En estos tiempos en los que está de moda perorar sobre la antropogeneidad de las alteraciones del clima que nos toca vivir, no podía ser más oportuna la reedición de este libro de John Brunner. No es un tema que haya seguido especialmente, pero resulta curioso como desde que Brunner escribió su libro hasta hoy día, la preocupación por el medio ambiente ha dado un giro inesperado hacia fenómenos bastante cuestionables de alcance global.
EL REBAÑO CIEGO hace hincapié en la contaminación a todos los niveles, en la ínfima calidad de los alimentos manufacturados, en el descuido con el que se almacenan residuos de una toxicidad más que notable, en los peligros que una biología desbocada puede causar y, entre otras muchas cosas, y sin darle más importancia que a las demás, el dichoso cambio climático, pero entendido como uno de los muchos síntomas de una sociedad enferma, no como el único y focalizador de toda la atención.
En ese sentido, el libro de Brunner, aunque terriblemente exagerado, hace un repaso bastante completo por todas las barbaridades que se comenten y han cometido al amparo de legislaciones promovidas por grupos de presión industriales, empezando por alimentos en un estado más que cuestionable y continuando por un suministro de agua corriente tan dudoso que regularmente se prohibe su consumo. La cosa no queda ahí, ni siquiera los bienes de consumo se escapan a una manufactura chapucera y descuidada, los servicios médicos se han vuelto tan elitistas que las pandemias son cosa común (desde la gripe hasta la gonorrea, pasando por los inevitables problemas digestivos) Incluso los alimentos que parecen ofrecer unas ciertas garantías de salubridad no pasan de tener un bonito envoltorio. La denuncia de Brunner es clara: deje al empresario rapaz hacer lo que le de la gana y será el cliente el que pague, en todos los sentidos, las consecuencias.
Pero no hay que perder la perspectiva, tan nociva puede ser una legislación perversa, hecha para favorecer a los grupos económicos, como una de sentido opuesto impulsada por otros grupos de presión de carácter ambientalista. Tan malo puede ser la desregularización de los controles sanitarios como el proteccionismo mal entendido, impuesto a base de miedos infundados y apremios electoralistas, o falsos compromisos ecologistas, como el recientemente anunciado por el presidente francés Sarkozy, amenazando con gravar con una ecotasa los productos de países incumplidores del Protocolo de Kioto, todo esto desde la ventajista posición de quien sabe que el 90% de su energía eléctrica es de origen nuclear, y por tanto, cumple sus obligaciones internacionales sin mayores esfuerzos.
Ante el estado de cosas que Brunner plantea, sólo da una salida, dos, para ser precisos. Por un lado la revolución, encarnada por los trainitas, un movimiento espontáneo que se comporta como una hidra, tomando por las hojas el rábano del ideario del activista Austin Train, e interpretándolo desde las formas más racionales hasta las más peregrinas. La otra solución es el terrorismo, un terrorismo sordo e insidioso, que no se basa en las acciones espectaculares y propagandísticas, que también las hay, aunque son episodios más bien anecdóticos, sino en atacar directamente las raíces mismas de los sistemas de producción. Un terrorismo que no trata de hacerse notar, sino de destruir y aniquilar de forma global.
En cuanto a su lectura resulta extraña, es un libro coral, con múltiples personajes que llegado un punto acaban por confundirse los unos con los otros a excepción de los más relevantes. Estructurado en fragmentos cortos, su lectura se hace llevadera, y esta vez el tamaño de letra elegido por el editor es bastante agradable. Como buena novela catastrofista que es, consigue mantener el interés en todo momento, y sólo lo exagerado, por acumulación, de las situaciones que describe puede llegar a hacerla un tanto cargante. En cualquier caso, de lectura recomendable.