Nuevo volumen de la colección El doble de ciencia-ficción de Robel con dos novelas cortas muy distintas entre si y que consiguen hacer del volumen una pieza interesante pero irregular.
La primera novela es LA SOLEDAD DE LA MÁQUINA, de Domingo Santos, un relato impecable en la línea de la ciencia-ficción más clásica. Cuenta el día a día del ordenador central de una nave colonizadora, la rutina fría y sistemática de la máquina y el despertar de algo dentro de ella que va más allá de la simple inteligencia artificial. La máquina acaba descubriendo que se aburre, nada en las reparaciones rutinarias, nada en las emergencias, nada en todo lo que puede hacer le colma su existencia electrónica. Está sola dentro de la nave, en cierto modo ella es la nave, sin nada ni nadie con quien tener un simple intercambio de impresiones... a excepción de los dos mil colonos que transporta en animación suspendida.
A partir de cierto momento la máquina empieza a comportarse como uno de esos dos mil humanos, olvida inconscientemente, se oculta a si misma ciertos procesos que, de forma semiautomática, comprometen la expedición, se siente culpable por conspirar, manipular, espiar. Es lo más interesante de toda la novela, la progresiva humanización de la máquina en su intento de escapar a la soledad y al aburrimiento.
Domingo Santos no se ha caracterizado nunca por ser un estilista prodigioso, su escritura es correcta y pulcra, nada que deslumbre, pero que tampoco ofende, está ahí únicamente como medio de lo que debe ser el verdadero sentido de un relato; contar historias, y en este caso Domingo Santos lo hace muy bien.
La otra novela corta de este volumen, TERRITORIO DE PESADUMBRE es, sin embargo, decididamente desconcertante. Da la impresión de que Rodolfo Martinez no parece tener muy claro que querer contar, si una historia post-catastrofista, si una de intrigas palaciegas o parte de una cosmogonía incompleta, puede que las tres cosas a la vez, pero ciertamente no sale airoso de ninguna de ellas. TERRITORIO DE PESADUMBRE se desarrolla en un mundo arrasado, el que los pocos supervivientes se han organizado feudalmente para medrar en intentar devolver a la Tierra su antiguo esplendor. La vida casi ha desaparecido de la superficie, en grandes invernaderos se intentan producir plantas resistentes a la radiación exterior, la lucha contra la condiciones ambientales es titánica y está más cerca de la derrota que de una conclusión feliz. La organización feudal da pie a que se desarrollen una buena cantidad de intrigas y traiciones para todos los gustos, el joven protagonista de la novela, por poner un ejemplo, está directamente amenazado de muerte por su tío y sus primos, aunque goza de la protección de valido de su padre, un gran señor feudal. Entre tanto, y por si todo esto fuera poco, las hordas infernales han decidido barrer a la humanidad de la faz de la Tierra, y se empeñan con entusiasmo en ello.
Lo que podría haber sido una interesante novela post-apocalíptica, o una emocionante novela palaciega, o simplemente en una visión de la eterna lucha entre el cielo y el infierno termina por convertirse en pura indefinición; empieza siendo ciencia-ficción, muta al poco en un catálogo de intrigas y traiciones y termina convertida en un tratado de demonología. Demasiada deriva para una novela tan corta.