Una movida de carretera, en libre traducción del inglés, no parece una idea demasiado original, tampoco lo es una aventura post-apocalíptica en un mundo devastado por lo que parece un conflicto nuclear, donde los escasos supervivientes subsisten rebuscando en las desechos de su civilización, devorándose unos a otros, refugiándose en comunas o armando ejércitos con lanzas, porras y restos de armas de fuego. El primero es un tema usual en películas y novelas y el segundo ha sido tan ampliamente tratado que constituye todo un subgénero dentro de la ciencia-ficción.
¿Que tiene pues, de especial esta novela para haber sido ganadora del Pulitzer?
Pues habría que preguntarle a los jurados de tan prestigioso galardón yo por mi parte diré que me ha gustado bastante.
¿Por qué? Podría ser porque un aficionado siempre se sentiría inclinado a apreciar una obra reconocida a tan alto nivel, sin embargo dicha explicación es incluso subjetiva dentro de esta subjetiva opinión y no seré yo quien busque argumentos para el estéril debate de si la ciencia-ficción es o no digna de la alta cultura.
Reconozco también que las historias de desastres, en concreto las de supervivencia y reconstrucción, son de mis favoritas, es un dato a favor, pero hay algo más que el volver a leer sobre la fragilidad de las bases de nuestra segura sociedad, lo vano de la mayoría de nuestros grandes conflictos, el salvajismo latente en el interior de cada ser humano o el impulso que nos lleva a rendirnos o a luchar por la supervivencia cuando todo lo que nos rodea nos condena a una muerte segura. Si, narrada de forma magistral en párrafos cortos y concisos diálogos, esta historia de un mundo de cenizas y desolación, es sobre todo la historia de un padre y su hijo de diez años camino del sur y del mar, es una historia de ternura, de desesperación y de esperar contra toda esperanza, una historia que conmoverá a cualquiera que tenga hijos sobre todo si, como en mi caso, uno de ellos tiene diez años.