DE LA TIERRA A LA LUNA
DE LA TIERRA A LA LUNA Julio Verne
Título original: De la Terre à la Lune
Año de publicación: 1865
Editorial: Plaza & Janés
Colección: Jet 357/2
Traducción: A. Ribot y Fontserré
Edición: Marzo 1998
ISBN:
Precio: 5,37 EUR

Este es uno de los clásicos entre los clásicos de la obra de Verne. Tiene el honor de haber inspirado el primer largometraje serio de ciencia-ficción y ser una de las obras que se citan para calificar a Julio Verne como precursor del género.

En realidad, Julio Verne escribió muy poca ciencia-ficción digna de llamarse tal a lo largo de su vida. Por lo general, el carácter de su obra es aventurero y tecnológico, y en pocas ocasiones llegó a especular con los efectos que esa tecnología tendría sobre sus usuarios. Por citar alguna obra, LOS MILLONES DE LA BEGUN es uno de esos escasos ejemplos.

Por otro lado, es raro que el componente científico sea un elemento fundamental de la narración, como en LA VUELTA AL MUNDO EN OCHENTA DIAS, donde Phileas Fogg gana su apuesta gracias, precisamente, a una ingeniosa utilización del desfase horario. Pero no es lo normal, Verne prefiere que sus personajes salgan airosos de sus aventuras a base de voluntad y puro músculo antes que dando un uso práctico a cuestiones teóricas.

Sin embargo, es en sus narraciones breves (bastante más difíciles de encontrar que sus novelas) donde profundiza en los temas clásicos de la ciencia ficción y así, en UN DESCUBRIMIENTO PRODIGIOSO, EL EXPERIMENTO DEL DOCTOR OX, o UN DIA DE UN PERIODISTA AMERICANO EN EL 2889, además de otros muchos, da su visión de lo que puede llegar a ser el futuro de la humanidad.

En DE LA TIERRA A LA LUNA no especula ni asienta su argumento en cuestiones científicas, eso si, pone a sus protagonistas ante problemas de índole técnico que son resueltos con mayor o mejor fortuna a lo largo de la narración, pero en ningún caso dejan de ser asuntos de ingeniería más dignos de Gustave Eiffel.

Y sin embargo, es difícil decir que DE LA TIERRA A LA LUNA no es ciencia-ficción, sobre todo cuando al avanzar la novela se cambia el objetivo original de los protagonistas, esto es; enviar un proyectil a la Luna por el puro placer de hacerlo, por el de hacer este proyectil habitable y embarcar en él a tres esforzados aventureros dispuestos a llegar a nuestro satélite.

La verdad es que, desde el principio, cualquier objeción teórica desaparece cuando el lector se sumerge en la lectura. La prosa de Verne ha envejecido notablemente, pero con todo se hace absorbente y divertida, como el pasaje donde describe a los socios del Gun-Club, hábiles artilleros parcialmente reconstruidos tras padecer los caprichos de sus instrumentos de trabajo.

Encabezados por su presidente, Impey Barbicane, los miembros de este club, en paro forzoso tras el termino de la Guerra de Secesión, idean el plan de construir el mayor cañón jamás fundido. El objetivo es claro, utilizar la Luna como blanco del monstruoso ingenio y ganar la gloria para los padres del invento.

Las dificultades y objeciones son resueltas y soslayadas con menor o mayor éxito, los cálculos efectuados y comprobados hasta el enésimo decimal, la ubicación del cañón estudiada concienzudamente (y hasta discutida políticamente) y el proyecto, con la ayuda de la entusiasta aportación popular, se pone en marcha para tener cañón y proyectil preparados en el tiempo previsto.

Pero hete aquí que Michael Ardan, un entusiasta aventurero francés, llega al centro de operaciones en Tampa con una idea que encantará a Barbicane y al animoso secretario del Gun Club. J. T. Maston. Ardan propondrá sustituir el proyectil esférico original por otro, hueco y troncocónico, con la intención de partir en el hacia la Luna.

Esta es la típica obra de Verne donde se nos inunda de cifras y datos técnicos, pero a diferencia de otras de su mismo estilo, esta escapa con mayor fortuna del fárrago y, como ya he dicho, es en ocasiones verdaderamente divertida (sospecho que tanto más divertida cuanto menos intención tenía Verne que lo fuera)

Interesante lectura veraniega, ahora que resulta más fácil encontrar en esta reedición de Plaza & Janés

© Francisco José Súñer Iglesias, (661 palabras) Créditos