Si las puertas de la percepción se abrieran,
nos mostrarían las cosas como son: infinitas
Reticulado, con el tintineo característico de los hologramas mal calibrados, un mensaje:
SOLO CARNE
Las letras giraban, fueron a estrellarse contra la mujer que salía del hotel, un millón de años de reflejos programados en el instinto no hicieron que ella levantará las manos tratando de apartar a esos fantasmas aparentemente sólidos. Tenía otras cosas de qué preocuparse.
CARNE y ella amalgamados por un efecto óptico. Mujer de ropa mimética y letras verdes surgiendo de su rostro. Uno de sus tatuajes fotosintéticos resplandeció ante la luz coherente, como si el láser del holograma fuera a incendiarla.
Caminó hacia las sombras mientras trataba de decirle a la sangre entre sus dedos que todo fue un accidente, un reflejo, un error.
La sangre no quiso admitir excusas y continuó crepitando. Podía sentirla caliente aún. Los tasers a veces hacen hervir los líquidos corporales.
Recordó al hombre sobre su cuerpo, su sexo penetrándola, el momento en que ella activó el disparador.
La energía pudo haber pasado a través de él, eyaculación de miles de voltios, electricidad derramada dentro de su sexo.
Que el hombre hubiera aferrado la cabecera de la cama mientras buscaba el orgasmo, hurgando en su cuerpo, posiblemente le había salvado la vida.
Tal vez mañana, cuando encontraran el cuerpo, descubrirían la palma casi fundida con el metal; señal oscura.
Un símbolo más en ese cuarto, como el olor a sexo y sudor.
Ahí ¿qué importaba una palma negra de un hombre muerto?
No sería el primer cadáver del lugar.
Pensar en ello la calmó.
En ese sitio la muerte era un costumbre: los hombres desnudos derivando sobre limpios colchones de aire, que no guardaban ningún recuerdo de lo que pasaba en ellos. La sangre no flota en su superficie de aire, la corriente helada de las turbinas la impulsaba contra el techo.
Techos amibióticos, hambrientos de cualquier líquido y basura que llegara a ellos, para mantener sus colores y su fosforescencia activos.
A veces los techos gemían como los hombres que esa mujer acostumbraba llevar ahí, con ese abandono de todo aquello que no fuera su necesidad.
La mujer deseaba cerrar los ojos para no verlos, porque temía que una noche cualquiera la devoraran.
El techo derramándose como el esperma que devoraba, hambre goteando sobre su carne.
Los hombres enterrando en su sexo una boca de un millón de dientes que atravesaba su vagina hacia el estómago.
Y generalmente temía todo ello cuando se había acabado el Hyper.
Lo cual, por supuesto, se arreglaba con no dejar que se terminara, que permaneciera en las sinapsis, anidando en la química de su cerebro.
Es cierto que a veces oía ciertos colores, y que sus sueños estaban poblándose de serpientes pero ¿qué importaba todo ello si con el Hyper era posible devorar la luz?
Morder lentamente su consistencia, dejar que su cuerpo se apoyara firmemente en la corriente de fotones. Caricia infinitesimal, masturbarse contra el neón que se filtraba en su cuarto, dirigir un pequeño láser de lápiz contra su sexo, calor crepitante apenas adivinándose en la membrana de las células, luz coherente atravesando la pigmentación de su clítoris, tocando las terminaciones nerviosas como jamás ningún amante podría hacerlo.
Hundirse en el explosivo mar de la electricidad con sólo prender el sodio de sus lámparas.
¿Qué eran las advertencias vagas sobre la droga comparadas con eso?
Llegaran, mujer, llegaran con mil bocas y entonces... entonces pasará lo peor.
Pues bien, había sucedido, lo peor ocurrió y estaba viva, libre, necesitando otra dosis de Hyper.
No había estado tan mal, después de todo.
Lo peor era soportable.
Es cierto que gritó, que el horror se instaló en su carne, y pudo sentir como la realidad se resquebrajaba y a su mente agonizar, aterrada.
Pero no había estado tan mal.
No con el Hyper aún en su corriente sanguínea.
Vio al hombre desnudarse con la impaciencia de quien ha pagado 2 créditos por su carne, por el dudoso placer de tocar piel natural y no eléctrica. Por un poco de acción fuera de la red.
—Quiero algo real —dijo cuando le dio el dinero.
¿Real su piel reseca? ¿Sus pechos que empezaban a ceder? ¿los muslos en donde podía adivinarse los primeros depósitos de grasa?
¿Real ella?
Al menos real él y su aliento pesado, levemente aceitoso, de quienes llevan un estómago sintético. Su tarjeta oscura con la cual se pagaba esas perversiones como lo es lamer su cuello convencido que ningún programa subsidiario hurgue en su cerebro para dar la consistencia, el sabor exacto, preciso para excitarlo.
—El sexo es lo inesperado —proclamó antes de sacar la tarjeta— y la red es demasiado precisa.
Ella asintió, sin comprenderlo. Sin tratar siquiera, ya que la posesión de una de esas tarjetas negras modificaba la percepción del mundo.
Los contadores, por ejemplo. Los dígitos verdes cambiando interminablemente en las mesas de los Servicios. Ella no podía apartar la vista de ellos, tenía que consumir a toda prisa (cuando consumía) dejando que la infinita sucesión de números se tragara los placeres.
Él no los veía, hablaba sin molestarse en admitir que ese resplandor verde existía. No era más que dinero.
Un restaurante realmente caro no tenía contadores holográficos. Era cuestión de comer y dejar a la suerte el monto total.
Ella nunca había ido a un restaurante realmente caro. Bueno, casi. En un programa pirata, pero las cosas vibraban tanto en los bordes que no era posible ignorar que todo era falso.
Los sibaritas que se hartaban de los placeres virtuales nunca habían tenido que preocuparse por las necesidades de lo real.
¿Sabía él que con 2 miserables créditos sólo era posible conectarse por 6 minutos?
¿Y qué universo decente podría visitarse en 6 minutos?
La red no era una opción mientras no tuviera más dinero.
No había más mundo que el que habitaba, aquel que le ofrecía al mismo tiempo el frío, los años que pasaban, el Hyper, y clientes que farfullaban sobre las ventajas de lo verdadero.
¿Ventaja el que ello lo mordiera leve, dolorosamente para que supiera que no todo era ensayado, que el mundo no giraba a su alrededor, que nadie había construido un universo entero para satisfacerlo?
¿Qué no daría ella por un universo propio?
Uno donde los hoteles no fueran todos iguales, donde el techo no gimiera y ella no tuviera que esperar, llena de temor, lo que anidaba en la entrepierna de ese desconocido, hasta comprobar que era un pene como tantos otros.
Él sonrió satisfecho de su propia erección.
—Se acuerda —dijo, refiriéndose, por supuesto, a su pene y a que la electricidad no era vital para el sexo.
Se sentía libre sin la conexión, sin el elegante cable serpenteando desde la consola negra.
Desnudo de electrodos.
Ella lo tomó entre sus labios simplemente para no verlo más.
El Hyper se absorbía en las membranas bucales, disuelto en agua hirviendo. Algo doloroso al principio, pero el propio Hyper fue destruyendo la sensibilidad de la zona.
Y eso era estupendo cuando pagaban por dejarlos entrar.
A pesar de que no los sintiera, la saliva y la tibia humedad seguían ahí, era aún posible deslizar su lengua por los diversos glandes. Recordaba los movimientos aprendidos casi desde la niñez, el ritmo y las pausas precisas para hacerlos gozar.
Y si eyaculaban: no más el sabor a sangre marina del esperma. Sólo el líquido escurriendo leve de las comisuras.
Algo más por que amar la droga.
Aunque la sensación era extraña, como si hubiera perdido parte de su cuerpo, el espacio lleno de frío que sienten los amputados en los miembros perdidos.
Era algo inquietante acariciar a los clientes con ese vacío, pero era todo lo que ellos querían: una nada en la cual descargarse.
Y ese hombre se movió a gusto en el cálido cadáver que ella portaba en el rostro.
La mujer podía sentir la lenta embestida en los músculos del cuello, leyendo en la piel tirante de sus mejillas la fuerza de ese sexo.
Le habían desgarrado la boca en más de una ocasión, debía cuidar de si misma, pero no con ese hombre: no daba estocadas violentas, sino impacientes toques, nerviosa marea que no buscaba mayor profundidad.
No deseaba terminar el sexo entre sus labios.
Si el Hyper hubiera podido matar también su vagina...
El cuerpo completo, ¿por qué no?
Entonces sus sentidos no tendrían que estar presentes en ese momento, podía ser un fantasma de ella misma.
No más dolor de espalda, ni resequedad que afectaba la vulva, sin que tuviera que aplicar cremas hidratantes a los irritados labios de su sexo que cada vez respondían menos.
Ser un cadáver que respiraba, un muerto vivo.
Tan hermoso.
Tal vez debería acudir con los Adamitas.
Solo la completa insensibilidad nos acerca a Dios
El Eterno Indiferente
Hombres y mujeres vestidos con túnicas sintéticas, rapados, liposuccionando rasgos del rostro para que fueran los más parecidos unos a otros con sus mejillas hundidas, con sus cuellos tensos como nudos.
Los veía pasar, en medio de sus cantos sin sentido, víctimas perfectas para cualquiera y casi podía creer que ellos tenían una solución.
Morían tan plácidamente.
Tal vez el que les hubieran freído parte del cerebro tuviera algo que ver con ello. Los centros de dolor, desaparecidos. No más problema con nervios periféricos y con la carne.
Pero ellos prohibían el uso de las drogas.
No queremos ver al Dios químico, mujer.
¿Y que diferencia podría haber con el Dios quirúrgico?
Ellos amaban el bisturí de luz, los incesantes cambios anatómicos, las ilegales pero irresistibles adiciones genéticas.
Mil ojos que no ven, mil brazos que no tocan nada, mil voces que guardo para mí, piel azul, labios en los dedos entonando cánticos silenciosos, estigmas a elección, mil rostros buscando la luz divina
¿No era real también eso?
¿Pagaría alguien 2 créditos para acercarse a un Adamita y jugar con su cuerpo porque la red era demasiado precisa?
Pero ¿de que se quejaba?
El hombre había tocado su placa crediticia.
2 créditos a su cuenta.
Para festejarlo, mientras se dirigían al hotel ella tomó un bulbo de Hyper, sonriendo, juguetona, sacando un poco de vapor a la noche fría como quien expulsa el humo delicado de un cigarro.
Él pagó la habitación y se limitó a desnudarse.
No más juego, no pláticas ni caricias lentas.
Lo que a ella le gustaba.
Sólo la transacción: Te doy mi dinero para que recibas mi esperma.
Tan sencillo como eso.
Ella se estiró sobre el colchón de aire, y con un pie tocó el modo Video de la televisión bajo sus cuerpos, en el piso del cuarto.
La pantalla se convirtió en un espejo electrostático de su desnudez.
Él sonrió en medio de la luz azul, sólo cuando el aparato lo enfocó a él. El video de alta definición variaba la imagen aleatoriamente, era rostro, ojos, sexo enhiesto, sonrisa blanca.
Sin dejar de verse se acomodó dentro de su cuerpo, sin perder un detalle de él mismo, como si ella no estuviera ahí.
Estaba bien. Ella tampoco le importaba que él estuviera ahí.
El Hyper se encendió dentro de ella y todo empezó a detenerse.
Si hubiera estado frente a una llave abierta, habría sido posible ver el agua en el aire, admirar la forma líquida aparentemente inmóvil en el espacio.
Era como si el tiempo se parara de golpe: libre de los segundos que arrancaban su piel.
Pero, por supuesto, era imposible dominar el tiempo, ni siquiera con la droga.
Simplemente su mente se abría totalmente, con el despiadado encenderse de un estroboscopio.
La realidad continuaba su marcha ahí afuera, en la otra orilla de sus sentidos, y en el momento en que ella observaba esa gota inmóvil, esta había caído ya, perdida en el desagüe; pero su cerebro retenía la imagen avaramente, la dejaba huir de a poco, permitiendo que la mujer captara la plenitud de cada momento: el millón de detalles de cada instante, la certeza de que el tiempo que se va es para siempre.
Alguien le había dicho que con el Hyper la realidad no avanzaba a 24 cuadros por segundos.
La droga permitía congelar la imagen.
Sentir el glande de su cliente deslizarse por las paredes de su sexo, a ella misma abriéndose para recibirlo, la luz del televisor tatuada en ese cuerpo inmovilizado por sus sentidos.
Detenerse...
Y después, ah, después... podría tomar la luz.
Ese universo de imágenes fijas sólo era un regalo, otro más.
En la Inmovilidad había paz, la tranquilidad del mundo dejado afuera.
Y fue en ese momento en que nada debía moverse, en donde todo debería mantenerse detenido en sus sentidos, que ese hombre (que no era más que otro más) abrió un segundo par de ojos; justo en medio de la frente.
Ojos fijos en ella, ojos que no deberían existir, que se arrastraron sobre la piel dejando una estela de si mismos...
En la inmovilidad: una boca inmaterial se abrió en el aire bajo la barbilla de ese hombre, subió hasta amoldarse a la boca normal, continuó su camino, reuniéndose con los ojos que seguían moviéndose sobre, bajo, a través de la carne de su cliente.
—No, no, no, no, no, no... —gritó la mujer.
Pero ¿quién podría oírla si no únicamente ella? ¿quien más podía enterarse de su horror?
Porque había identificado el movimiento pendular de esa boca y de esos ojos imposibles: el movimiento propio que hacen algunos hombres al hacer el amor, afirmación inconsciente del placer.
Algo estaba gozando de su cuerpo.
Algo enterrado bajo la piel de un hombre normal, algo hundido en el aire de una habitación como tantas, algo en el tejido del universo.
Algo que emergía...
Pude sentir, dentro de su cuerpo, el sexo detenido del hombre normal y, como en su pesadilla, un segundo sexo, arrastrándose dentro de su cuerpo penetrado ya, y vuelto a penetrar por aquello que iba convirtiéndose en un objeto cada vez más corpóreo.
Pudo ver a la segunda boca bajar hasta sus senos, una lengua salida de la nada dejar un tibio latigazo sobre los pezones.
Y no podía dejar de gritar, y nadie, más que ella, lo sabría. Ni siquiera aquello que cabalgaba despreocupadamente sobre su cuerpo.
Pero el que estuviera atrapada en ese instante eterno, no significaba que su cuerpo no estuviera actuando.
Todas las prostitutas sabían que un hombre violento sobre un colchón de aire era cuestión sencilla: bastaba con zambullir un brazo entre la corriente de las turbinas, la palma cortando el aire, dejándolo deslizarse a los costados, y luego, sobre las turbinas cerrar el puño, ofrecer una superficie densa sobre la cual la corriente pudiera enfrentarse, recibiendo un impulso capaz de sostener 200 kilos en el aire. Un golpe a esa velocidad podía romper algunos huesos de la mano, pero estaba garantizado que ponía al hombre fuera de combate.
Pero ¿qué golpe dar al hombre de dos rostros?
Uno mortal
No estaba indefensa. La mujer poseía un taser implantado quirúrgicamente en la mano izquierda.
Un taser que podía enterrarle en el cerebro a ese ser.
En cuanto salieran de la inmovilidad.
Un siglo, una eternidad después... en cuento el Hyper le permitiera moverse.
La muerte del hombre tomó sólo un segundo, la corriente quemando su mano aferrada a la cabecera.
Ella se levantó gritando y vio que el hombre no tenía más que un rostro, que no había nada extraño ni sobrenatural en esa piel muerta.
Fue entonces que se dijo que todo podría haber sido únicamente otro ataque paranoico del Hyper.
Fue cuando le habló por primera vez a la sangre de sus dedos...
Cuando estuvo a punto de romperse.
El tacto de su mano atravesando el hueso, la corriente recorriendo el taser como si fuera ella la que eyaculaba en él...
El rostro negro. Ojos evaporados, lengua hinchada y humeante, de quererlo podría arrancar un trozo sin esfuerzo alguno.
Y a pesar de eso no era más que otro cadáver.
Sí.
Había visto bastantes, uno cada noche, desde que recordaba. Hombres y mujeres reducidos a bolsas negras, a patrullas centelleando, a una marca hecha sin prisa alguna en un formulario.
Ese hombre alguien más que naufragó en la oscuridad.
Siempre se preguntó que pensarían los asesinos después, con la sangre derramada ya, con el pulso recobrando su ritmo en las venas.
Nada.
El cuerpo no era más que alguien con mala suerte.
Algo que pasa. Como la lluvia. Eso.
La mujer sabía que los policías que llegarían después, quejándose de que la cuota de cadáveres diarios crecía, tendrían una explicación diferente.
¿En cuantos hoteles los vio llegar? ¿desde cuantos quicios de puerta escuchó su charla? ¿en cuantas ocasiones estuvo en una habitación tratando de recordar los minutos finales de alguien más?
Sabía de los juguetes herrumbrados que traerían, de los toscos olfateadores mecánicos que, seguramente revisarían, obscenamente, el pene de la víctima.
—Hyper —imprimirían— AB+
La saliva era excelente para saber el tipo sanguíneo, el código genético del asesino. Los líquidos vaginales dejados como evidencia...
En cada crimen, un fluido.
Los detectives soñaban con obscenas bolsas de líquidos supurando antes del asesinato, mar impuro golpeando la costa de la realidad, cada muerto un desecho traído por la marea.
Ellos, más que nadie, consciente de lo frágil que es un cuerpo, de la violencia necesaria para arrancarnos del mundo.
200 kilos de impulso, un taser activado en el mismo instante que perforaba un cráneo. Las manchas eran de cerebro hervido, de fluido cerebroespinal, sangre negra crepitando alrededor.
Aunque los olfateadores no hubieran hallado rastros de la droga, era claro que había sido obra de un Hyper.
Cumplía a la perfección el esquema.
VI. TAC. HI.
Violencia Inicial. Ternura Al Cadáver. Huida Inmediata.
La cámara de vídeo del cuarto estaba tan sucia que no había captado más que sombras. Minuciosa, delicada, interminablemente alguien ensuciaba esas cámaras. ¿qué importaba?
¿Cómo podría imaginar ella que cumplía un esquema cuando deposito al hombre de nuevo en la cama, cuando puso sus manos (la negra, la blanca) sobre el pecho, y le peinó cuidadosamente un mechón de pelo?
Perdón por matarte, ¿estas bien así? ¿si te pongo cómodo me perdonas?
Sabía que ellos iban a decir que todo era obra de un feeback.
Era su explicación favorita para el tipo de crimen VI. TAC. HI.
Una vez un policía se lo explicó cuidadosamente mientras la penetraba, usando el propio ritmo del placer para puntear la lección, metrónomo marcando el compás de la explicación.
Toda la información que recibimos es almacenada por el cerebro, se utilice o no. Incluso cuando el tiempo se ha detenido aparentemente, el cerebro guarda las imágenes de la realidad.
Y, a veces, combina ambas percepciones.
Lo inmóvil y lo real.
Y lo que veían los adeptos al Hyper era, simple y sencillamente, monstruos.
Y a los monstruos se les extermina.
Y los usuarios del Hyper también.
La cacería empezaba. Tenía que cambiar de rostro (los médicos Adamitas eran perfectos para ello), modificar otra vez su código genético, cambiar de rutinas.
Esperar a que la policía olvidara el crimen, a que la larga montaña de casos pendientes volviera intranscendente a ese hombre quemado en un hotel de tantos.
Un par de meses, tal vez.
Mientras debía volverse invisible, tendría bastante tiempo para pensar.
Ojos surgiendo de las nada, lengua saliendo del vacío, sexo penetrando la penetrado ya.
¿Eso un feeback?
¿Quién podría creerlo? Ojos atentos a ella, penetrantes, hurgando en sus expresiones, en su miedo.
No los ojos de su cliente, atentos sólo a él.
Golpes nerviosos dentro de ella, sexo ansioso, hambriento, feroz en su necesidad.
No el pausado ritmo del muerto.
¿Quién? ¿quién con esa hambre, capaz de romper la realidad por llegar a su carne?
Miró a su alrededor, y no había más que calles oscuras, neón, hologramas, un graffiti 3D afirmando DIOS ESTÁ EN LOS CABLES.
Ningún ojo en la bruma, ninguna boca sonriendo desde la nada.
Nadie a quien pedirles una explicación.
Se dijo una. Algo debía decirse.
Tal vez no correcta, tal vez no apropiada. Pero suya.
La repitió mientras tomaba otro bulbo de Hyper.
Desde los primordiales tiempos del Lisérgico, se hablaba de la comunión de Dios y de la droga.
De visiones divinas.
Si.
De ángeles observando a los viajeros químicos.
Eso podía ser. Una explicación tan buena como cualquier otra.
—Mate un ángel —se dijo— maté a un ángel que quiso tocar a los intrusos.
Tuvo que reírse, cabalgando ya en el Hyper.
Tuvo que reírse por que no dejaba de maravillarse de que la droga le diera un regalo tras otro.