CORAZÓN INDOMABLE
CORAZÓN INDOMABLE EE. UU., 1993
Título original: Untamed Heart
Dirección: Tony Bill
Guión: Tom Sierchio
Producción: Tony Bill y Helen Buck Bartlett para Metro Goldwyn Mayer
Música: Cliff Eildelman
Fotografía: Jost Vacano
IMDb:
Reparto: Christian Slater (Adam); Marisa Tomei (Caroline); Rosie Perez (Cindy); Kyle Secor (Howard)

El amor no se busca; se encuentra.

Dicho popular

Hay películas que en el momento de su estreno pasaron sin pena ni gloria por las carteleras. CORAZÓN INDOMABLE, producción Metro Goldwyn Mayer de 1993 fue una de ellas. Ignorada por público y crítica, esta cinta de Tony Bill se ha revelado, con el paso del tiempo, como uno de los mejores dramas románticos que ha dado el cine en las últimas décadas.

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El film narra la sencilla y hermosa historia de amor protagonizada por Caroline y Adam, camarera y ayudante de cocina respectivamente en una cafetería de Minneapolis. Nuestros protagonistas son dos corazones errantes, que buscan por separado un sentido a sus vidas. Caroline es una chica emotiva y sensible, que busca casi con desesperación el amor al que piensa que tiene derecho, pero su vida afectiva es un verdadero desastre. Ha salido con varios hombres y todos ellos acabaron abandonándola, razón por la cual nuestra heroína se siente algo acomplejada, pues cree que el fallo está en ella. Es una chica bastante insegura, que tiene problemas para terminar las cosas que empieza, como muy acertadamente le recrimina su amiga y compañera Cindy. Es precisamente esa inseguridad la que le impide ver que el problema no está en ella, sino en los tipos con los que sale, todos ellos cortados por el mismo patrón que Steve, al que conocemos al principio de la película: individuos atractivos, atléticos, simpáticos, que ocultan bajo tan masculina fachada su vulgaridad, su carencia de sentimientos y hasta su falta de hombría. El citado Steve es un ejemplo de ello. Inmediatamente después de romper con Caroline tiene la desfachatez de preguntarle si puede llamarla luego, y asegura que no quería herir sus sentimientos. Ella se siente humillada y despreciada, pero dada su natural inseguridad, valora la posibilidad de llamarle para reiniciar la relación. Por suerte, Cindy, que tiene los pies bien afianzados en la tierra, la convence de que no lo haga y define acertadamente a Steve con cierto vocablo malsonante que le cuadra a la perfección. De todas formas, la ruptura con Steve ha sumido a Caroline en una profunda tristeza, que trata de disimular lo mejor que puede. La sensibilidad, que en principio debiera ser aceptada como una cualidad, parece una maldición para nuestra pobre protagonista, ya que la vuelve extraordinariamente vulnerable ante los demás. Por otra parte, parece incapaz de alzar a su alrededor algún tipo de barrera emocional para proteger sus sentimientos de ataques externos, como suelen hacer la mayoría de las personas de espíritu sensible, de modo que resulta muy fácil herirla. Con todo, es más fuerte de lo que parece y conserva la esperanza, convencida de que algún día su suerte en el amor cambiará y encontrará a un hombre bueno, que la ame y la respete, haciéndola sentirse la mujer más importante de la Tierra. Caroline está muy lejos de sospechar que ese galante caballero con el que siempre ha soñado es un hombre al que ve todos los días desde hace años, pero al que nunca ha hecho demasiado caso.

Ese hombre es Adam, ayudante de cocina y el miembro más extraño de la plantilla de la cafetería. Es un chico solitario e introvertido que no se relaciona con nadie, limitándose a hacer su trabajo silenciosa y eficientemente, como una hormiguita. Para sus compañeros, Adam es un bicho raro, inofensivo pero antipático, del que todos pasan olímpicamente. Nadie parece saber nada de él, y sólo le dirigen la palabra para cosas del trabajo. Él, por su parte, no muestra ningún interés en relacionarse con los demás. Sin embargo, Adam guarda en su corazón un gran secreto. Está profundamente enamorado de Caroline, pero su carácter retraído le impide hablar con ella normalmente y confesarle sus sentimientos, de modo que se limita a amarla a distancia. Una noche, se corta con un utensilio de cocina y ella le lava y le venda la herida tratándole con gran dulzura, lo que hace que sus sentimientos hacia la chica se acrecienten notablemente. El amor que Adam siente por Caroline queda de manifiesto en la escena en la que ella, tras una dura jornada de trabajo, está sentada fumando un cigarrillo, observando la calle a través de las vidrieras. Él está fregando el suelo, y al pasar tras ella, se detiene y la mira con ojos ensoñadores. Caroline vuelve la cabeza y le sonríe levemente, y el espectador comprende que, de algún modo, con ese sencillo cruce de miradas acaba de establecerse un vínculo entre ellos.

El punto de inflexión de la historia lo marcará el intento de violación que sufre Caroline. Esa misma noche, mientras vuelve a casa a pie, como siempre, Howard y Patsy, dos individuos que habían cenado en la cafetería y con los que había cambiado algunas palabras a causa de la máquina de cigarrillos, la asaltan con la clara intención de abusar de ella. Durante el forcejeo, uno de ellos la golpea y Caroline pierde el sentido. Pero cuando la pareja de canallas está a punto de consumar su vil acción, aparece Adam y los apalea. Luego, envolviendo a Caroline en su chaqueta, la toma en brazos y la lleva a su casa. Dado su carácter apocado, Adam no llama a la puerta, limitándose a dejar a la inconsciente muchacha en el balancín del porche. A pesar del intenso frío nocturno, el chico espera pacientemente a que ella recobre el conocimiento, y cuando Caroline vuelve en sí, la observa durante unos instantes, sin decir nada, para luego echar a correr y perderse en la oscuridad de la noche.

La terrible experiencia, una de las peores (si no la peor) que puede vivir una mujer, marca a Caroline profundamente. No cuenta a nadie lo ocurrido y se toma unos días libres alegando que está enferma. Son para ella días difíciles, durante los que trata de asimilar el peligro que ha corrido y de reunir fuerzas para seguir adelante con su vida. Una tarde, en un centro comercial, se encuentra con su salvador, aquel chico callado y gris al que nunca había tomado en serio. La escena está cargada de emotividad. Ella se encuentra en una escalera mecánica ascendente, con su mano sobre el pasamanos. De pronto, una mano pasa sobre la suya, casi como acariciándola, y Caroline, que aún tiene muy frescas en su memoria las imágenes del intento de violación, aparta su mano con viveza, como si le hubiera picado una tarántula. Su mirada se encuentra entonces con la de Adam, que está en la otra escalera, la descendente, y es quien le ha acariciado la mano al bajar. Adam se aleja sin dejar de mirarla con arrobo y Caroline, un tanto confusa por la emoción que ese leve roce ha despertado en ella, le mira a su vez mientras se aleja, con la gratitud reflejada en su hermoso rostro.

La vuelta de Caroline al trabajo estará marcada por un profundo cambio en su vida, al que no es ajeno Adam. Jim, el propietario de la cafetería, comenta que ha visto en el hospital a uno de los chicos de la otra noche, los que daban la lata con la máquina de tabaco, añadiendo que el tipo tenía la cara deshecha, como si le hubiera atropellado el camión de la basura. Caroline comprende lo que ha sucedido y corre en busca de Adam, arrastrándole literalmente hasta la cocina. La reacción de la joven atemoriza al hombre, que teme que ella esté enfadada con él. Y en principio eso parece, ya que Caroline le pregunta si sabe dónde vive porque la ha seguido hasta casa. Adam no acierta a responder, y de pronto, ella le besa en la mejilla y le da las gracias por haberla salvado. Este beso anima a Adam a hablar, y admite que la sigue hasta su casa para asegurarse de que llega a ella sana y salva. Caroline está sorprendida, pues es la primera vez que oye hablar a Adam, y aún se sorprende más cuando él se disculpa por haber llegado tarde aquella maldita noche. Las palabras de Adam llevan implícita una declaración de amor, pero Caroline, al menos de momento, no es consciente de ello. Más tarde, sin embargo, mantendrá una conversación con Cindy, en la que ésta reconocerá que Adam no está nada mal, y que no le importaría hacerle un favorsi no fuera tan estúpido, claro. Esta charla con su amiga tendrá un efecto demoledor sobre el ánimo de Caroline, que comenzará a sentirse cada vez más inclinada hacia Adam, al que ha comenzado a ver con nuevos ojos. El tipo raro ha adquirido una nueva dimensión ante ella, revelándose como un hombre extraño pero sorprendentemente atractivo. Al finalizar la jornada de trabajo, y respondiendo a un impulso que no puede ni quiere dominar, Caroline habla con Adam en la cocina, preocupándose de la herida de su mano y sugiriendo que podrían ir juntos a un partido de Jockey sobre hielo, deporte que le encanta. La muchacha, inconscientemente desinhibida, acaricia la mano herida del muchacho, dejando a éste más confundido que nunca. Algo, una especie de nexo maravilloso e inexplicable, ha surgido entre ambos, y la muchacha se deja arrastrar por tan increíble y poderosa sensación. Cuando llega la hora de volver a casa, Caroline espera en vano a su hermano Michael, que había quedado en recogerla con el coche. Pero su hermano no acaba de llegar y se ve obligada a regresar a casa andando, algo que la atemoriza después de la espantosa experiencia que ha vivido. En la calle se encuentra con Adam y ambos se emparejan como de común acuerdo. Para la muchacha ésta es una experiencia nueva y fascinante. Adam se revela como un hombre inteligente y sensible, que le habla de las estrellas fugaces y de otros temas sorprendentes y maravillosos que ninguno de sus ex novios sería capaz de comprender, y Caroline disfruta del paseo nocturno con un chico tan distinto a todos los que ha conocido. Él la lleva a su casa, un triste y sombrío sótano convertido en apartamento y situado en una zona marginal de la ciudad. Allí Caroline recibirá una prueba más del amor que le profesa ese hombre, al reparar en una foto de los empleados de Jim´s, que Adam ha doblado cuidadosamente para que sólo se la vea a ella. También llaman su atención los numerosos libros que posee su compañero, y que éste confiesa leer durante las noches para combatir el insomnio que padece. A pesar de todo, y por alguna razón que ni ella misma acierta a entender, Caroline sigue resistiéndose a aceptar el amor de Adam, y tras desearle con cierta sequedad una feliz Navidad, se marcha a casa. Adam, que no está dispuesto a permitir que ella corra ningún peligro, la sigue a prudencial distancia con su perro.

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La mañana del día de Navidad Caroline recibe el regalo más hermoso que pudiera esperar. En su habitación, a los pies de su cama, hay un precioso abeto natural lleno de adornos y luces. La sorpresa de la joven es mayúscula, y sumando dos y dos llega a la conclusión de que esto sólo puede ser obra de Adam, que trabaja durante el día vendiendo árboles de Navidad, y al que había comentado, como a cualquiera que quisiera escucharla, lo mucho que odiaba el patético árbol artificial que su padre ponía todas las Navidades. El maravilloso gesto de Adam conmueve a la muchacha, que se presenta en casa de él cargada con una lata de dulces hechos por ella misma para darle las gracias. La inesperada llegada de Caroline sorprende agradablemente a Adam, que no la esperaba. Ella le da las gracias por el árbol y se muestra un poco culpable por no haber ido a verle el día de Navidad, que Adam ha pasado solo, como siempre. Pero eso no parece preocupar al joven. Tras preguntar a la muchacha si le gusta la música, le enseña unos discos antiquísimos, que él considera mágicos. Adam es huérfano y se ha criado en un orfanato. Era un niño débil y enfermizo, al que no permitían jugar con los otros niños y que pasaba la mayor parte del tiempo solo o en compañía de la madre Camilla, la directora del orfanato. La bondadosa monja cuidó muy bien de él, y cuando estaba deprimido, le llevaba a su despacho, le hacía sentar junto a la ventana para que le diera el sol, y ponía aquellos discos. Años después, cuando Adam tuvo que abandonar la institución, la madre Camilla le regaló los discos, y desde entonces, cada vez que, como él mismo dice, me peleo con la vida, pone esos discos y se tumba a escucharlos.

Esta historia enternece a Caroline, que accede a escuchar uno de los vinilos. Pero la historia que le relata Adam mientras suena la música es más sorprendente todavía. Según él, su padre era un gran aventurero que, deseando hallar la forma de curar el corazón enfermo de su hijo, osó robar el gran tesoro del Rey de los mandriles. Éste lo descubrió y luchó contra él, dispuesto a defender sus rubíes mágicos. El padre de Adam, medio muerto y malherido, confesó al Rey de los mandriles para qué necesitaba sus rubíes, y éste, avergonzado por lo que había hecho, se arrancó su propio corazón de su pecho de mandril y se lo colocó a Adam. Caroline no da crédito a lo que está oyendo, e incluso se burla un poquito de Adam, que parece creer a pies juntillas ese cuento ideado por la madre Camilla. Pero al ver la expresión contrita del chico, nuestra camarera demuestra una vez más su sensibilidad, pidiéndole disculpas. Después de todo, esa ingenuidad de que hace gala Adam en algunas cosas le resulta conmovedora.

Caroline le propone cortarle el pelo, ya que se ha apuntado a un curso de peluquería. Ya en casa de la chica, Adam le hablará de su triste infancia. Su salud era tan delicada que no le permitían ningún contacto físico, ni con otros chicos ni con nadie, así que creció sin más cariño que el de la madre Camilla. Ni siquiera podía albergar la esperanza de ser adoptado, ya que las parejas que buscaban niños los querían sanos, y por eso Adam había tenido que vivir en el orfanato hasta su mayoría de edad. Caroline está cada vez más conmovida, y también ella le confiesa algunas cosas sobre su vida, comentando lo extraño que resulta que él haya estado toda su vida huyendo del amor y ella buscándolo.

Y llegamos aquí al clímax de la película, el momento supremo en que Caroline descubre los sentimientos que alberga hacia Adam. Ella le está peinando, y su proximidad física turba a Adam, que nunca antes había estado tan cerca de la mujer a la que ama. Bueno, la noche en que la salvó de la violación la había tenido en sus brazos, pero esa había sido una situación muy distinta. Ahora la cercanía de la joven le inspira unos sentimientos tan fuertes que no puede controlarlos, y casi sin darse cuenta, posa su mano sobre uno de los senos de ella. Caroline se encuentra en idéntica situación. Adam es tan diferente a los hombres que ha conocido, tan sensible y sosegado, que la muchacha no sólo acepta la caricia, sino que, tomándole de la mano, le conduce a su habitación. Una vez allí, tras besarle dulcemente, se despoja de la blusa, se sienta en el borde de su cama y tiende su mano hacia él, invitadora. La secuencia está rodada con un buen gusto casi inaudito en el cine de los noventa, tan pródigo en escenas que rozaban la obscenidad pura y dura. Adam se quita la camisa y va a sentarse junto a Caroline, que se desabrocha el sujetador, liberando sus hermosos senos, e invitándole a acariciarla. De pronto, Adam, sacudido por un vendaval de emociones y sentimientos que nunca antes ha experimentado, se abraza a ella y comienza a sollozar como un niño. Caroline, sorprendida y conmovida hasta lo más íntimo de su ser, comprende lo que le ocurre al muchacho y le consuela tiernamente, al tiempo que le confiesa que está enamorándose de él. No acaban haciendo el amor, como seguramente Caroline esperaba; pero la joven ha obtenido algo mucho más valioso que un pasajero goce físico: la confirmación de que los sentimientos que le inspira Adam son auténticos, algo nuevo y estimulante que jamás había sentido antes por otro hombre, y la seguridad de que él la corresponde plenamente. El tacto y el exquisito gusto con el que Tony Bill rodó la secuencia se magnifican gracias a la excelente interpretación de Marisa Tomei y Christian Slater, y a la maravillosa música de Cliff Eidelman, que subraya con una melancólica melodía, en la que el piano es el principal protagonista, el romanticismo subyacente en toda la escena, sin duda una de las mejores de la cinta.

A partir de este momento, la vida de Caroline da un giro de ciento ochenta grados. Por fin ha encontrado a un hombre digno de su amor, y la muchacha se vuelca en Adam con todo su ser. Él la besa por vez primera en Nochevieja, y lo hace con una mezcla de pasión y ternura que desarma a Caroline, que se siente inmensamente feliz no sólo por ella misma, que ha encontrado al amor de su vida, sino también por Adam, que gracias al cariño que ella le profesa va desinhibiéndose poco a poco y abriéndose más al mundo que le rodea. Mas, como todos los amores verdaderos, el suyo habrá de pasar por una durísima prueba, que servirá para afianzar aún más los sentimientos de ambos.

Cindy, que lleva tiempo sin disfrutar de la compañía de su mejor amiga, propone a Caroline que salgan por ahí con un par de chicos. Caroline en principio se niega, confesándole a su amiga y compañera de trabajo que está saliendo con Adam. Cindy no da crédito a lo que oye. ¿ Adam, Adam? inquiere incrédulamente. Ante la actitud de Cindy, que llega a cuestionar la valía de Adam, comentando que se merece un chico mejor, Caroline se ve forzada a contarle a su amiga lo sucedido la noche que intentaron violarla, la noche que él la salvó del mayor ultraje que puede infligírsele a una mujer. Esto hace que la opinión que Cindy tiene de Adam mejore notablemente, pero aún así insiste en que Caroline salga con ellos, porque, a pesar de todo, sigue creyendo en su fuero interno que el modesto y extraño lavaplatos no es digno del amor de su mejor amiga. Los hechos subsiguientes se encargarán de demostrarle a Cindy lo equivocada que está.

Para Caroline la cita a ciegas resulta un desastre. La pareja que le ha buscado Cindy es un chico atractivo pero insulso, que apenas sabe mantener una conversación normal. Para acabar de complicar las cosas, terminan la noche en la cafetería de Jim, algo que molesta profundamente a Caroline, y así se lo hace saber a Cindy. Conociendo como conoce la extraordinaria sensibilidad de Adam, inaudita en un hombre, Caroline teme que éste se sienta herido si la ve en compañía de otro. Siguiendo el consejo de Cindy, Caroline va en busca de Adam para decirle que no se preocupe, ya que el chico con el que está pasando su noche libre es sólo un amigo. Pero mientras ella le busca infructuosamente por las dependencias del local, Adam, que está sacando la basura, es atacado por los mismos sujetos que intentaron violar a Caroline, y uno de ellos le clava un cuchillo en el vientre. El joven lograr sacarse el cuchillo y entrar en el restaurante en busca de ayuda. Cuando se derrumba, echando un caño de sangre por el abdomen, Caroline corre hacia él presa del pánico, pues acaba de ver huir a Howard y Patsy e intuye inmediatamente que éstos son quienes han atacado al hombre que ama. Trasladado al hospital, el médico que le atiende comunica a Caroline que la herida de arma blanca no reviste demasiada gravedad, pero que, por el contrario, lo que le preocupa es el corazón de Adam, puesto que no es el corazón normal de un hombre de veintiséis años. Adam dejó de medicarse desde el momento en que abandonó el orfanato, por lo que su víscera cardiaca se encuentra bastante débil y lo más aconsejable es un trasplante. El médico no se explica cómo no murió allí mismo a causa de la excitación sufrida. Por otra parte, el galeno hace notar a Caroline que Adam parece obsesionado con todo lo que se refiere a su corazón, relatándole cómo se puso de furioso cuando le sugirieron que lo mejor sería reducir su ritmo cardiaco para evitar males mayores, y cómo tuvieron que sujetarle entre cinco personas para sedarle. Esto deja algo atónita a la muchacha, pero pronto cae en la cuenta de que la extraña actitud de Adam está íntimamente relacionada con el cuento que le contaba de niño la madre Camilla.

Caroline denuncia a Howard y Patsy a la policía, con lo cual éstos tendrán que pagar no sólo por el intento de asesinato de Adam, sino también por haber intentado violarla a ella. La joven está desesperada y pasa todo el tiempo que puede en el hospital, junto al hombre al que ha entregado su corazón. Su preocupación por Adam le impide conciliar el sueño, y hasta provoca que abandone el examen práctico de peluquería para el que tanto se ha preparado, harta de aguantar las idioteces de una vieja deleznable mientras su corazón sufre por el ser amado. Adam, mientras tanto, abandona el hospital antes de tiempo, pues no tiene intención de quedarse en un sitio donde hablan de cambiarle el corazón. Cansinamente, se dirige a casa de Caroline. El encuentro entre ellos es tremendamente emotivo, sobre todo para ella, ya que Adam, a pesar de estar convaleciente, le ha comprado un pequeño ramo de flores. A cada momento que pasa Caroline está más maravillada con él. Le ama tantísimo que trata de convencerle para que se someta a un trasplante en cuanto aparezca un donante. Pero él se niega, y tras una mutua reafirmación de sus sentimientos, le confiesa a Caroline que la noche que le dejó el árbol de Navidad no fue la primera vez que estuvo en su dormitorio… ni la última. Toda su vida ha padecido pesadillas que le han impedido conciliar el sueño como Dios manda. Mejor dicho, pesadilla, ya que siempre se trata de la misma. En su sueño, Adam se encuentra siempre en la jungla, lluviosa, lúgubre… Siente que no puede respirar, que la vida se le escapa lenta pero inexorablemente, y le invade la desesperación intentando sobrevivir. Desesperación sin paz. Esa es la causa del insomnio que padece, y la razón por la que entraba subrepticiamente en el cuarto de Caroline para verla dormir, para solazarse en la contemplación del hermoso rostro de la muchacha, lleno de la paz que produce el sueño profundo y relajado. Para Adam, Caroline es su paz, y teme que si le quitan su corazón no pueda quererla del mismo modo. Es ésta una de las más bellas declaraciones de amor que se han oído en una película. Como muy bien dice una sorprendida Caroline: ¡Dios mío! No sólo me quieres con el pensamiento y con el alma… también con el corazón. Él, por su parte, se pregunta por qué le duele tanto cuando ella no está a su lado. Llegados aquí, es preciso comentar que, aunque parezca que Caroline cede fácilmente ante las razones de Adam para no someterse al trasplante, en realidad la joven, que no quiere presionarle, confía en que con el tiempo, y apoyándose en el amor que sienten el uno por el otro, acabará por convencerle para que acceda a la intervención quirúrgica.

La revelación de Adam los une más aún, si ello es posible. La secuencia siguiente es un prodigio de arte cinematográfico, a pesar de lo modesto del film. En apenas tres minutos, y con una hábil combinación de imágenes y música, Tony Bill transmite al espectador el profundo y definitivo cambio que el amor ha operado en las vidas de Adam y Caroline. Mientras se escucha una maravillosa y melancólica canción, contemplamos a la pareja, en la cama, tras haber hecho el amor, con el perro de Adam acostado a sus pies. El hombre está profundamente dormido, y Caroline, con gran delicadeza y ternura, apoya su cabeza sobre el pecho de él, escuchando como late acompasadamente, sin sobresaltos de ninguna clase, el corazón amado. Las imágenes siguientes nos muestran a un Adam totalmente desinhibido y abierto, y a una Caroline esplendorosa, radiante de hermosura, rodeada por un aura de felicidad generada por el sentimiento de amar intensamente y saber que es amada en la misma medida. Pero el fatídico destino está a punto de jugarles una mala pasada. El día del cumpleaños de Adam, ella le lleva a ver un partido de Jockey sobre hielo, algo a lo que nunca accedieron sus novios anteriores, sólo interesados en encontrar la manera más rápida para acostarse con ella y después dejarla, ya que todos ellos la consideraban (ahora lo sabe) una chica guapa pero aburrida. Caroline conduce a Adam al estadio con los ojos tapados. No sólo quiere que comparta con ella su afición por ese deporte, sino también ayudarle a integrarse en la sociedad, haciéndole tomar parte en un evento deportivo al que acuden miles de personas. Caroline confía en que de este modo, Adam se desinhiba aún más, anulando los rescoldos de timidez e introversión que todavía alientan en su ánimo. La intentona de la muchacha se salda con un enorme éxito para ella, pues Adam disfruta del partido, aunque no entiende las reglas del juego ni el argot que emplean los aficionados. Resulta conmovedor verle repitiendo lo que Caroline grita a los jugadores, y observar las amorosas miradas que le dirige ella, que parece estar en el séptimo cielo. Cuando él coge al vuelo el disco lanzado por un jugador, algo que nunca había ocurrido, las personas que están a su alrededor en las gradas le aplauden y vitorean. Pero él sólo tiene ojos para Caroline.

De regreso a casa en el coche que Caroline se compró poco antes, Adam le da las gracias por haberle llevado a ese partido. La joven no cabe en sí de gozo. Lo que unas semanas atrás le parecía un sueño se ha convertido en una hermosa realidad. Tiene a su lado al mejor hombre que una mujer podría encontrar: atento, sensible, cariñoso, nada arrogante… Pero la sombra de la fatalidad se cierne sobre ellos. Adam se duerme en su asiento, sin apartar la mirada de Caroline. Cuando llegan a la casa de él, ella trata de despertarle hasta que, de súbito, se da cuenta de que él está sospechosamente inmóvil. Con el corazón latiéndole aceleradamente, Caroline le ausculta el pecho… y no oye nada. Nada en absoluto. Adam ha muerto.

El funeral del joven reúne a todos sus compañeros de trabajo, a los clientes habituales del café y a la familia de Caroline. Todos arropan a ésta, conscientes de la terrible pérdida que ha sufrido. Es tiempo de lágrimas, pero también de reflexión. Adam se ha ido, pero ha dejado una huella indeleble en Caroline, que le define como un Ángel del Señor. Puede parecer una cursilería, pero para ella es así. Él fue lo único que consiguió seguir hasta el final, lo único que no dejó a medias como casi todo en su vida. Adam dio sentido a su existencia y ella siempre le estará agradecida por ello. A pesar de la congoja que asaeta su alma, nuestra camarera se siente satisfecha, porque ha sabido corresponder adecuadamente al amor de Adam, queriéndole como éste merecía. Más tarde, cuando va al apartamento de él, decide abrir el regalo que tenía para ella en ese día tan especial. Porque hasta en eso tenía que ser mejor que cualquier otro hombre. En el día de su cumpleaños, cuando lo lógico hubiera sido que esperase recibir regalos, Adam había preparado un obsequio para ella. El regalo son los discos mágicos de la madre Camilla, que Adam, en una nota maravillosa escrita al dorso de una foto de ambos tomada cuando Caroline compró el coche, asegura no necesitar ya porque la ha encontrado a ella. Mientras escucha uno de los vinilos, el recuerdo de los momentos que vivieron juntos anega en lágrimas el bello rostro de Caroline. Pero, a pesar de ello, aún es capaz de sonreír recordando lo extraordinario que era ese hombre aparentemente vulgar y lo dichosa que la había hecho durante el tiempo que estuvieron juntos en esta vida.

Así concluye CORAZÓN INDOMABLE. Es, ciertamente, un final triste para tan hermosa historia de amor, pero no es un final trágico. O al menos, no del todo trágico. Caroline y Adam han vivido en unas semanas lo que muchos ansían (ansiamos) vivir algún día sin saber si llegarán (llegaremos) a conseguirlo. Por eso Caroline no se siente del todo desgraciada tras haber enterrado a Adam. Entre ellos no hubo medias tintas, ni ambigüedades, ni hipocresías, ni falsedades, ni, en definitiva, nada de lo que suele enturbiar una relación sentimental. La sinceridad más completa presidió su amor, y ese fue el secreto (si se le puede llamar así) de su éxito. Eso y el profundo, honesto y apasionado amor que se profesaron mutuamente. Se habían complementado a la perfección, dándose el uno al otro sin reservas, sin dudas ni temores. Caroline es joven aún, y es seguro que encontrará alguien y volverá a enamorarse. Si tiene suerte, ese alguien la querrá casi tanto como la quiso Adam, y ella le corresponderá en igual medida. Pero jamás olvidará a Adam. El recuerdo de aquel humilde y silencioso lavaplatos, que decía ser hijo de un gran aventurero que murió en la selva, y afirmaba que en su pecho latía el corazón del Rey de los mandriles plateados del Kilimanjaro, estará siempre con ella. Porque mientras ella le recuerde, Adam no habrá muerto del todo.

CORAZÓN INDOMABLE, como decía al principio, pasó sin pena ni gloria por las carteleras españolas. Una verdadera lástima, porque esta estupenda cinta merecía haber tenido mejor acogida de la que tuvo. Un año antes de su estreno, en 1992, Marisa Tomei recibió el Oscar a la mejor actriz secundaria por su papel de novia de Joe Pesci en MI PRIMO VINI, hilarante comedia judicial que, con todo, no pasó de ser un título mediocre. Por su trabajo en este fabuloso drama romántico, Marisa Tomei merecería, por lo menos, haber sido nominada como mejor actriz. Y otro tanto podría decirse de Christian Slater, actor dotado de una enorme sensibilidad y poseedor de un estilo propio, muy definido, que le permite interpretar toda clase de registros con sorprendente facilidad. Esta magnífica cinta de Tony Bill no ganó ningún premio, pero eso a los cinéfilos no nos importa demasiado. Si la historia que se narra está bien contada, las interpretaciones son correctas y la dirección es la adecuada, sobran los galardones. Y CORAZÓN INDOMABLE reúne todas las virtudes antes mencionadas y algunas más. Disfrutemos, por lo tanto, de una de las historias de amor más intensas y sinceras que ha dado el séptimo arte.

© Antonio Quintana Carrandi, (5.231 palabras) Créditos