Toda obra de espada y brujería que se precie, debe incluir un mapa en sus primeras páginas. Los más, parecen copias con algún retoque: bosque grande, montañas grandes, grandes llanuras, gran desierto, gran mar, está permitido cambiar el adjetivo por cualquier otro que se nos ocurra: peligroso, negro, blanco, oscuro, viejo y algún que otro nombre más o menos incomprensible, pero una carta de ignotas tierras es imprescindible para comprender en su complejidad la geopolítica de la trama y las peligrosas rutas que deben recorrer los protagonistas. Esta novela también es una novela con mapa aunque no de dragones, espadas y brujos, bueno mirándolo desde cierto punto de vista podría decirse que... Es igual.
Puedo imaginarme a Dmitry Glukhovsky paseando una tranquila mañana por el metro de Moscú pensando en sus cosas, de pronto se detiene ante un plano del metro, quizá para buscar por donde pasa el tren que le lleve a su destino o quizá porque se aburre. El plano le atrae. Todo plano esconde en su interior poderosas sugerencias: un tesoro, lugares a donde ir, recuerdos de otros donde hemos estado, caminos, nombres, un mundo entero encerrado en un trozo de papel. Dmitry es escritor y tal vez haya leído otras novelas con mapa, la idea se abre paso en su cabeza ¿para qué perder tiempo inventando nada? Está todo allí, señalado con nitidez mediante líneas de colores, círculos y rótulos. Un universo entero a su disposición donde disponer ciudades e imperios, viajes, intrigas y aventuras.
Lo mas probable es que esta imaginación mía no tenga nada que ver con la realidad es posible que la idea partiese de un cartel que aparecía en un vagón y que reproduce en la primera página:
También puede que se le ocurriese dormitando en su sofá, tanto da, elucubrar sobre el origen de la idea no sirve más que para yo haya escrito los párrafos anteriores, el hecho es que en METRO 2033, los restos de la doliente humanidad se ha refugiado en el interior del metro de Moscú obligados por conflicto nuclear —es cierto que hace tiempo que pasó de moda, hoy en día el mundo se destruye con meteoritos, virus, catástrofes geológicas o ambientales pero con la cantidad de misiles que siguen pululando por ahí es pronto para descartarlo como posibilidad plausible—, hacinados en estaciones que conforman pequeñas ciudades independientes o minúsculos estados en coalición con otras, sobreviven comiendo setas, carne de cerdo y ratas y aprovechando los restos de su caída civilización en peligrosos viajes a la radiactiva superficie a cargo de hombres rudos y valientes conocidos con stalkers —sí, supongo que es un homenaje a los hermanos Strugatski.
En este mundo subterráneo, plagado de peligros, estaciones abandonadas, oscuros túneles, mutantes, criaturas de pesadilla, fascistas, comunistas, capitalistas, tribus de antropófagos e incluso un simpático grupo de anarquistas, el joven Artyom, deberá llevar a cabo una peligrosa misión si quiere que su hogar y aún el resto de la red, puedan seguir con vida.
A pesar de que el final y alguna que otra parte del argumento no me gustaron demasiado, algo que tiene más que ver con manías personales sobre el tratamiento de lo parasicológico en la ciencia-ficción que con otra cosa, debo decir que es una novela entretenida, ideal para pasar un buen rato, desengrasando de esos otros momentos en los que al cerebro le da por buscar profundas y complejas reflexiones en otras fuentes.
Está siendo un éxito de ventas e incluso han lanzado un juego de los de pegar tiros matando monstruos a diestro y siniestro y en 2007 gano el Encouragement Award of the Eruropean Sciencie Fiction Society en la EuroCon de Copenhague.