Los inventores de conspiraciones lo tienen cada vez más difícil, ya van quedando pocos pergaminos en el Mar Muerto y las obras para convertir las abadías en ruinas en Paradores Nacionales han removido de tal forma sus cimientos, que resulta casi imposible que quede alguna cámara secreta sin cementar. Pero eso les pasa por oportunistas, repetitivos y poco imaginativos.
En los últimos años, demasiado influenciados por esa novela conspirativa que se convirtió prácticamente en la única lectura de medio orbe, los autores de best-sellers se han estado imitando los unos a los otros hasta el punto de que leer la contraportada de cualquiera de sus libros sólo despierta hilaridad.
Es una lástima porque la literatura universal les hubiera podido aportar ideas a toneladas, desde la paciente venganza de Edmundo Dantés hasta la desesperación del inspector Rogas, los clásicos antiguos y modernos han tenido la decencia de inventarse sus propias conspiraciones o, al menos, no hacerlas demasiado similares a lo que más se vendía en el momento.
Gonzalo Torrente Ballester no es menos y desarrolla en LAS ISLAS EXTRAORDINARIAS una señora conspiración con un desenlace digno de tal nombre.
Todo empieza cuando un oscuro detective privado es contratado para investigar... ¡una conspiración! El tirano del país vecino se sabe objetivo de una conjura que, no obstante, no ha organizado él mismo. Eso es lo sorprendente del asunto, el dictador mantiene entretenidos a sus servicios secretos, y no tan secretos, maquinando complots contra su persona. De ese modo sabe perfectamente quien está involucrado y cuando culminarán. Si embargo, algo en el ambiente le dice que se está preparando otra en la que él mismo no participa, y eso le desconcierta y hace traer a un experto investigador para que averigüe que ocurre.
El detective recorre el país en busca de pistas, pero nada parece alterar la tranquilidad, el dictador ha permitido hacer y deshacer a cada cual a su antojo, y las parcelas de poder están tan bien repartidas y su alcance tan delimitado, que cambiar las cosas no haría más que perjudicar a todo el mundo. Con el ejército en perfecto estado, el vicio y la diversión permitidos aunque acotados, la oposición política igualmente tolerada y convenientemente vigilada, y los ideólogos del régimen cómodos en su posición, nada ni nadie parece tan estúpido como para organizar nada que altere tan plácido estado de cosas.
No obstante el dictador está en lo cierto, y cuando se desatan los infiernos el detective descubre asombrado hasta que punto había errado en sus deducciones.
La novela es una fábula sobre la parcelación del poder en las dictaduras. Las islas son el reducto de cada una de esas parcelas, la esposa del dictador, su hijo, sus más íntimos colaboradores, han ido ocupando cada una de ellas y se han hecho dueños y señores absolutos de lo que ocurre allí. Como la prosperidad resulta suficiente para los habitantes del archipiélago, y el dictador sólo se dedica a inauguraciones y a su juego de conspiraciones y contraconspiraciones, se ha creado un ambiente tranquilo y plomizo, dominado por una rígida censura y una burocracia reglamentarista y farragosa que hace funcionar el país al ralentí.
En pocas páginas Torrente Ballester da a entender que no hay peor enemigo de la libertad que la molicie, la calma, el tenerlo todo al alcance de la mano, una peculiar extrapolación a todos los niveles del pan y circo romano que tan buenos resultados ha dado a los tiranos a lo largo de la historia.
Pero no hay tiranía eterna.