Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara.
La biografía no es más que el conjunto de coyunturas, más o menos azarosas, que determinaron una vida; pero ésta no es igual a aquéllas. Solamente en la paciente arqueología de las obras de una vida podemos descubrir su dibujo. Yo no puedo pretender ser tan ambicioso, no es éste el momento para una larga exégesis de la totalidad de la obra borgesiana; pero quizá sí pueda dar algunas pinceladas sobre una de sus partes: la que corresponde a los relatos fantásticos. Dejo de lado, pues, los ensayos, los poemas y las obras escritas en colaboración con otros autores, para centrarme sólo en los relatos propios, al final de este artículo, empero, ofreceremos una lista con todas las obras de Borges ordenadas cronológicamente.
Con esta pequeña introducción a los cuentos fantásticos de Borges no pretendo proporcionar, sería estúpido a la par que inútil intentarlo, un sustituto de la lectura de los propios cuentos; sino precisamente lo contrario, una motivación para leerlos. Con este fin, mi comentario será mínimo, y daré primacía a la cita directa del relato, mucho más seductora. Éstas son las obras:

Leer, por lo pronto, es una actividad posterior a la de escribir: más resignada, más civil, más intelectual.
Ya más arriba he comentado que el propio Borges, demasiado tímido, no se acabó de decidir por la escritura directa de cuentos, y se complació en fabular acerca de historias reales.
Así de terrible y directo comienza este relato. Más abajo, se irá centrando en la figura de Lazarus Morell, en el Mississipi de feroz S. XIX de los Estados Unidos de América.
Este cuento, de un extraño humorismo, se plantea qué ocurriría si un hombre quisiera sustituir a otro. A veces, para quien está decidido a creer es menos perjudicial una mentira, que una verdad que lo decepcione.
Una historia de enfrentamientos entre dos malvados, el emperador y la viuda Ching, pirata, en el convulso imperio chino de principios del s. XIX. Y pese a todo, uno no puede dejar de sentir un deje de admiración hacia esa terrible viuda Ching, que se enfrenta a su destino.
El libro empieza contrastando la arcaica y primigenia pelea de los cuchilleros argentinos, donde se enfrentan dos hombres, con las verdaderas batallas de los mafiosos norteamericanos de New York. Es interesante cómo Borges es capaz de dotar a un tema, aparentemente tan inicuo, de un halo de nobleza y gran saga.
Bill Harrigan, apodado Billy el niño, mató a más de veintiún hombres, sin contar mejicanos, antes de morir con apenas veintiún años. Lejos de la historia que nos ha contado Hollywood, merece, pues, un lugar en la historia de la infamia.
Aquí el protagonista no es el villano, ni siquiera el héroe que buscará venganza sobre él, sino la preparación, minuciosa y delicada, de una venganza, una entrega y una retribución.
Mejor no comentar nada que pueda revelar el formidable final de este relato. No se trata de una sorpresa, se trata de una revelación.
Este será uno de los primeros relatos propiamente dichos de Borges. He de confesar que, de toda su obra, la obsesión por los hombres del cuchillo es lo que menos me interesa. Sin embargo, he de reconocer cómo es capaz de recrear un mundo, con su aire, su música de tangos, y sus cuchilleros, dispuestos a batirse a la mínima provocación como los olvidados caballeros medievales en sus justas.
Quizá estos ejemplos de magia no pertenezcan tan propiamente a la historia de la infamia; pero que aún así tienen perfecta cabida en el volumen.
Este texto, como cabría esperar, tiene fuertes componentes teológicos, sin embargo no quiero subrayar eso, sino el principio: los ángeles me comunicaron, a partir de aquí uno sabe que entra en otro mundo, donde todo es posible. El desplazamiento es muy sutil, tanto que la mayoría de lectores no lo notan sino al cabo de varias lecturas; pero es suficiente para que lo capte nuestro espíritu, y se apreste a fabular con Borges.
Es curioso comprobar la extraña mezcla que hace aquí Borges, probablemente influido por sus muchas lecturas orientales, con la historia de Don Rodrigo.
¿Y quién no se ha sentido alguna vez así? Esperad, esperad, el sueño está velado a los que no duermen.
Toledo de los visigodos, Toledo de los infieles y de los brujos, Toledo oculto, secreto y mágico que sólo unos pocos son capaces de descubrir por sus esquinas.
Y en la noche, la terrible revelación, como en las mejores novelas góticas, con un aire que en según que momentos recuerda el CALIFA VATHEK de William Beckford.
Y en el cielo, cada cual con las expectativas de su religión cumplidas.
[18] Borges, J.L., El hacedor, Epílogo.
[19] Hay algunos comentaristas que sitúan esta obra entre las de ensayo. Yo creo que pertenece con más propiedad al campo de la ficción, ya que, por un lado, aunque hable de casos reales, Borges se dedica a fabular acerca de ellos; y por el otro, la última parte del libro está completada con una serie de relatos que son, indudable y totalmente, de factura propia.