, sólo a su icono de la Red (un ojo de corte clásico con hojillas de afeitar en lugar de párpados, una referencia que Kid era demasiado joven para entender), pero había conocido a su ex esposa, y eso bastaba.
-¿Y bien? -preguntó Kid, suspirando. Julius siempre le trataba condescendientemente, pensándose mucho sus respuestas, como si Kid fuera un joven alocado sin tiempo para meditar nada de lo que pasaba por su cabeza. Era especialmente irritante, sobre todo por provenir de alguien que competía por el puesto de hacker más rápido del medio.
-No sé -respondió por fin el viejo, cansadamente.
-Julius...
-Mira, Kid, yo también he perdido varios clientes hoy. Pero eso no demuestra nada.
-¿Cómo que no? -dijo Kid, ofendido por la falta de iniciativa, de compromiso, que demostraba tan abiertamente su competidor- ¿Cómo estás tan seguro que no se te van a ir en desbandada, Julius?
-Lo estoy -respondió Julius con tono de verdad canónica.
-Ah, claro. Perdona, se me había olvidado que eras el segundo mejor buscador de información del mundo -replicó Kid, dejando que el sarcasmo entonara bien su voz.
-Kid...
-Mira, ahí te quedas. Si prefieres apearte del rumbo de los acontecimientos, a mi plin. Puedes dejar que la vida siga su curso, pero no te quejes si luego te atropella.
-¿Qué piensas hacer? -se apresuró a añadir Julius, antes de que la rabia hiciera colgar a su contertulio- El sistema Softron ya está en marcha.
-Vamos a averiguar si es tan bueno como dicen -contestó Kid, con más calma-. Ninguna maldita máquina me va a quitar mi puesto.
Cuarenta y siete segundos más tarde, Kid ya estaba en Japón, con todo el arsenal desplegado. Programas de defensa y desconexión, sistema de ocultación y rastreo, decodificadores de datos y frecuencias... Su icono brillaba intensamente, como embargado por una extraña euforia energética que llamaba la atención. El ojo de párpados cortantes de Julius flotaba a su lado.
-Muy bien, Julius -sonrió Kid- Recuerda el dogma de fe de los Buscadores: El poder no está en la información en sí, sino en quién la redacta y controla.
-Lo tuyo es grave, chico -susurró el ojo en medio de una tormenta de estática creciente. Julius había conectado los programas defensivos básicos, aquellos que borraban la presencia digital del usuario en la Red. El ojo se desvaneció en silencio, mientras su señal sonora se perdía en una nube de ondas descompasadas. Kid no le podía ver, pero sabía que seguía allí, en alguna parte. Engañar al propio entorno virtual, convenciéndole de que ellos no estaban allí, era uno de los primeros trucos que aprendía un hacker inteligente.
-¿Qué piensas hacer ahora? -continuó la voz de Julius, esta vez por medio de un canal codificado.
-Aquello es Softron. Vamos a entrar y a sabotear el sistema.
El icono de la cobra también se hizo invisible, mientras ambos jinetes contemplaban la inmensa mole de datos que se alzaba en lontananza.
El paisaje de la Red era intrínsecamente complejo, pese a todos los esfuerzos de sus creadores para simplificarlo. Era como estar de pie en una balsa, en el centro de un océano embravecido de metal líquido y ondas de luz. Mareas de alta velocidad rodeaban su balsa sin impulsarla, mientras estrellas que sólo existían como reflejo sobre la superficie aparecían y desaparecían al ritmo de las conexiones que se iban estableciendo con los ordenadores de todo el globo. Bajar la vista y contemplar aquel océano de pesadilla era como estar mirando una grabación del mar pasada a triple velocidad, salvo que aquí todo era transparente.
Desde donde ellos estaban podían ver mil islas que surgían de aquel mar embravecido y desaparecían al poco, o se unían con otras, cambiando su forma y textura. Sin embargo, había algunas, islotes gigantescos y estables, que nunca desaparecían. Sus límites variaban, fagocitando las islas cercanas o disgregándose en partículas más pequeñas. Pero el núcleo nunca variaba, y en ellos generalmente se levantaban enormes edificios digitales indicativos de la empresa que era dueña de esa isla. El que ellos contemplaban tenía la forma de un castillo medieval, plagado de banderas con un dragón negro sobre una luna azul (el logotipo de Softron) ondeando al viento en cada minarete.
Kid no pudo reprimir una sonrisa. Aquello sí que le ponía cachondo.
-Vamos allá -dijo, lanzándose al asalto.
Entrar no fue difícil. Llegar hasta los archivos que controlaba el procesador central, sí. Pero una vez dentro, Kid descubrió que, efectivamente, existía un Cielo para los de su profesión. Pero no estaba tras los muros de la muerte, sino encerrado en las mazmorras digitales de las grandes corporaciones. Allí probablemente no estaría almacenada toda la información del mundo, pero a los dos sorprendidos hackers así se lo parecía. Miles de kilómetros cúbicos de archivos y carpetas de datos estaban almacenados allí, conectados por las ramas de un árbol más espeso que la mayor de las selvas.
Kid y Julius exploraron sólo superficialmente, más para hacerse una idea de la estructura del archivo que buscando algo en concreto. Invisibles como sueños, flotaron por las entrañas de aquel enorme cerebro disfrutando del placer básico de la excitación pura.
Y entonces apareció la fuente.
El núcleo de control era un cubo de rubik con caras facetadas en continuo movimiento, cambiando de color e incluso de número de aristas. A su alrededor flotaban en muchos estratos los iconos de los clientes que en ese momento estaban conectados.
-Dios mío -susurró Julius, haciéndose visible a la derecha de la cobra de Kid- Mira su número. Ya tiene más de un millar de afiliados.
-¿Qué te dije? -contestó Kid, con un acceso de rabia, mientras reconocía algunos iconos de antiguos clientes suyos orbitando alrededor de la masa central del servidor, como cachorros desesperados en torno a la madre suplicando un poco más de comida- Debemos destruir esta aberración.
-Oye, Kid, creo que deberíamos marcharnos -dijo Julius, tímidamente.
-¿Qué? -imprecó Kid- ¿Ahora que estamos aquí? ¡Venga ya!
Julius no respondió. Estaba claro que lo único que le importaba a su competidor era mantener su estatus (fuera cierto o no) de hacker más rápido de la Red. A diferencia de él, Kid no trabajaba por el bien de sus clientes, sino por el suyo propio.
-Márchate tú su quieres. Yo debo saber -espetó Kid a su compañero, acercándose más a la masa de figuras fantasmales que rodeaban al cubo.
-¡Kid, no seas loco! ¡Te van a descubrir! -la advertencia de Julius ya llegaba tarde incluso antes de ser pronunciada. Con un remalazo de pánico surgido de la experiencia de años y años de navegar la red y entrar sin permiso en sitios prohibidos, Julius intuyó más que vio a los programas de seguridad, un segundo antes de que aparecieran. Activando su programa más valioso (un sencillo mecanismo de desconexión automática), el ojo cortó en dos su propia pupila con una de sus pestañas, y desapareció del sistema.
Kid se acercó hasta el núcleo, sintiendo la euforia de sentirse observador invisible en un mundo de nucas llenas de ojos. Allí estaba el malnacido de Norris, con sus cuentas corrientes en Suiza y sus contactos con los narcos de Guatemala. Estaba la señora Chen, siempre a la búsqueda de ofertas fantásticas en materia de solares arrendados. Y el gordo seboso de Adolfo Aristaráin, con su pasión por los lugares prohibidos de la Red, en donde niñas de la edad de su hija posaban desnudas.
Estaban todos, absolutamente todos. Los que antes le habían llamado suplicando de sus servicios, y los que nunca llegaron a conocer su existencia salvo por un lejano rumor, una vibración a larga distancia a través de aquel gigantesco estanque de datos que era la Red.
Pero Kid necesitaba algo más. Descubrir lo que nunca existió, abrir las entrañas de la bestia, y luego contarlo por ahí como una anécdota de noche de viernes. Arropado por una emoción que no había sentido nunca, y que abotargaba el resto de sus sentidos, se acercó hasta el único icono que le interesaba invadir antes de salir de allí; el del propio servidor. Si lo conseguía, si entraba sin ser detectado en la mente misma del último monstruo de alta tecnología inventado por el Hombre, decenas, cientos de generaciones posteriores hablarían de él, y reconocerían sus méritos. Kid, y sólo él (no vulgares segundones como Julius o el resto de la bazofia que pululaba por ahí) sería recordado como el mejor y más rápido hacker de todos los tiempos.
Probablemente si Julius se hubiera quedado un segundo más, o le hubiera advertido antes de desaparecer, Kid no habría caído con tanta facilidad en la trampa. Él mismo podía haber tenido la extraña sensación de peligro que había alertado a su competidor, pero estaba tan concentrado en lo que pasaría en el futuro, que el presente logró sorprenderle por la espalda.
Kid logró entrar en el cerebro del servidor, cierto. Y contempló los archivos secretos de la corporación, e incluso los de otras empresas, a través de una intrincada red de conexiones internas. De pronto, su vista se fijó en un archivo. Era una carpeta normal y corriente, como otra cualquiera de las miles (no, millones) de las que había almacenadas allí. Si le llamó la atención, fue por un hecho totalmente fortuito, producto del azar más descabellado.
Porque al pasar su vista rápidamente por encima de una fila de archivos, en la solapa de uno, y tan solo de reojo, vio su propio nombre escrito.
Sin salir de su asombro, el mayor hacker de la Historia (ya era un hecho), seleccionó aquella oscura carpeta de datos y pidió al sistema que la abriera.
Y ahí fue donde se condenó. Los sistemas de seguridad lo localizaron al instante, pero no lo expulsaron; rastrearon su señal hasta averiguar el lugar físico desde donde el cuerpo real de Kid se estaba conectando.
Kid, sin sospechar siquiera lo que estaba a punto de pasarle, echó un detallado vistazo a la carpeta que llevaba su nombre.
-¿Pero qué demonios...? -fueron sus últimas palabras, aunque no había un historiador presente para recogerlas.
En aquel archivo había una información detalladísima sobre él. No el fruto de una simple incursión a través de bancos de datos comunes, ya que los buenos hackers siempre controlaban lo que se decía de ellos en todas partes. Aquello era diferente. Había datos que él nunca había facilitado a nadie, ni siquiera al bueno de Gus. Listas de contactos, sus últimos diez mil movimientos en la Red, sus clientes más secretos (como aquella vez que asesoró a la Reina de Inglaterra en el caso del entierro de su hija), y mil cosas más.
¿Cómo podía ser aquello? ¿Cómo sabían tanto de él? Allí estaba toda su vida, todo, incluso...
Kid se paró un segundo a leer una nota a pie de página en uno de los centenares de documentos. Era una frase sencilla, escrita en lenguaje llano, sin encriptación ni camuflaje de ningún tipo. La frase rezaba:
Eliminación del sujeto en su domicilio de Vancouver programada a las dieciocho horas veinticinco minutos del tres Abril del 2011.
Pero no fue eso lo que cambió la expresión de la cara de Kid, sino un sencillo corolario que se anotaba en la ficha mientras él lo leía:
Eliminación completada.
Si las cobras hubiesen tenido brazos, el icono de Kid los hubiera levantado, medio segundo antes de desaparecer, los puños cerrados como desafiando al viento a quitarle su triunfo. Ya no importaba Softron. No importaba el maldito servidor ni todos los malditos clientes del mundo.
Aquello lo cambiaba todo. Pletórico de alegría, Kid se desvaneció en la relajada laxitud de la muerte.
Gus encontró el cadáver de su compañero unas horas después, al volver de hacer la compra. Estaba tirado en la bañera, con su terminal encendida flotando en el agua entre sus piernas. Los ojos vacíos de Kid le aportaron más información que toda una página de datos.
De nada sirvió decirle a la Policía que Kid jamás se hubiera conectado en la ducha, ni que la terminal poseía un sistema de desconexión automática ante sobre cargas de voltaje o cortocircuitos, patente del propio Kid, y que la que había electrocutado a su amigo en la bañera ni siquiera era del mismo modelo.
Pero lo que más intrigó tanto a la Policía como a Gus, fue la sonrisa que aparecía radiante en el rostro inerte de Kid. Una mueca de triunfo mezclada con ese aire de cinismo y desafío que Kid siempre tuvo al hablar; un gesto de tranquilidad y autosuficiencia, como queriendo decir: Supera eso.