DARWINIA es, a todas luces, una novela fallida.
Resulta desconcertantes como Wilson consigue un arranque apasionante y rodeado de misterio, manteniendo el tono hasta aproximadamente la mitad del libro, para a partir de ahí convertir lo que parecía una historia prometedora y emocionante en un despropósito total.
Es complicado explicar como es posible que algo que parte de una premisa ya de por si delirante, como es que Europa entera desaparezca, Islas Británicas incluidas, para ser sustituido por otro continente, de hecho el mismo, pero de orografía primitiva y con una fauna que no parece precisamente emparentada con nada que haya pasado por este planeta, acabe convirtiéndose en un disparate aún mayor.
El hecho del intercambio continental no es algo especialmente sorprendente para el lector avezado de ciencia-ficción (de hecho para nadie, a poco que se haya considerado seriamente que la abuela de Caperucita podría salir indemne de las tripas del lobo que la acababa de devorar viva) no pocas historias del género han tratado temas similares, desde La Trilogía de las Islas, de Ángel Torres Quesada, hasta las propias MATRIX o DARK CITY, no obstante, todas estas obras conseguían mantener una plausibilidad más o menos aceptable en sus proposiciones.
Con DARWINIA no es así, Wilson estira demasiado la suspensión de la credulidad hasta romperla y dejar con su solución del fenómeno un desagradable regusto a idea desesperada, a no saber como salir del fangal en el que se había metido y además querer ser original cuando no era precisamente el mejor escenario para innovar. Una solución más clásica y más previsible, como el resultado de un irresponsable experimento con un superacelerador de partículas a los pies de los Alpes, o una imprevisible corriente estelar de vayaasaberqueparticulasextrañas que corta la órbita de la Tierra combando el tiempo, el espacio y la decimonona dimensión, hubieran sido más aceptables (total, ya descritas las mulas de seis patas que más da una partícula extraña más o menos) pero no es así. Se embarca en imaginar una megainteligencia, o algo así, que crea un superordenador, o algo así, que contiene simulaciones, o algo así, de todo lo habido y por haber, con el agravante de que hay una guerra, o algo así, entre los buenos y los malos (se supone que la megainteligencia es/son los buenos, pero no me ha terminado de quedar claro), todos ellos con unos objetivos vagos e imprecisos, pero que han elegido la Tierra (o la simulación de la Tierra) para la batalla final implicando en ella a los humanos, los fantasmas de humanos no muertos (y también de algún muerto, claro) y a humanos mutados en una especie de cruce entre sapo cavernario y mantis religiosa.
Durante las primeras páginas del libro no parece que se fuera a culminar con ese despropósito. Más o menos barruntaba que tras la permuta continental el resto de la novela transcurriría, tal y como lo hace hasta su primera mitad, describiendo la exploración y colonización del nuevo continente, las disputas entre colonos nuevos y colonos viejos, las irónicas disputas entre los colonos y Estados Unidos, nueva metrópolis, todo ello salpimentado de las correspondientes aventuras y conspiraciones, para acabar o bien con la revelación de un sabio muy sabio que diera cumplida respuesta a tanta maravilla, o la aparición de algún comité de la dimensión o el tiempo correspondiente para hacer lo propio. Pero no es así, y todo se va, con perdón, al carajo.
No obstante, el libro se lee en sus dos primeros tercios con interés. Wilson es un buen escritor de aventuras y suspense consiguiendo que en ningún momento decaiga la tensión narrativa entre viajes formidables a través de exóticos continentes vírgenes, conspiraciones a todos los niveles, e incluso un punto de novela romántica que aporta un grado extra de humanidad a los protagonistas sin empalagar. En la misma línea firme pero sutil, ridiculiza el fundamentalismo cristiano y la avaricia de las naciones.
DARWINIA podría haber llegado a ser una gran novela, pero se queda en un divertimento emocionante toscamente rematado.