—¿De donde sacas tantas historias? —preguntó el sultán, pero Scherezada jamás le reveló lo de su apuntador electrónico ni de su hermana escondida en una recámara alejada, con un libro de cuentos en una mano y un walkie-talkie en la otra.
Oh, Dioses, ptofrecí por esposa al sultán para salvar a las mujeres del reino de morir decapitadas después de una noche con él, quien cree que en la variedad está el gusto; y dediqué años de mi vida a hilar historias fabulosas que lo distraerían hasta que acabara por amarme a mí y a nuestros hijos, pero, Oh Dioses, ¿por qué no me dijeron que el sultán era sordo?
—La verdad es que decapito a las mujeres porque odio su charla, todo eso que únicamente ellas saben decir, aborrezco lo que no salga de mis labios; esta muchacha, Scherezada, se ve tranquila, ruego a los dioses para que no diga nada esta noche en que, callada, acepte una vida de silencio conmigo...
—¿Por qué diablos cortas las historias a la mitad? —preguntó el sultán. Scherezada empezó a contárselo pero, como de costumbre, le ganó el sueño y se quedó a mitad de explicación, justo en la parte más interesante, y así vivió un día más.
—¡Scherezada! —exclamó indignado el sultán— estoy dudando que seas pura. ¡Explicate! Y ella no tuvo más remedio que empezar a contarle un cuento.
—Deberé eliminarla —decidió el sultán en la noche 1002— a pesar de que es muy bella, pero es insoportable su cantinela diaria de te cuento un cuento, con esa manía suya de dejar pendiente las historias en lo más interesante. Además, lo peor, a últimas fechas se repite.
Antes de dormir los hijos de Scherezada suplicaban para que su madre no empezara a contarles un cuento.
Scherezada narró tantas historias que llegó a pensar que el sultán sólo era un cuento, y ella misma otro, por lo que no se atrevía a interrumpirse pues corría el riesgo de desaparecer si no se contaba a ella misma.
—A la mierda —se dijo el sultán una de las tantas noches en las que el zumbido de la voz de su esposa lo mantenía insomne— ya me cayó gorda, pinche vieja, ahorita la mato, desgraciada desveladora y no me importa que no sepa en que acaba el puto cuento.
Y Así lo hizo
Ni Scherezada ocupada en sus historias al parecer infinitas, ni el sultán hechizado por estas se dieron cuenta del terrible cambio que las palabras de la mujer hacían alrededor, nunca se enteraron que ellos se convirtieron en sólo un cuento más de las mil y una noches.
Cuando el sultán empezó a sugerir finales posibles a las historias, incapaz de esperar hasta el día siguiente el final del cuento, Scherezada pensó en matarlo. La creadora era ella, suya la imaginación. Pero algunos finales eran francamente sorprendentes, dignos de Scherezada, y ella se quedaba muda, muerta de envidia creadora, esperando que el sultán terminara de hablar, pero las auroras llegaban y se iban y los finales transcurrían, uno tras otros, interminables...
La verdadera víctima de las mil y una noches no fue Scherezada con la permanente amenaza de muerte sobre ella, sino el sultán que no supo del peligro de envolverse en un hilo de fantasía, hasta que le fue imposible diferenciar lo falso y lo verdadero, entre la imaginación y la realidad, por eso no es de extrañar que cuando sus enemigos lo derrocaron se quedó tranquilamente mirando a los asesinos esperando el fin de la historia.
Harto de tanta historia el sultán decapitó a su esposa una noche de tantas, pero la cabeza de Scherezada siguió hablando sin más. El sultán aceptó el milagro porque bien podía tratarse de otro cuento.
Después de mil y una noches, Scherezada descubrió que ya nada tenía que decir: toda su imaginación había terminado y con ésta su mundo fantástico de prodigios y maravillas. Se preguntó que haría en adelante, en una vida gris de una mujer como tantas. Cuando el sultán llegó, dispuesto a decirle que la amaba y que nunca le haría daño así no le volviera a contar un sólo cuento en su vida, la encontró muerta, colgando del techo...
Después de todo, reflexionó el verdugo, Scherezada merece morir: ella inventó las telenovelas.
¿Y quién dice que Scherezada narró todas esas historias? En realidad fue su cuerpo el que, durante mil y una noches, cantó maravillas y prodigios, sueños y milagros, reinos desconocidos a un sultán que, hechizado, dejaba pasar los años leyendo en su mujer historias que, se dijo, nadie sabrá jamás.