QUE EL CIELO LA JUZGUE
QUE EL CIELO LA JUZGUE John M. Stahl
EE. UU., 1945
Título original: Leave Her To Heaven
Dirección: John M. Stahl
Guión: Jo Swerling, Ben Ames William
Producción: William A Bacher para 20th Century Fox
Música: Alfred Newman
Fotografía: Leon Shamroy
IMDb:
Reparto: Gene Tirney (Ellen Berent-Harland); Cornel Wilde (Richard Harland); Jeanne Crain (Ruth Berent); Vincent Price (Russell Quinton); Mary Philips (señora Berent); Darryl Hickman (Danny Harland); Gene Lockhart (doctor Saunders); Chill Wills (Leick Thorne)

Ellen Berent, la mujer letal

lm0407a.jpg

La maldad encarnada en una mujer atractiva ha sido uno de los temas más recurrentes del cine. Hollywood nos ha ofrecido, a lo largo de su dilatada historia, un impresionante muestrario de féminas tan hermosas como deleznables. Resultaría demasiado tedioso recordarlas en este trabajo. Pero sí creo conveniente traer a estas líneas a una de las mejores: la Phyllis Dietrichson a la que dio vida Barbara Stanwyck en PERDICIÓN (DOUBLE IDEMNITY, Billy Wilder, 1944) considerada como la quinta esencia de la perversidad femenina en el cine. El exitoso y polémico film de Wilder levantó ampollas, gracias sobre todo a la excepcional actuación de Stanwyck, que recreó a la perfección a una criatura tan bella como peligrosa. Parecía imposible que el cine pudiera presentar una hembra más mortífera que Phyllis Dietrichson. Pero algo más de un año después del estreno de PERDICIÓN, la Fox lanzó a la que sería la mantis religiosa más perfecta de la historia cinematográfica: la Ellen Berent interpretada por Gene Tirney en esta impactante película de John M. Stahl.

Con Ellen Berent la malignidad femenina en el cine alcanza sus cotas más elevadas. Ni antes ni después de QUE EL CIELO LA JUZGUE podremos encontrar un personaje femenino tan negativo y sublime a un tiempo. Estamos ante la más sugestiva personificación del Mal jamás llevada a la pantalla. Cualquier villano anterior o posterior, hombre o mujer, empalidece ante esta arpía que oculta, bajo su belleza de diosa pagana, un veneno más mortífero que el de una viuda negra. Porque eso es, al fin y a la postre, Ellen Berent: una araña con forma de mujer, que va envolviendo a su víctima, el pobre Richard Harland, en la urdimbre de una suave pero opresiva tela, tejida con arrumacos y miradas lánguidas y seductoras. Ya desde el principio intuimos el carácter posesivo de esta dama, que comienza a revelarse en la escena del tren, cuando literalmente devora con su hechicera mirada a ese hombre que guarda gran parecido con su padre. Es aquí, en esta poderosa secuencia, donde Ellen lanza el primer hilo que acabará conformando la cárcel de seda que encerrará a Richard. El hombre, por su parte, se sentirá fascinado por la casi irreal hermosura de esa mujer extraña y subyugante a la vez, y caerá rendido ante su hechizo prácticamente sin darse cuenta. La obsesión de Ellen por Richard alcanza tales cotas, que llega incluso a romper el compromiso de matrimonio que la une con Russell Quinton, un prestigioso fiscal con ambiciones políticas. Y una vez que ha atrapado en su red a Harland, Ellen comenzará a absorberlo como una ciénaga absorbe hacia el fondo al incauto que cae en ella. Así, lenta y taimadamente, al menos al principio, el hermoso monstruo de formas femeninas tratará de aislar a su amado Richard de todo y de todos, a fin de tenerlo para ella sola. Dominada por unos celos exacerbados, que son su principal fuente motriz, la ahora señora de Harland somete a su flamante marido a un cerco constante. Todo aquello que pueda distraer la atención de Richard hacia su persona dispara el odio de Ellen. Incluso tiene celos de su trabajo, e intenta apartarle del mismo alegando que ella tiene dinero más que suficiente para que ambos puedan vivir holgadamente el resto de sus vidas.

lm0407b.jpg

Pero Richard irá revelándose como un hueso duro de roer. Al principio ama intensamente a Ellen, y trata de contentarla en la medida de lo posible. Mas nada es capaz de contentar a una persona tan egoísta, y al pobre hombre no le queda otro remedio que admitir lo evidente: se ha unido a una mujer posesiva, cuyos celos dejan en mantillas a los que corroyeron el alma del mismísimo Otelo. Richard tiene un hermano minusválido, Danny, al que adora y con el que quiere pasar el mayor tiempo posible. La arpía no puede soportarlo y utiliza todos los subterfugios a su alcance para alejar a Danny, y al no conseguirlo, acabará dejando que el muchacho muera ahogado en el lago, mientras ella contempla fríamente su agonía desde un bote de remos, en una de las escenas más sádicas jamás mostradas en una película.

Richard, desolado por la muerte de su hermano, comienza a apartarse paulatinamente de Ellen, y a aproximarse a la dulce Ruth. Alberga ciertas sospechas sobre el accidente de Danny, pero aún ama a Ellen y se niega a creer que lo que teme sea cierto. Sabe por Ruth y la señora Berent que fue el desmedido y egoísta amor de Ellen lo que, en cierto modo, anuló la voluntad de su padre y lo condujo a la tumba, y empieza a temer que a él pueda ocurrirle lo mismo. Por eso cada vez se siente más atraído hacia la hermanastra de su mujer. Pero a pesar de ello, confía inconscientemente en salvar su matrimonio, ya que Ellen espera un hijo suyo. Lejos está de sospechar lo que piensa ella de la criatura que lleva en sus entrañas. En la mente enferma de Ellen su bebé es sólo un competidor, alguien que puede llegar a robarle el cariño de su marido, de manera que decide deshacerse de él con la misma sangre fría con la que se deshizo de Danny. Para provocarse el aborto se tira escaleras abajo, fingiendo un tropezón, sin considerar ni por un instante la posibilidad de que puede romperse el cuello; tal es el extremo al que ha llegado en su locura. Pero con eso sólo consigue apartar más a Richard de su lado, empujándole lenta pero inexorablemente hacia los brazos de Ruth. El odio de Ellen hacia su medio hermana crece a pasos agigantados, y en una de las escenas más tensas de la cinta, ambas mujeres se enzarzan en una discusión en la que, por vez primera en su vida, y quizá empujada por el amor que empieza a sentir por su cuñado, Ruth se enfrenta valientemente a Ellen, echándole en cara su egoísmo, sus maldades y el daño que está infligiendo a Richard. Cuando Ruth se marcha, Richard, que ha presenciado la discusión, exige a su esposa que le cuente toda la verdad, y ella acaba confesando, con una frialdad inhumana, que no sólo permitió que Danny se ahogara, sino que volvería a hacer lo mismo si fuera necesario, con tal de impedir que otra persona se interpusiera entre ellos. Y horrorizando aún más si cabe a su desdichado cónyuge, admite implícitamente que tampoco quería al bebé que esperaba.

Espantado ante la bruja con la que se ha casado, Richard decide dejarla, y esto acaba por trastornar del todo a su neurótica esposa. Convencida de que él terminará en los brazos de Ruth, que puede ofrecerle un amor honesto y real, Ellen trama su venganza suprema contra su aborrecida hermana, a la que en su demencia considera culpable de que Richard la abandone. Primero redacta una carta dirigida a Russell Quinton, misiva en la que expresa su temor a ser asesinada por su hermanastra, que quiere librarse de ella para ocupar su puesto como señora de Richard Harland. Ellen sabe que Russell, que seguramente sigue amándola, hará cuanto esté en sus manos para impedir que su asesinato quede impune. Luego, la desquiciada mujer se suicida ingiriendo cierta cantidad de arsénico, no sin antes preparar una serie de falsas pruebas que señalen a Ruth como autora de su muerte. Pero a pesar de todo, las cosas no salen como ella esperaba, ya que en el juicio acaba por desvelarse su verdadero carácter y sus horribles manejos, que sorprenden incluso al mismísimo Quinton. Ruth es exonerada, pero Richard, que admite haber sospechado desde un principio que Ellen había asesinado a su hermano Danny, pero que había decidido guardar silencio al respecto, es acusado de encubrimiento y condenado a dos años de prisión. Un verdadero infierno para cualquier hombre. Pero vivir atado a una mujer como Ellen Berent habría sido un infierno mucho peor. Y una vez cumplida su condena, Richard regresa a su casa de la otra cara de la Luna, donde le aguarda la eterna felicidad personificada en una mujer llena de amor, un amor limpio y puro, no mancillado por el demonios de los celos desmedidos.

El nuevo proyecto de Zanuck

lm0407d.jpg

Tras el fabuloso éxito de LAURA (idem, Otto Preminger, 1944) Gene Tirney se convirtió en el ojito derecho de Darryl Zanuck, a la sazón el pater familias de la Fox. La estrella estaba en su mejor momento y urgía encontrarle otro papel digno de su talento, que contribuyera a mantenerla en el candelero, aumentando su prestigio profesional y, de paso, los beneficios del estudio. La tarea no era nada fácil. Había quien consideraba que, con el film de Preminger, Gene había alcanzado la cima de su carrera, y que a partir de ahí ya no podría ofrecer una interpretación mejor. Zanuck no compartía semejantes opiniones, y puso todo de su parte para proporcionarle a su estrella otro papel estelar en el que pudiera dar lo mejor de sí como actriz. La ocasión se presentó gracias al afamado escritor Ben Ames Williams, que acababa de escandalizar a los lectores norteamericanos con una inquietante novela en la que se narraba, sin escatimar los detalles más escabrosos, la fascinante y aterradora historia de una mujer egoísta, perversa y dominante, que arruinaba las vidas de cuantos la rodeaban. El libro devino en un best seller de tal calibre, que llamó la atención de Zanuck. No está claro si el todopoderoso directivo de la Fox leyó la novela o no, pero lo cierto es que se apresuró a comprar sus derechos para el cine, pues era, a su juicio, la historia perfecta para encumbrar más aún a la reina del estudio.

En principio, la idea era rodar un melodrama al uso, suavizando algunos de los pasajes más comprometidos del original literario. Pero conforme avanzaba el proyecto, Zanuck comprendió que los espectadores, especialmente aquellos que hubieran leído la novela, no aceptarían una versión cinematográfica descafeinada, así que se optó por seguir lo más fielmente posible el texto de Williams. La intención era rodar la película en blanco y negro, pero una vez más, como había ocurrido con LAURA, el despótico pero genial Zanuck tomó las riendas del proyecto con mano firme, convirtiendo el rodaje de QUE EL CIELO LA JUZGUE casi en una cuestión personal. Suya fue, por ejemplo, la decisión de que el film se hiciera en technicolor, costoso sistema que sólo se empleaba en una de cada diez películas de la época, dadas las complicaciones y gastos que generaba. Así mismo, aumentó el presupuesto del proyecto hasta equipararlo con el de una gran superproducción, e insistió en que se potenciara el rodaje en exteriores, pues, a pesar de que la historia era básicamente un melodrama, aunque con ciertas dosis de cine negro, deseaba que resultase tan visualmente espectacular como un épico film de aventuras. En cuanto al reparto, parece ser que, al menos en esta ocasión, Zanuck no puso ninguna pega al respecto; todo lo contrario que en el film anterior, donde sus continuas disputas con Preminger a causa de los actores agriaron considerablemente el ambiente de trabajo. Tampoco hubo demasiados problemas con el director, ya que John M. Stahl, sin ser lo que podríamos calificar como un realizador acomodaticio, no poseía, sin embargo, un carácter tan fuerte y combativo como el de Preminger.

Aun cuando sus múltiples ocupaciones le dejaban poco tiempo libre, Zanuck encontraba siempre la forma de controlar el proceso de producción de la mayoría de sus películas, y en este caso en concreto, llegó a obsesionarse tanto con el asunto como con el rodaje de LAURA; con la salvedad de que, en esta ocasión, no tuvo que lidiar con un cabezota como el realizador austriaco. Hubo ciertos roces entre Darryl y Stahl, algunas diferencias de opinión y también pequeños enfrentamientos; pero la sangre no llegó al río y, en general, la colaboración entre el productor y el realizador fue bastante buena.

Poner a Stahl al frente del proyecto fue un acierto, puesto que este director y productor de origen neoyorkino se había especializado en melodramas, siendo el responsable de títulos señeros del género, tales como IMITACIÓN A LA VIDA (IMITATION OF LIFE, 1934); SUBLIME OBSESIÓN (MAGNIFICENT OBSESSION, 1935); SAGRADO MATRIMONIO (HOLY MATRIMONY, 1943) o LAS LLAVES DEL REINO (THE KEYS OF THE KINGDOM, 1944) El desafío para Stahl era el empleo del technicolor, con el que no estaba familiarizado, puesto que todas sus películas anteriores habían sido filmadas en blanco y negro. Por suerte, contó con la colaboración de Leon Shamroy, uno de los grandes directores de fotografía, que ostenta, junto a su colega Charles Lang, el récord de nominaciones a los Oscars, ya que fue propuesto para el premio nada menos que en dieciocho ocasiones, obteniéndolo en cuatro de ellas por EL CISNE NEGRO (THE BLACK SWAN, Henry King, 1942); WILSON (Idem, Henry King, 1944); CLEOPATRA (Idem, Joseph Leo Mankiewicz, 1963) y por la cinta que nos ocupa, que fue, sin la menor duda, el mejor trabajo de toda su carrera. La excelente fotografía de Shamroy, realizada en delicados tonos pastel, contribuyó a darle un aspecto más idílico si cabe a los maravillosos escenarios naturales en los que transcurre buena parte del metraje, y realzó hasta el paroxismo la belleza de una Gene Tirney más hermosa que nunca. Hay muy pocas películas en las que se haya empleado tan sabiamente el color. Las suaves tonalidades cromáticas se nos antojan más adecuadas para un film romántico que para esta sórdida historia. Pero en realidad, complementan magníficamente el relato. El entorno de ensueño, deliberadamente recreado por Stahl y Shamroy, es un eficaz contrapunto para la oscura historia de Ellen Berent, y el mensaje que lleva implícito es harto contundente: incluso en los rincones más bellos de la Creación puede anidar el Mal.

La música corrió a cargo de Alfred Newman, el principal compositor de la casa, que había sido el autor de la archifamosa sintonía de la 20th Century Fox. Al igual que Shamroy, Newman era un auténtico fuera de serie en su trabajo, cosechando a lo largo de su carrera nada menos que cuarenta y cinco nominaciones al Oscar, y ganándolo en nueve ocasiones. Aparte de esto, es el único compositor cinematográfico que fue nominado al Oscar por cuatro películas al mismo tiempo, concretamente en la edición de los premios de 1940, lo que da una idea de su valía profesional. Además, llevaba la música en la sangre, ya que sus hermanos, Lionel y Emil, fueron también célebres compositores. Y por si fuera poco, sus hijos, David y Thomas, y su sobrino, Randy Newman, siguieron la misma senda profesional, desarrollando todos ellos interesantes carreras en el mundo de la composición musical para el cine y la televisión.

lm0407e.jpg

El tema central de la cinta, que acompaña los títulos de crédito iniciales, es una desasosegante composición que parece pensada más para un film de terror de los que producía la Universal en los años treinta, que para un melodrama en technicolor de la Fox. Pero esta es una impresión errónea; la banda sonora de Newman es otro de los grandes aciertos de QUE EL CIELO LA JUZGUE, ya que, en el fondo, la historia que narra el film es de lo más terrorífica, y cuenta con uno de los monstruos más logrados de la historia del cine: una criatura de apariencia angelical capaz de cometer las mayores atrocidades. Gracias a la música de Newman, el espectador comprende desde el principio que se encuentra ante una historia de lo más inquietante.

El vestuario corrió a cargo de Kay Nelson, quien gozó de carta blanca a la hora de crear la indumentaria para la estrella. A lo largo de la película, Gene luce nada menos que veinticuatro modelos distintos, incluyendo batas, camisones y bañadores, con los que fue ávidamente filmada por Stahl; no en vano uno de los lemas con los que se publicitó la cinta fue: Gene Tirney en technicolor. Es difícil elegir uno de los conjuntos que Nelson creó para ella, ya que todos son espléndidos; más aún, espectaculares. Pero la imagen que más impactó entre el público, especialmente el masculino, fue la de una esplendorosa Gene embutida en un deslumbrante bañador rojo, muy de los cuarenta, que silueteaba lo justo su figura de líneas clásicas, y que se nos antoja mucho más sugestivo que esos bikinis actuales que no dejan nada a la imaginación. En cuanto al vestuario de Jeane Crain, lógicamente mucho más reducido que el de la protagonista, fue también encantador, sobre todo el a un tiempo elegante y sencillo vestido que luce en la escena final, cuando espera a Richard en el embarcadero de la otra cara de la Luna.

Con semejante colección de genios en las labores técnicas y artísticas, no debe extrañar que el nuevo proyecto cinematográfico de Zanuck para su principal estrella deviniese en una de las cintas más míticas que produjo la Fox en toda su historia. Pero si el personal que trabajo detrás de las cámaras era excepcional, el que lo hizo ante los objetivos no le fue a la zaga.

Reparto de campanillas

Gene Tirney
lm0407c.jpg

Gene Eliza Taylor Tirney fue, según Darryl Zanuck, la mujer más bella de la historia del cine, y el autor de estas líneas comparte plenamente su opinión. Elegante, tremendamente distinguida, de andares ambiguos y mirada felina, todo en ella sugería una clase de mujer poco frecuente en el mundo del cine, plagado de ex camareras con sueños de grandeza, rozagantes campesinas con nulo sentido de la interpretación y modelos bellas pero insulsas. Entre esa fauna, Gene destacaba como una rosa roja en un campo de coles. Era una verdadera señora, una dama con mayúsculas, que no sólo gozó de una esmerada educación, sino que supo sacar provecho de ella, primero como modelo y más tarde como actriz. Su posición social le facilitó las relaciones con importantes personalidades del mundo del espectáculo, gracias a lo cual no tuvo que hacer colas ante las puertas de las productoras, como miles de chicas llegadas de los más recónditos rincones del país. Pero no cometamos el error de pensar que esas amistades facilitaron su carrera. Lo que le facilitaron fue el acceso a los Estudios cinematográficos. Parece lo mismo pero no lo es, ni mucho menos. Su carrera en la gran pantalla se la cimentó ella misma, con tenacidad y coraje, y aunque mantuvo privilegiadas relaciones con algunos jerifaltes, nadie le regaló nada.

Su entrada en el mundo del cine se produjo, según cierta versión, a raíz de una recomendación del director Anatole Litvak, que llamó la atención de la Fox hacia aquella exquisita criatura que había debutado como actriz en los escenarios de Broadway. Según otras fuentes, fue el mismísimo Zanuck el que la contrató, tras prendarse de ella al verla en el teatro. Ante el despliegue de clase de aquella increíble jovencita, el Gran Jefe de la Fox le dijo a uno de sus colaboradores: Anule ahora mismo el contrato a la chica anterior y firme con ésta. Nunca se supo quien era la chica anterior. Ni maldita la falta que hacía saberlo.

Zanuck dio de lleno en el clavo al contratar a Gene, pero al principio no atinó con los papeles adecuados para ella. Dado lo exótico de su rostro, se la consideró adecuada para interpretar chinas, polinesias y otros especimenes femeninos más o menos orientales. A pesar de todo, debutó en la pantalla con un papel de coprotagonista en LA VENGANZA DE FRANK JAMES (THE RETURN OF FRANK JAMES, Fritz Lang, 1940) junto a Henry Fonda. El film era la continuación del exitoso TIERRA DE AUDACES (JESSE JAMES, Henry King, 1939) Fonda era Frank James, que buscaba al asesino de su hermano Jesse, y Gene una periodista interesada en conocer su historia, que acababa sintiendo mayor interés por el hombre que por el mito. La cinta se rodó en technicolor, así que desde su primer trabajo Gene pudo lucir su belleza en todo su esplendor. Pero los estudios seguían sin saber qué hacer con ella, de modo que la metieron literalmente con calzador en una serie de películas excelentes, pero dándole papeles poco apropiados para ella. En LA RUTA DEL TABACO (TOBACCO ROAD, John Ford, 1941) apareció tan hermosa como siempre, pero nadie se creyó que semejante beldad pudiera ser una campesina georgiana. En el western BELLE STARR (Idem, Irving Cumming, 1941) donde compartió cartel con Dana Andrews y Randolph Scott, se desenvolvió bastante bien, dadas las limitaciones del guión. El escaso éxito de esta cinta provocó que la Fox la prestara temporalmente a la United Artists, para la que protagonizó CUANDO MUERE EL DÍA (SUNDOWN, Henry Hathaway, 1941) film de propaganda bélica en el que encarnó a una mestiza que colabora con las tropas británicas destacadas en el norte de África. Era una cinta coyuntural, de las muchas que se rodaron durante la guerra, que se elevó por encima de la media gracias a un buen guión y, sobre todo, a la exótica hermosura de una Gene con el cutis teñido de oliváceo para la ocasión. En EL HIJO DE LA FURIA (SON OF FURY: THE STORY OF BENJAMIN BLAKE, John Cromwell, 1942) fue la muchacha polinesia que le jura amor eterno a Tyrone Power, y que no duda en esperarle pacientemente mientras él se dirige a Inglaterra en busca de venganza. Y tras este clásico del cine de aventuras, miss Tirney cayó en las garras de dos monstruos humanos, correctamente interpretados por Ona Munson y Victor Mature, en EL EMBRUJO DE SHANGHAI (THE SHANGHAI GESTURE, Joseph von Sternberg, 1941) donde interpretó su primer papel negativo, dando vida a una joven y encantadora muchachita, demasiado tentada por el vicio, que era corrompida hasta la médula por los personajes de Munson y Mature, que buscaban así vengarse del padre de la joven, un excelente Walter Huston. La película fue un escándalo y fracasó en taquilla estrepitosamente. Hoy es un clásico de obligado visionado para cualquier cinéfilo. Cosas del cine.

Después de este sonado fracaso, la Fox optó por olvidarse de los experimentos y no arriesgar a la estrella en films como el de Sternberg. Las películas que protagonizó antes de LAURA fueron bastante mediocres, a excepción de INFIERNO EN LA TIERRA (CHINA GIRL, Henry Hathaway, 1941) en la que dio vida a una muchacha china educada en Norteamérica. Se trataba de otra cinta más de propaganda bélica, en la que nuestra protagonista trabajó de nuevo con el gran Tyrone Power. Y por fin llegó la obra cumbre del cine negro americano, LAURA (Idem, Otto Preminger, 1944) que significó su consagración definitiva como uno de los mitos femeninos más perdurables del séptimo arte. Pero a pesar de ello, la Fox todavía metería la pata hasta el fondo, obligándola a teñirse de rubio para protagonizar una nueva película de propaganda, LA CAMPANA DE LA LIBERTAD (A BELL FOR ADANO, Henry King, 1945) un papel que, a mi juicio, habría sido mejor dárselo a una principiante.

Tras la equivocación que representó el film antes citado, Zanuck dio por fin con el papel adecuado para potenciar aún más a su estrella, y así, Gene se convirtió en la caprichosa, egoísta y demente Ellen Berent. Estuvo genial, pero, aunque fue nominada al Oscar a la mejor actriz, la estatuilla se la llevó Joan Crawford por ALMA EN SUPLICIO (MILDRED PIERCE, Michael Curtiz, 1945) otra de las muchas injusticias perpetradas por la Academia. Después de atormentar a Cornel Wilde en la obra de Stahl, cambió de registro y se transformó en la muchacha campesina que se casa con un misterioso terrateniente, interpretado por Vincent Price, en un inquietante melodrama gótico que fue el debut como director de Joseph Leo Mankiewicz, EL CASTILLO DE DRAGONWYCK (DRAGONWYCK, 1946) La pareja Tirney / Price estuvo tan magnífica como siempre, y el film devino en un pequeño clásico que gana enteros con cada nueva revisión. Pero la sombra de Ellen Berent la perseguía, y se vio obligada a dar vida a una nueva mujer perversa, la Isabel de EL FILO DE LA NAVAJA (THE RAZOR´S EDGE, Edmund Goulding, 1946) gran adaptación cinematográfica del clásico literario de William Somerset Maugham. A Gene le dio la réplica un Tyrone Power recién licenciado del ejército, y la película fue uno de los éxitos más rotundos de la Fox, lo que contribuyó a reafirmar la categoría de miss Tirney como actriz. Por desgracia, este fue el último gran éxito de Gene. Tras él vendrían películas excelentes, que, sin embargo, en su día pasaron sin pena ni gloria; aunque vistas hoy, con la perspectiva y el distanciamiento que proporciona el paso del tiempo, muchas de ellas hayan devenido en grandes clásicos. Tal fue el caso de EL FANTASMA Y LA SEÑORA MUIR (THE GHOST AND MRS MUIR, Joseph Leo Mankiewicz, 1947) junto a Rex Harrison; EL TELÓN DE ACERO (THE IRON CURTAIN, William A Wellman, 1948) de nuevo con Dana Andrews; VORÁGINE (WHIRLPOOL, Otto Preminger, 1949) con José Ferrer; AL BORDE DEL PELIGRO (WHERE THE SIDEWALK ENDS, Otto Preminger, 1950) otra vez con su amigo Andrews; CASADO Y CON DOS SUEGRAS (THE MATING SEASON, Mitchell Leisen, 1951); EN LA COSTA AZUL (ON THE RIVIERA, Walter Lang, 1951); MARTÍN, EL GAUCHO (WAY OF A GAUCHO, Jacques Tourneur, 1952) con el insulso Rory Calhoun; LA NAVE DEL DESTINO (PLYMOUTH ADVENTURE, Clarence Brown, 1952) con Spencer Tracy, y NO ME ABANDONES (NEVER LET ME GO, Delmer Daves, 1953) eficaz film anticomunista en el que un heroico Clark Gable trata de sacar a su amada, la bailarina interpretada por Gene, del paraíso bolchevique.

A esas alturas, aunque seguía siendo esplendorosamente bella, los rasgos de Gene comenzaron a atirantarse, lo que daba a su rostro un aspecto hierático que disminuía algo el encanto que la había caracterizado hasta entonces. Se dijo que esa rigidez era la secuela de una intervención de cirugía plástica, a la que, presumiblemente, se habría sometido tras un accidente de tráfico que le había desfigurado ligeramente las facciones. La falsedad del rumor se reveló cuando, poco después, se filtró la noticia de que estaba en tratamiento médico debido a sus constantes crisis nerviosas. Con todo, el endurecimiento de sus rasgos le vino bien para dar vida a la pérfida princesa Baketamón en SINUHÉ, EL EGIPCIO (THE EGYPTIAN, Michael Curtiz, 1954) Tal defecto ni siquiera resultó evidente en sus siguientes películas, LA VIUDA NEGRA (BLACK WIDOW, Nunnally Johnson, 1954) con Van Heflin y Ginger Rogers, y LA MANO IZQUIERDA DE DIOS (THE LEFT HAND OF GOD, Edward Dmytryk, 1955) con Humphrey Bogart. Sus últimos trabajos importantes fueron en TEMPESTAD SOBRE WASHINGTON (ADVISE AND CONSENT, Otto Preminger, 1962) en la que interpretó un pequeño papel a petición del director austriaco, y EN BUSCA DEL AMOR (THE PLEASURE SEEKERS, Jean Negulesco, 1964)

Su vida privada no marchaba precisamente bien. En 1952 se divorció del diseñador Oleg Cassini, con quien se había casado en 1941 y que, sin duda, contribuyó notablemente con su talento a realzar la, por otra parte, innata elegancia de la estrella. Su tormentosa relación con el príncipe Ali Khan fracasó, en parte porque éste era un ¡viva la Virgen! y también por la frontal oposición del Agha, que no quería ver a su hijo con otra actriz después del affaire de éste con Rita Hayworth. Todo esto, unido a la pérdida de una hija, sumió a Gene en profundas depresiones que requirieron tratamiento psiquiátrico. El público y Hollywood se escandalizaron al saber que un periodista la había descubierto trabajando de dependienta en unos grandes almacenes. Las aguas volvieron a su cauce cuando se supo que no tenía problemas económicos, sino que había aceptado aquel empleo, bajo nombre falso, como parte de una terapia impuesta por los psicólogos.

Casada desde 1960 con el millonario tejano W Howard Lee, los últimos años de su vida los dedicó a las obras de caridad, manteniéndose alejada del mundo del cine, consciente de que su tiempo había pasado ya. Tras su muerte, en 1991, TVE la homenajeó emitiendo, los domingos a las cinco de la tarde en la segunda cadena, algunas de sus mejores películas, lo que permitió a los cinéfilos como el que suscribe reencontrarse con esta maravillosa actriz.

Algunos expertos han definido su carrera como irregular. Pero, en puridad, ¿qué carrera cinematográfica no es irregular? Abundan en ella las películas corrientes, pero esto es algo común a todos los actores. Gene Tirney merecía haber tenido mejor suerte, tanto en su vida profesional como en la privada. No obstante, su filmografía es muy superior en calidad a la de la media de las actrices de su tiempo, exceptuando, quizá, la de Katharine Herpburn. Trabajó con algunos de los mejores realizadores de Hollywood, y aunque no siempre acertaron a la hora de adjudicarle papeles, ella siempre los interpretó con gran dignidad. Su rutilante belleza iluminaba la pantalla incluso en los films más mediocres, y su extraordinario talento le permitió salir airosa de los proyectos más absurdos, como ese de LA CAMPANA DE LA LIBERTAD. Y aún a riesgo de repetirme, insistiré en que fue, además de la mujer más bella de la historia del cine, la más distinguida. Lo que, ciertamente, no es poco.

Cornel Wilde

Complexión atlética, rostro atractivo, rasgos en extremo varoniles y una gran simpatía natural fueron las claves del éxito de Cornel Wilde. Su galanura hizo de él uno de los actores más apreciados por el público femenino, que le amó incluso en sus interpretaciones más mediocres. Como actor era bueno, aunque de registros limitados. En su filmografía sólo podemos encontrar media docena de actuaciones dignas de pasar a la historia. No quiero decir con esto que la mayoría de sus trabajos fueran malos. Al contrario, se defendió bastante bien en casi todos los géneros. Pero como sucedía con demasiada frecuencia, los estudios para los que trabajó no supieron o no quisieron aprovechar adecuadamente sus capacidades. Aparte de su impresionante apostura física, Cornel era un deportista consumado, un experto esgrimista que estuvo a punto de participar en las olimpiadas de 1936 en Berlín. De padre húngaro y madre británica, cursó estudios preparatorios de Medicina en la prestigiosa universidad de Columbia, pero su apurada situación económica le obligó a buscarse el sustento por otros medios, empezando a trabajar como traductor de obras teatrales. A principios de los años treinta ejerció de corresponsal para un periódico norteamericano, recorriendo Francia, Hungría y Checoslovaquia. De vuelta a EE UU, formó un dúo musical con su hermana, en el que ella tocaba el piano y él el violín. Parece ser que fue por aquel entonces cuando sintió la mordedura del gusanillo de la interpretación. La oportunidad se le presentó en 1939. Vivien Leigh y su esposo, Laurence Olivier, estaban preparando un montaje de Romeo y Julieta. La obra tenía que estrenarse en Broadway, como mandaban los cánones teatrales de la época; pero Viv y Laurence no podían alejarse mucho de Hollywood debido a sus trabajos para el cine, razón por la cual los ensayos del inmortal drama de Shakespeare se realizaron en la Meca del cine. Dadas sus habilidades como espadachín, Cornel consiguió el papel de Teobaldo. Un cazatalentos de la Warner, que asistió a los ensayos, se fijó en él y le ofreció trabajo en el cine. Interpretó un pequeño papel en EL ÚLTIMO REFUGIO (HIGH SIERRA, Raoul Walsh, 1941) y a partir de ahí se prodigaron sus apariciones en numerosas cintas de mediana calidad, casi siempre en roles secundarios. Su suerte mejoró cuando firmó un contrato por seis años con la Fox. En la Edad de Oro del cine era normal que los grandes estudios se prestaran estrellas entre ellos, gracias a lo cual Cornel pudo acceder al papel que le catapultaría a la fama, el de Frederic Chopin en CANCIÓN INOLVIDABLE (A SONG TO REMEMBER, Charles Vidor, 1945) lujoso melodrama que fue la tercera producción en technicolor de la Columbia, y también uno de los títulos más taquilleros de la historia de esta productora. Su trabajo en esta cinta le valió una nominación al Oscar al mejor actor, estatuilla que acabaría llevándose, con mucho más merecimiento por cierto, Ray Milland por DÍAS SIN HUELLA (THE LOST WEEKEND, Billy Wilder, 1945) Tras ALADINO Y LA LÁMPARA MARAVILLOSA (AN THOUSAND AND ONE NIGHTS, Alfred E Green, 1945) la Fox le ofrecería el mejor papel de su carrera, el del escritor Richard Harland en QUE EL CIELO LA JUZGUE. El fabuloso éxito del film, unido a la fama que Cornel había cosechado con sus trabajos para otros estudios, animaron a la Fox a promocionarle en toda regla, basando la campaña publicitaria en su apostura física y sus extraordinarias habilidades atléticas, bazas que parecían augurarle un prometedor futuro profesional como el nuevo Errol Flynn. A partir de la cinta de Stahl, su carrera se orientó principalmente hacia el género de aventuras. Columbia lo presentó como el vástago de un personaje legendario en EL HIJO DE ROBIN HOOD (BANDIT OF SHERWOOD FOREST, George Sherman y Clifford Sanforth, 1946); en la Fox protagonizó un lamentable musical, EL VERANO DEL CENTENARIO (CENTENNIAL SUMMER, Otto Preminger, 1946) posiblemente la única película mala del gran realizador austriaco. No obstante, Preminger se resarciría dirigiendo de nuevo a Cornel, magníficamente acompañado por Linda Darnell, en AMBICIOSA (FOREVER AMBER, 1947) una cinta denostada por la crítica en su momento, que ha devenido, con el paso del tiempo, en una pequeña joya del melodrama. A este film le siguieron una serie de títulos mediocres hasta que, por fin, la Fox le colocó en EL PARADOR DEL CAMINO (ROAD HOUSE, Jean Negulesco, 1948) una magistral película de serie negra en la que compartió cartel con Richard Widmark, Ida Lupino y Celeste Holm. Luego vino otro melodrama de éxito, MURALLAS HUMANAS (THE WALLS OF JERICHO, John M Stahl, 1948) obra que, a pesar de lo bíblico de su título, narraba una historia de amores, odios y otras pasiones desatadas en una ciudad norteamericana llamada, precisamente, Jericho. Tuvo también oportunidad de trabajar con su esposa de entonces, Patricia Knight, en MÁS FUERTE QUE EL AMOR (SHOCKPROOF, Douglas Sirk, 1948) Durante los cincuenta trabajó activamente, aunque no siempre en cintas de calidad: ENTRE DOS JURAMENTOS (TWO FLAGS WEST, Robert Wise, 1950) drama de la Guerra de Secesión, con Linda Darnell, Joseph Cotten y Jeff Chandler; LOS HIJOS DE LOS MOSQUETEROS (AT SWORD´S POINT, Lewis Allen, 1951) donde era el hijo de D´Artagnan y Maureen O´hara la hija de Athos; EL MAYOR ESPECTÁCULO DEL MUNDO (THE GREATEST SHOW ON EARTH, Cecil B de Mille, 1952) una de sus interpretaciones más logradas como El Gran Sebastian, el Rey de los trapecios … Nunca le faltó trabajo pero, al igual que les ocurrió a otros actores de su generación, llegó un momento en que tuvo que replantearse seriamente su carrera, si quería sobrevivir en una industria sometida a continuas transformaciones y dependiente de la volubilidad de los gustos del público. Wilde no se arredró, aventurándose a convertirse en productor y director, tareas en las que, sin alcanzar nunca la genialidad, destacó por encima de la media. Una de sus obras más conseguidas fue PLAYA ROJA (RED BEACH, 1967) una de las mejores películas de guerra de su época, hoy injustamente olvidada, y en la que Cornel asumió no sólo las funciones de dirección y producción, sino también las de guionista y protagonista principal.

Poco más se puede decir de este eficaz aunque limitado intérprete. Después de PLAYA ROJA no hizo ninguna película digna de mención. Este neoyorkino, nacido en 1918, murió en Los Ángeles en 1989. Su legado cinematográfico no fue glorioso, pero sí estimable. Curiosamente, la que era su esposa en el momento de su muerte, Jean Wallace, que le había acompañado en la pantalla y en la vida real durante los últimos treinta y ocho años, murió poco tiempo después.

Jeane Crain

La dulce Ruth Berent del film que nos ocupa nunca destacó como una superestrella, quedando su carrera confinada, en la mayoría de las ocasiones, a roles secundarios. Pero fue una de las actrices más queridas por el público, y su trabajo como la hermanastra de la pérfida Ellen acrecentó notablemente su popularidad. Antes de QUE EL CIELO LA JUZGUE, había aparecido en películas no demasiado notables que, no obstante, la convirtieron en la actriz preferida por los soldados americanos durante la Segunda Guerra Mundial, con permiso de la omnipresente Betty Grable. Tras dar vida a la maravillosa, honesta y sencilla Ruth, Jeane gozó de una carrera bastante dilatada, actuando en docenas de films de variada calidad. Su mejor trabajo, después de este memorable melodrama negro de Stahl, fue CARTA A TRES ESPOSAS (A LETTER TO THREE WIFES, Joseph Leo Mankiewicz, 1948)

Ferviente católica, Jeane contrajo matrimonio con un antiguo ejecutivo de la RKO, Paul Brinkman, con el que tuvo siete hijos. La pareja pasó por los típicos problemas matrimoniales, llegando incluso a barajar la posibilidad de divorciarse, aunque al final llegó la reconciliación. Su marido murió en 2003, y ella falleció unos pocos meses después, de un infarto de miocardio. Al igual que Cornel Wilde, nos legó una extensa filmografía, en la que escasean los papeles estelares, pero menudean las interpretaciones correctas, algunas incluso brillantes. Uno de sus hijos, Paul Brinkman jr, se convirtió en un importante ejecutivo de televisión, produciendo algunas de las series más exitosas de los últimos años, entre las que destaca Jag, alerta roja.

Vincent Price

Poco puedo añadir sobre este genio de la interpretación que no haya dicho ya en mi trabajo sobre LAURA. En QUE EL CIELO LA JUZGUE su rol es absolutamente secundario, pues apenas aparece veinte minutos en pantalla, pero aún así es capaz de robarles las escenas a sus compañeros de reparto, tal era el magnetismo que desprendía en todas y cada una de sus interpretaciones, incluso en las más contenidas. Price era uno de los valores seguros de la Fox en los cuarenta y cincuenta, un profesional capaz de meterse en la piel de cualquier personaje que le ofrecieran. Posiblemente, fue el mejor secundario del estudio, y en esta película lo demuestra con creces. El papel de Russell Quinton, el hombre al que Ellen abandona para casarse con Harland, le viene como anillo al dedo. Su innata elegancia y su calculada altivez cuadran a la perfección con el rol que le tocó en suerte en la cinta de Stahl. Price y la bellísima Tirney coincidirían de nuevo en la ya citada EL CASTILLO DE DRAGONWYCK. A partir de los años cincuenta, mantuvo una estrecha colaboración con el genio del cine de terror de bajo presupuesto, Roger Corman, gracias al cual Vincent entraría en el Olimpo de los grandes actores del cine fantástico, convirtiéndose en un icono del mismo y proyectando su fama hasta nuestros días.

© Antonio Quintana Carrandi, (6.431 palabras) Créditos