El 30 de octubre de 1938 Orson Welles, el genial cineasta, iniciaba, como de costumbre, la radiación de una de sus populares adaptaciones radiofónicas de clásicos de la literatura. Esta vez, la obra escogida iba a ser LA GUERRA DE LOS MUNDOS, del británico Herbert George Wells. Welles comenzó su locución con las mismas palabras que el libro: En los últimos años del siglo XIX nadie habría dicho que las actividades humanas fueran atentamente observadas por inteligencias superiores a la del hombre, pero tan mortales como la suya... Como mucho, los habitantes de la Tierra se imaginaban que en Marte podía haber otros hombres, probablemente inferiores a ellos... Pero, a través de los abismos del espacio, almas que en comparación a las nuestras son como las nuestras propias comparadas con las de los animales de alma mortal... contemplaban la Tierra con ojos de envidia y hacían, de una manera lenta y segura, sus planes de conquista. Y a partir de aquí, y a pesar de los continuos avisos de la emisora de que se trataba de un programa de ficción, el pánico más completo y absoluto se fue apoderando de todos los radioyentes que, durante cerca de ocho horas, estuvieron atentos al aparato, escuchando aquel surrealista parte de guerra. Ésta fue la consagración de una novela, LA GUERRA DE LOS MUNDOS, que había visto la luz cuarenta años atrás sin demasiado alboroto.
La novela de H. G. Wells, a pesar de ser, posiblemente, la más conocida del género, no fue, no obstante, la primera. Otras novelas ya habían previsto el contacto (o el choque) entre la civilización terrestre y la marciana, pero con una sutil diferencia: mientras en la obra de Wells la tecnología extraterrestre es infinitamente superior a la nuestra, en las otras la arrogancia del hombre finisecular del XIX era incapaz de imaginar civilizaciones más avanzadas y tecnologías más modernas que la suya. ¿Cómo iba a ser posible que existieran mentes capaces de ir más allá del telégrafo, el barco de vapor o el ferrocarril? Pocos años después, en 1912, con el desastre del Titanic, este mismo hombre arrogante y seguro de sí mismo le rendiría cuentas a la naturaleza (y a Dios) por su afán desmesurado de controlarlo todo.
En cambio, en Wells, los marcianos resultan superiores a nosotros incluso en su constitución física, en cuanto es más simple y resistente que la nuestra: Representan la supresión de la parte animal del organismo por la inteligencia, nos dice el autor. Inteligencia que les conduce a la conquista interplanetaria, con sus cilindros metálicos y sus ingenios mecanizados, todos ellos productos de inteligencias del todo extraterrestres, pues era absolutamente inimaginable que tales inventos pudieran tener su origen entre los habitantes de un planeta como el nuestro, más preocupados por pasiones absurdas que por cosas realmente de provecho.
Resulta interesante observar, al respecto, la auténtica danza de la muerte que leemos en el libro: el vicario goloso que acaba volviéndose loco, el avaro que se lanza bajo las ruedas de un carro para recuperar sus monedas de oro, el presidente del Tribunal Supremo, que viaja como un mendigo... todos, ricos y pobres, grandes y pequeños, son iguales ante las huestes destructoras de los marcianos. Sorprendentemente, en una Tierra escindida por las diferencias sociales (la revolución industrial del XIX no sirvió más que para hacer más profundo el abismo entre ricos y pobres), la plaga extraterrestre se presenta como el más eficaz mecanismo de igualación social. Marte, el planeta rojo, el dios de la guerra, sacará lo bueno y mejor de una sociedad acomodaticia, desigual y que había visto siempre en la fortaleza de los ejércitos el pilar sobre el cual era necesario sustentar las aspiraciones nacionales, siempre enfrentadas con las de sus vecinos (hasta tal punto llega este enfrentamiento que vemos como, socarronamente, Wells le hace decir a Mrs. Elphinstone que, a su parecer, los franceses y los marcianos le hacen el efecto de ser de la misma especie). Pero ahora nada pueden los ejércitos ante esta nueva amenaza.
Con sus terribles extraterrestres de cabezas enormes e ingenios mecánicos gigantescos que escupen fuego a diestro y siniestro, Wells consiguió unir bajo un mismo propósito todas las naciones de la Tierra como nunca había sucedido antes: al final, aniquilados los marcianos (no gracias a la acción del hombre, incapaz ante su superioridad tecnológica, sino por la acción de las bacterias) y con la capital inglesa bajo los escombros, humeante, el autor nos dice que por el Canal de la Manga, por el mar de Irlanda y por el Atlántico venían multitud de embarcaciones cargadas con trigo, pan y carne en socorro de los sitiados. Todas las embarcaciones del mundo parecían dirigirse a Londres. También desde Francia...
No hay nada como las desgracias para unir a los hombres, tal y como tuvimos ocasión de ver tras el 11-S en Nueva York, o incluso antes, cuando, en 1963, John Fitgerald Kenned y, para solidarizarse con los habitantes de Berlín, aún separados por el muro, dejó para la historia aquella célebre frase: ¡Yo también soy berlinés!. No es posible acabar de leer LA GUERRA DE LOS MUNDOS sin sentirse uno un poco berlinés, un poco londinense, un poco más cerca, más solidario, con todos nuestros congéneres terrestres. Más aún ante la incógnita con que se cierra el libro: ¿Y si el futuro estuviera escrito para los marcianos y no para nosotros?.