Resulta curioso como un personaje como Lovecraft, capaz de describir horrores inimaginables y sobrecoger los corazones más fríos, resultaba ser en realidad un tipo apocado y pusilánime. No hace falta repetir por enésima vez su biografía y el espeso ambiente familiar en el que se vivió para comprender su carácter y su evidente forma de escapismo, pero lo cierto es que al bueno de Howard se las daban todas en el mismo carrillo a poco que miraba hacia otro lado.
Este volumen no resulta tan interesante por los relatos que contiene, que van de lo rutinario a lo verdaderamente ingenioso, como por como y por quien fueron escritos, además de que al propio Lovecraft apenas le reportaron algún beneficio económico.
Los cuatro coautores son Hazel Heald (MUERTE CON ALAS y EL HOMBRE DE PIEDRA); Zealia Bishop (EL MONTÍCULO, LA MALDICIÓN DE YIG y LA CABELLERA DE MEDUSA); Adolphe Castro, (LA ULTIMA PRUEBA y EL VERDUGO ELÉCTRICO) y por último W. Blanch Talman (DOS BOTELLAS NEGRAS) Lo primero que salta a la vista en esta antología es que gracias a las aportaciones, en algunos casos muy imaginativas, de estos autores, alejan los relatos de las temáticas y argumentos habituales de la producción propia de Lovecraft. Aunque los relatos son de terror, la influencia del universo lovecraftiano sólo se percibe, y muy claramente además, en las menciones a los horrores imaginados por éste. Como la competencia como escritores de los co-autores también es dispar, la aportación de Lovecraft, que en todos los casos fue contratado como corrector y hasta como negro, también se deja ver en medidas muy diferentes.
En todo caso, lo más chusco es el relato que hace Antonio-Prometeo Moya (traductor además del volumen) de la meticulosidad de Lovecraft como corrector y las detalladas tarifas que cobraba (o pretendía cobrar) por su trabajo, no es que fuera caro, es que no era extraño que le pagaran tarde y mal, y viendo que clase de clientes se buscaba, no era algo extraño. Así, Zealia Bishop se aprovechaba de él de tal forma que por relatos que parecen ser de total autoría de Lovecraft, excepto la idea básica, (LA MALDICIÓN DE YIG) no percibió ni el 10% de lo que la señora Bishop cobró por él, o Adolphe Castro, al parecer un tipo fatuo e insufrible, que consideraba que el límite del 10% también era el adecuado.
No acostumbro a leer prólogos e introducciones, pero en este caso la de Moya es imprescindible, porque además de no dejar títere con cabeza, acota las aportaciones de Lovecraft a cada relato, que como es habitual en las antologías, los hay desde lo muy manido hasta lo verdaderamente brillante.
Empieza el volumen (que por cierto, sigue la muy hispana costumbre de ser un extracto de la edición original, que contiene nada menos que veinte relatos) con MUERTE CON ALAS, una historia de venganza profesional entre entomólogos, bien llevada y, por supuesto, con gran parafernalia de cosas sobrenaturales y maldiciones sin fin.
En EL MONTÍCULO, inspirado casi con toda seguridad en las construcciones de las primitivas tribus tumularias que habitaron Centroamérica y el medio oeste americano. Horrores sin fin en un mundo subterráneo habitado por razas degeneradas y malvadas. Muy del gusto del propio Lovecraft.
Nuevas brujerías y maldiciones en EL HOMBRE DE PIEDRA, aunque en este caso también hay una historia de celos por medio. Como en LA MUERTE CON ALAS, también co-escrita con Hazel Heald, los mitos lovecraftianos tienen poca cabida.
No obstante, se recuperan en LA ÚLTIMA PRUEBA, la historia de los extraños manejos del director médico de San Quintín durante una epidemia de fiebre negra entre los reclusos. Por supuesto, el doctor Clarendon es un tipo muy viajado que ha estado en lugares que no se deben recordar y está asistido por inquietantes fámulos.
El siguiente relato, LA MALDICIÓN DE YIG, es una curiosa mezcla de terror psicológico y la consabida y terrible maldición india. Ya simplemente las descripciones de nidos de serpientes que se hacen dan para hacer sudar a cualquier ofidiofobo, y si a eso se le añade una habitación en la que nadie quiere entrar, está todo servido.
A una de maldiciones le sigue otra de tecnología moderna: EL VERDUGO ELÉCTRICO cuenta como un investigador privado tiene un encuentro con un extraño personaje que se empeña en probar con él su máquina de electrocución portátil. Ni que decir tiene que nuestro héroe no se deja y el extraño es más extraño todavía de lo que parecía.
Mientras Lovecraft sale por la puerta Poe y Wilde se cuelan por la ventana. LA CABELLERA DE MEDUSA tiene todos los ingredientes para ser un epígono de LA CAÍDA DE LA CASA USHER con fuerte influencia de EL RETRATO DE DORIAN GRAY. Casa maldita, familia malditas, matrimonio maldito, enterramiento maldito cuadro maldito, maldiciones africanas y catástrofe inmobiliaria final, con el añadido de extraños seres longevos y malditos, por supuesto.
Cierra el volumen DOS BOTELLAS NEGRAS, el más flojo de todos donde se relata sin mucho entusiasmo un caso de ladrones de almas.