La Inquisición Española, refundada por los Reyes Católicos en 1478, fue durante sus casi tres siglos y medio de existencia una institución tan temida como odiada.
En aquella época, ya empezaba a hacerse sentir la necesidad de un estado homogéneo y liberado de, al menos, tensiones religiosas. Hay que recordar que en aquella época gran parte de la población de la península era todavía musulmana, con una importante representación judía. Un país inmerso en guerras, expediciones de conquista y decenas de maniobras diplomáticas más, no podía permitirse el lujo de tener en su propio territorio conflictos que distrajeran la atención de tales asuntos, de modo que se hicieron todos los esfuerzos posibles para, al menos, evitar que la religión se convirtiera en catalizador de enfrentamientos y algaradas. Las actuales alabanzas a una época en la que la tolerancia y la convivencia eran moneda común deberían ser señaladas con cuidado; a finales del siglo XIV se vivió una ola de antisemitismo en Castilla y Aragón, con centenares de judíos asesinados, lo que supuso conversiones masivas para escapar de la barbarie.
Para eliminar el problema nada mejor que convertir al cristianismo a todos aquellos que así lo quisieran y expulsar al resto, pero ni las conversiones eran todo los sinceras que deseaban los defensores de la fe, ni las expulsiones tan inmediatas como los sucesivos decretos ordenaban (se prolongaron hasta bien entrado el siglo XVII). Precisamente para verificar la sinceridad de esas conversiones se refundó la Inquisición en España. Había existido otra en el medievo dedicada, sin mucho entusiasmo, a perseguir herejías y desviaciones de la fe. Si todo hubiera quedado en vigilancia y sermoneo esta segunda Inquisición no hubiera tenido más relevancia que la primera, pero los métodos empleados fueron radicalmente distintos.
La persecución a la que sometió a gran parte de la población, fundamentalmente judeoconversos, y la incertidumbre que provocaban sus métodos tan alejados del derecho común, hacían de la Insquisición un tribunal muy mal recibido allá donde se instaurara. Amparada en bulas papales y la dejadez de los sucesivos reyes nunca se atuvo a los mecanismos legales de los tribunales eclesiásticos y menos aún civiles, los procesos se iniciaban gracias a denuncias anónimas, los procesados carecían de cualquier derecho a la defensa, las penas impuestas eran desproporcionadas en relación al crimen cometido, y todo esto se traducía en continuos abusos, persecuciones y venganzas personales.
Este libro de Juan Antonio Llorente, publicado en 1812 al calor de los aires renovadores que prometían la dinastía napoleónica, cuenta los primeros pasos de la Inquisición en Castilla y Aragón, el rechazo frontal que la institución provocaba allá donde pretendía ser implantada, las intrigas de sus partidarios y promotores en la corte española y en el Vaticano para su consolidación, y la arbitrariedad con la que procedía.
Gracias a que Llorente, sacerdote y doctor en derecho canónigo, había sido Comisario y Secretario de la Inquisición, pudo tener acceso a valiosísima información sobre el Santo Oficio, aunque todo hay que decirlo, el hecho de que Llorente fuera inquisidor se debía más bien a la buena paga del puesto (como demuestra el contencioso que mantuvo por su canonigía en Calahorra) que a un verdadero interés por mantener España limpia de herejías y malos pensamientos.
Esta edición facsimil del libro es una curiosidad bastante interesante. No todos los días se puede hojear un libro de casi dos siglos y menos aún encontrar uno con un grado de conservación tal que permita hacerlo sin que se deshaga en las manos. Estas ediciones de Maxtor, además de permitir echar tranquilamente un vistazo a libros de una antigüedad notable, también recuerdan que la impresión era en la época un arte consolidado y muy depurado.