PLAYA DE ACERO
PLAYA DE ACERO
John Varley
Título original: Steel Beach
Año de publicación: 1992
Editorial: Ediciones B
Colección: Vib 249/1
Traducción: Carlos Gardini
Edición: Julio de 1997
ISBN:
Precio: Agotado
Comentarios de: Francisco José Súñer Iglesias

Esta es una de esas novelas que me producen sentimientos ambivalentes y contradictorios.

De John Varley sólo había leído LA PERSISTENCIA DE LA VISIÓN y BLUE CHAMPAGNE, además de los consabidos relatos en volúmenes antológicos. La impresión que tenía sobre él no era ni buena ni mala, sólo al consultar los arcanos tochos de la sabiduría he recordado que era el feliz poseedor de ese par de libros. Ya digo que eso no es ni bueno ni malo. Varley me habría parecido un autor lo bastante digno como para no guardar en algún rinconcito de mi memoria una lucecita de alarma, pero no lo bastante excepcional como para marcarlo a fuego en mi directorio de cosasquenosetepuedenolvidar.

Con PLAYAS DE ACERO esto ha cambiado, ahora considero a Varley un autor muy capaz de hacerme reír, lo que supone el 80% de mi aprecio por él, y perfectamente dotado para la acción, la fabulación y la creación de mundos y universos tan sorprendentes como creíbles.

Pero por otro lado Varley es aparentemente incapaz de darse cuenta de que la cantidad no es sinónimo de calidad y que, al menos en este caso, debería haber limitado su incontinencia narrativa a las dos terceras partes, o mejor, a la mitad. PLAYAS DE ACERO sufre de un defecto bastante común en la literatura comercial; es un ladrillo que justifica muy debilmente las casi setecientas páginas de las que está compuesto en esta edición de B y que, como es habitual es este tipo de libracos, leer sólo las hojas pares (o las impares, que para el caso es lo mismo) agiliza la lectura, no desvirtúa el sentido de la novela y alivia muchos de los sufrimientos a los que el lector avezado se ve expuesto cuando se enfrenta a la verborrea salvaje e injustificada.

Y en esencia ese es el único defecto que tiene la novela, con las consecuencias de los rellenos insustanciales, la irregularidad del ritmo narrativo y los largos y soporíferos parlamentos con los que nos regalan algunos personajes, porque por lo demás es una obra interesante, divertida y francamente recomendable.

Varley trata en primera persona las cuitas de Hildy Johnson, nombre de guerra de Maria Cabrini, periodista del El Pezón de las Noticias, afectada por las dudas metafísicas del OC, el Ordenador Central de la Luna, uno de los planetas en los que la humanidad se ha visto obligada a establecerse, una vez que ha sido expulsada a patadas de la Tierra por una inefable raza de Invasores.

Eso da oportunidad a Varley para especular de una forma francamente amena sobre los futuros avances de la medicina, de la sociología, y de la sexualidad, porque, que nadie se escandalice, conoceremos a Hildy como varón para acabar despidiéndonos de ella como mujer. Y si nadie se tiene que escandalizar tampoco nadie tiene que hacer caso de la contraportada e ir buscando detalles morbosos sobre esa futura sexualidad, Varley consigue relatar lo que ocurre en esa sociedad lunar de una forma tan natural que finalmente lo convierte en un detalle más, como puede ser el mundo periodístico, la religiosidad lunar o la peculiar organización del trabajo a la que lleva la mecanización casi absoluta de los medios de producción.

Para no reventar la lectura sólo diré que la novela también profundiza en los aspectos oscuros de este aparente estado idílico de cosas. Sin dar muchas pistas puedo decir que la prolongada longevidad que proporciona una ciencia médica casi mágica, pero bien razonada por Varley, provoca un cierto aburrimiento entre los más viejos del lugar. La expulsión de la Tierra, y la falta de rumbo de la humanidad crea tal desconcierto religioso que incluso se debate con toda seriedad la santificación de John Lennon. La absoluta ambigüedad sexual provoca que los hijos obliguen a sus madres a hacer de padres, lo que se consigue con un sencillo tratamiento médico... y un par de semanas de borrachera hormonal. Además, casi todo el tercio final de la novela consiste en no se muy bien si un homenaje o una ácida crítica a Robert A. Heinlein. Eso ya lo dejo al gusto del lector. Por cierto; el Gran Hermano existe. Y es Muy Grande.

En resumen amena y divertida. Aunque en la portada se avisa que fue finalista del Hugo de 1993, está claro que no lo ganó por culpa de sus más que evidentes defectos; es innecesariamente larga y muy irregular. Yo, al menos, no me arrepiento de haberla comprado ni de haberla leído.

© Francisco José Súñer Iglesias, 21 de enero de 1998

Creado: 21 de enero de 1998
Última actualización: 15 de abril de 2007 a las 09:02  Bienvenida  Mapa del Sitio