Sobre todas las cosas, el pensar que todavía le faltaban tres horas para salir del cubículo al que le había llevado la locura experimentadora del Doctor era lo que más pánico le daba. Por supuesto había intentado varias veces quitarse ese pensamiento de la cabeza, pero no había manera de evitar que volviera una y otra vez, increíblemente más fuerte cuanto menos tiempo quedaba.
Intentó concentrarse en la paliza que pensaba dar al Doctor en cuanto volviera a pisar tierra firme. Lo ideal sería empezar con una rápida sucesión de puñetazos en las narices para, a continuación, machacarle el hígado con una implacable serie de directos hasta conseguir derribarlo y, una vez que el sabio estuviera contemplando en primerísimo plano las pelusas del suelo, ejercitar las piernas con una vigorosa sesión de patadas.
Lo extremo del ejercicio, por muy imaginario que éste fuera, hizo que la adrenalina se disparara haciéndole sudar ligeramente. Desde el altavoz de ordenes le llegó la voz de la Profesora, la ayudante del Doctor.
—Ingeniero, ¿le ocurre algo? Los ritmos cardiaco y respiratorio han subido hasta el límite anaerobio. ¿Va todo bien?
—Perfectamente. Quizá sea la ansiedad. ¿Queda mucho?
—Ciento setenta y tres minutos.
—Gracias. Vigile esos indicadores. Quiero salir de aquí por mis propios medios.
—Descuide.
¡Novicia reprimida e insatisfecha! A ella también le daría una buena zurra, pero dejando aflorar sus instintos más sádicos. Empezaría por arrancarla a bofetadas de la consola, el altar donde profesaba su fervor hacía el Doctor, y cuando su cara de colegiala inocente (esperaba que las gafas se rompieran pronto, la sangre le excitaba) estuviera irreconocible, la obligará a cometer tal cantidad y calidad de aberraciones que ella acabaría por irse a profesar a algún convento perdido en la más ignota estribación de los Andes.
Unos pensamientos tan inocentes solo consiguieron provocarle una tan formidable como dolorosa erección.
—Ingeniero —ahora, la voz era un alarmado cúmulo de dudas—, ¿qué ocurre? Los indicadores están volviéndose locos.
—No me diga que esos chismes están empezando a desvariar —respondió haciendo un gran esfuerzo para que su voz pareciera todo lo neutra que se esperaba—. Si algo va mal sáquenme de aquí inmediatamente.
La Profesora dudó unos instantes. Era un ser débil e indeciso que dependía por completo de la mano de hierro del Doctor. Cuando habló la ansiedad que le producía tomar aquella mínima decisión hacía que su voz se quebrara a cada intento de vocalización.
—Espere. Desconectaré los sensores y los verificaré. No creo que tarde más de cinco minutos.
Perfecto. Cinco minutos en los que podría pensar lo que le viniera en gana sin que quedara registrado en ningún sitio más que en su memoria.
Eso le hizo considerar que quizá había sido demasiado benigno al elaborar los planes respecto al Doctor y la Profesora. ¿Por qué fustigarlos por separado cuando podía preparar una estupenda sesión conjunta? Sonrió al imaginar el rostro de la Profesora cuando arrancara al Doctor esa cosa que le colgaba entre las piernas y que, estaba seguro, llenaba las noches de insomnio de ella.
Con el Doctor no sabía muy bien como actuar. Para él, la Profesora solo suponía un elemento del equipo, y cualquier daño que recibiera solo sería considerado como un tropiezo más del proyecto. Aquello le malhumoró. Si no podía destrozar el alma del Doctor todo el daño que provocara en su cuerpo no dejaba de ser más que un divertimento primitivo.
La voz de la Profesora volvió a dejarse oír con toda nitidez.
—Lo he comprobado todo y en apariencia está perfectamente. Sin embargo, las lecturas vuelven a estar dentro de límites.
—¿Ha llamado al Doctor?
—Eh..., sí. Ya está de camino.
Volvía a estar relativamente tranquilo pero el pensamiento de hacer daño al Doctor, verdadero daño, un estrago del que jamás se pudiera recuperar, seguía dándole vueltas en la cabeza.
Tras unos minutos de intensa reflexión fue la voz cascada y ansiosa del propio Doctor la que le interrumpió.
—¿Ingeniero? ¿Va todo bien ahí dentro?
—Perfectamente —estaba convencido de ser un consumado actor—. Lo que me preocupa es esa máquina. Garantizo que cuando se la entregué funcionaba perfectamente. Pero... ¿hasta que punto nos podemos fiar de ella después de "sus" modificaciones?
—Dios quiera que plenamente. Sabe usted muy bien que un fracaso en este experimento no solo me supondría un fracaso personal, si no también el fin de mi carrera.
Luz. Brillante y cegadora. Ese era el mecanismo, no había una solución más elegante ni más sencilla. Acabaría a la vez con el Doctor, y por una simple reacción en cadena, con la Profesora.
¡Eso era! ¡Debía hacer fracasar le experimento! ¿Y quien mejor que él, como individuo observado, para hacerlo fracasar? Debía ahora encontrar el método adecuado para hacerlo. La propia naturaleza de la observación le impedía de forma casi absoluta falsear los resultados. Boicotear el equipo ya era imposible, eso tendría que haberlo hecho antes de entrar en el cubículo, así que solo le quedaba una salida, destruir el propio experimento.
Sin saber como se había encontrado en la paradójica situación de ser a la vez observador y observado, de convertirse en ángel vengador y en víctima de sus propios planes. Sin embargo no fue consciente de ello, simplemente decidió que para destruir el experimento se debía destruir a si mismo y desde aquel momento solo puso empeño en llegar a ese fin.
Pero para llegar a ello los medios de los que disponía eran mínimos, reducido a la practica inmovilidad, sin ninguna herramienta en la que apoyarse para llevar a cabo sus intenciones, solo le quedaba la posibilidad de contener la respiración hasta asfixiarse.
Incluso antes de que ese pensamiento se hubiera aposentado en su mente, el diafragma se inmovilizó y los pulmones dejaron de bombear aire. Desde el altavoz los chillidos desesperados del Doctor y la inconexa letanía de cifras e índices que la Profesora desgranaba histéricamente le dieron los ánimo suficientes como para no cejar en su empeño.
Solo cuando la diferencia de temperaturas se hizo evidente supo que habían abierto el cubículo y que el Doctor, ayudado por algunos auxiliares intentaban sacarle de allí. No le dio tiempo a escuchar las lamentaciones del Doctor que, hundido en el amplio pecho de la muy emocionada Profesora, lloraba por su fracaso personal, y el fin de su carrera.
Ya estaba muerto.