—Te amo —le dije.
Y ella, como toda robot bien programada, me dijo que se quería casar de blanco.
Como todos los enamorados te traía una estrella del cielo, pero la Aduana, prevenida contra nosotros, los románticos, me la recogió por radiactiva.
Oí tus pasos salir furtivos de la recámara, rápidos y resueltos en las escaleras, dudando un segundo antes de salí a la calle donde no podría encontrarlos otra vez, alejarse.
Creí que me habías dejado pero, gracias a Dios, sólo eran tus zapatos.
Hizo comparecer el cadáver de su esposo para preguntarle si era feliz en la muerte, pero al ver el rostro descarnado y la sonrisa eterna supo que, en efecto, lo era y no tuvo más remedio que regresarlo al cementerio.
Al despertar Gregorio una mañana, tras de un sueño intranquilo se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto, quiso decírselo a su esposa pero ella no estaba ahí, su lugar lo ocupaba una enorme araña vestida con la bata de su mujer, que se relamía de gusto mientras lo iba envolviendo en su tela y le inyectaba un veneno de esos para matarlo y volverlo más rico a sus apetitos arácnidos.
Lo malo de vivir con la mujer soñada es que cuando ella está esperándome en la cama, yo me veo obligado, para que no desaparezca, a dormir solo, soñándola.