Se habla mucho del héroe conradiano dibujándolo como un tipo solitario que, pese a que las circunstancias le superan, se sobrepone a ellas, llegando incluso a la autodestrucción. Los personajes de Conrad siempre están sujetos a situaciones extremas, que ellos en las más de las ocasiones no buscan, pero que a fuerza de voluntad acaban modelando a su gusto. Eso añade a los héroes conradianos un punto de fatalidad, el éxito o el fracaso dependen de muy poco, nada garantiza el buen término de sus hazañas, pero tampoco éstas acaban necesariamente en desastre.
El caso es que con tanto análisis sesudo de la obra de Conrad siempre se acaba olvidando que es un autor de novela de aventuras, puras y simples. El hecho de que sus héroes se estén librando de la rémora atolondrada del romanticismo, y entrando a saco en el siglo XX, no resta ni un ápice de pasión y amplitud de horizontes a sus relatos, por no hablar de que a Conrad el análisis geopolítico de la situación le suele importar bastante poco, los escenarios en los que planta sus personajes son lo bastante agitados como para que éstos sólo tengan que dejarse llevar, que al cabo es lo que el interesa al autor.
A nadie se le ocurriría situar una novela de aventuras en plena Toscana, la campiña inglesa o la huerta valenciana, a no ser que sean aventuras románticas, que también tienen lo suyo, pero elegir la guerra de independencia chilena como marco de una historia entre el bandolerismo y, también, la aventura romántica, es bastante propio. Primeramente por lo exótico del escenario. Parece como si sólo la selva, el desierto o la mar océana den pie a que aguerridos aventureros busquen cosas o encuentren gentes que les ocasionen una serie bastante entretenida de quebraderos de cabeza.
Conrad decide descartar todo esto y planta a su Gaspar Ruiz en mitad de una revolución austral dejándolo fiado a los caprichos de militarores cerriles y colonos amargados. Como es natural, Gaspar acaba por sacudirse a todos ellos y toma el control de su propia vida, al menos en gran de lo posible, porque el amor y los terremotos tienen mucho que decir en sus decisiones. La cosa es que Gaspar, un fornido soldado, desertor sucesivamente de los ejércitos independentistas y realistas, encuentra el amor, con lo que se convierte otra vez en desertor. Para complicarle más la vida, el objeto de su deseo es una realista rencorosa que no comprende que es mejor estar oprimida por los terratenientes locales que por los lejanos funcionarios españoles, y organiza su propia guerrilla independentista contra los independentista. Al bueno de Gaspar tanto doblez le resulta demasiado complejo, porque lo suyo es el músculo, como acaba demostrando cuando su amada es capturada y, a pocas decenas de metros de recuperarla, se encuentra con un problema tan estúpido como un cañón sin cureña.
GASPAR RUIZ es, finalmente, una novela más que bélica, romántica, pero no de un romanticismo ñoño y cargante, sino del que lleva a hacer del amor y la lealtad instrumentos poderosos, más allá de toda duda.