Cada vez que se estrena una superproducción de Hollywood, el público reacciona de formas bien diferentes, cada una de las cuales es un misterio para mí. Están aquellos espectadores consumidores de palomitas que creen que el cine es Norteamérica y lo demás chorradas intelectualoides para estudiantes de letras espinillosos. Estos tipos son incansables: son capaces de deglutir cualquier película con una banda sonora apabullante y ensordecedora, mucha violencia y chicas deslumbrantes, por estúpida y pedestre que sea. Luego están aquellos que creen que ninguna película que conozcan más de cuatro personas y fuera rodada hace menos de treinta años merece la pena ser vista. Estos tipos también son incansables: son capaces de aguantar las ganas de dormir durante horas y horas de proyección en los cines más infames y aunque ustedes crean que son una minoría, hay directores especializados en ellos. Pero seré respetuoso y no daré nombres.
Me parecen dos formas tristísimas de entender el Cine o cualquier otro tipo de Arte. Una buena película es una buena película sea cual sea su nacionalidad, y todas son igual de caras: 6 euros. Lo que cuesta una entrada. Por otro lado, de cuando en cuando merece la pena arriesgarse, y quien no lo hace pierde muchas oportunidades de ver buen Cine.
A ninguno de estos dos tipos de espectadores les gustará EL REY ARTURO. Para Juanito Palomitas hay demasiada roña, demasiado barro y demasiado poco glamour hollywoodiense. Para Borja Perillita, el nombre de Jerry Bruckheimer lo dice todo. En resumen, si es usted de los que no va al Cine a disfrutar del Cine, sino a codearse con anónimos selectos o a zampar kilos y kilos de comida basura viendo unadetiros, lo mejor será que no se moleste.
Antoine Fuqua (Pittsburgh, 1966) ha rodado una película que dista de ser perfecta, pero que no carece en absoluto de méritos. Se le pueden achacar un par de fallos técnicos que no todos los ojos están entrenados para ver, y una cierta confusión con la voz en off del narrador, pero es una historia entretenida e interesante, como lo eran las dos últimas películas que firmó Fuqua: TRAINNING DAY (2001) y LÁGRIMAS DEL SOL (2003). Este afroamericano que se formó en el mundo del videoclip tiene un talento especial para lograr imágenes de gran impacto visual, al tiempo que sabe tratar con respeto y sobre todo sin las ambigüedades morales que se permite Hollywood, temas de cierto calado. En TRAINNING DAY fue la violencia y la corrupción policial, y en LÁGRIMAS DEL SOL, las crisis humanitarias en África. Sin embargo, el tema de fondo en todas ellas, incluida EL REY ARTURO, es del hombre enfrentado a un dilema: el de hacer lo correcto o dejarse llevar. Denunciar a Alonzo (Denzel Washington) en TRAINNING DAY y acabar con su red de corrupción; desobedecer las órdenes y salvar a los refugiados de una misión humanitaria en LÁGRIMAS DEL SOL; renunciar a la seguridad de Roma y proteger a su tierra y su pueblo de la barbarie en EL REY ARTURO.
A mí me ha gustado la película, algo que ustedes no tienen que compartir necesariamente. Me gustan las películas que me emocionan, me cuentan algo y hacen que me lo pase bien. De entre todas, las que tienen por escenario los campos de batalla de la Antigüedad, reales o ficticios, cuando tenías que ver los ojos de tu enemigo si querías matarlo, son quizá aquellas que me hacen alcanzar un mayor nivel de catarsis. Y aún entre estas, las que tratan de la caballería (en sus dos acepciones) son mi grupo selecto. El público español siente un tradicional y patológico odio hacia los héroes, la épica y lo fantástico, y eso ensombrecerá EL REY ARTURO a más de uno, pero no puedo combatir contra quinientos años de tradición picaresca.
El Cine se ha ocupado en muchas ocasiones del Mito Artúrico, y el título que antes nos venía a la cabeza hasta ahora, el Arturo de la infancia para los que tenemos más de treinta años, es EXCALIBUR, de John Boorman (1981). Aquella era una adaptación de LA MUERTE DE ARTURO de Thomas Malory (1469), centrándose en los aspectos psicológicos del mito antes que en las hazañas épicas. Es una excelente película en todos los sentidos, aunque algunas escenas, como la de la cueva, puedan parecer hoy pueriles, y se echaba en falta algo más de presupuesto para las escenas de batallas. Para los que no sólo pasan de los treinta, sino que hace mucho que los dejaron atrás, el referente era LOS CABALLEROS DEL REY ARTURO, dirigida por Richard Thorpe en 1953, que si bien nos parece ahora ingenua y estridente, es una adaptación aún más fiel de Malory que la de Boorman y todavía merece la pena ser recuperada. Para el olvido queda EL PRIMER CABALLERO, dirigida por Jerry Zucker en 1995, en la que Richard Gere hacía el papel de Lancelot. Para los amantes del buen humor, LOS CABALLEROS DE LA MESA CUADRADA (1974), la visión salvaje e irrespetuosa del mundo artúrico de los Monty Phyton.
Y sin embargo, todas ellas, así como las muchas que me he dejado en el tintero, mostraban el Arturo altomedieval recreado por la leyenda, el rey cristiano y cortés ideal, protector de los mejores caballeros del mundo. Nadie, antes de Fuqua, se había ocupado de los orígenes del mito, aquel caudillo britanorromano que luchó contra los invasores sajones en la batalla de monte Badón (que da al film de Fuqua su inevitable final espectacular).
Si aún no han visto la película me gustaría ponerles en antecedentes. Si ya la han visto, nunca han leído una palabra sobre Arturo y les ha extrañado verlo vestido de romano, echen un vistazo a lo que sigue.
La primera noticia sobre él hay que ir a buscarla al siglo IX; un monje galés llamado Nennius, en su HISTORIA BRITTORUM, al hablar de las luchas entre britanos y sajones a finales del siglo V, menciona a Arturo, un jefe militar que luchó victoriosamente en doce ocasiones contra los invasores, siendo la batalla de monte Badón la última de éstas. Los historiadores Gildas y Beda, en los siglos VI y VII respectivamente, ya habían hablado de esta batalla, pero el líder de los britanos era en ambos Aureliano Ambrosio y no Arturo. ¿Se inventó Nennius a Arturo, sacándolo de las viejas tradiciones orales célticas? Hay opiniones encontradas, pero no es mi propósito dar cuenta de ellas en este momento.
Cien años después, en el siglo X, los ANNALES CAMBRIAE vuelven a hablar de Arturo, mencionando en esta ocasión una batalla posterior, la de Camlann, en la que Arturo y Medraut cayeron. Los aficionados a la Materia de Bretaña reconocerán en este Medraut al caballero Mordred, tan importante en la historia artúrica posterior.
En el 1125, William de Malesbury, a la vista de la contradicción entre Gildas y Beda por un lado y Nennius y el autor del HISTORIA BRITTORUM por otro, decide aportar su granito de arena. En su obra GESTA REGUM ANGLORUM, Arturo es el lugarteniente de Aureliano Ambrosio, y no el caudillo de las tropas. Sin duda fue un buen intento, pero el mito de Arturo, aumentado ya por la tradición popular y la fantasía céltica, había calado demasiado hondo y era imposible destronarlo.
Fue Geoffrey de Monmuth quien dio el primer paso para fijar el mito artúrico con las principales características que hoy le atribuimos. Su obra, HISTORIA REGUM BRITANNIAE, terminada en el 1138, intenta narrar la historia de Inglaterra desde su fundación mítica de la monarquía por Bruto, bisnieto de Eneas, hasta la muerte del último monarca bretón. Geoffrey, como cualquier otro historiador medieval, derrocha imaginación a la hora de escribir su obra, que puede ser leída como un cantar de gesta más. En la HISTORIA REGUM BRITANNIAE, Arturo es el fruto de la unión entre el rey Uther Pendragón e Ygerna, esposa del duque de Cornualles. Merlín, que aparece por vez primera y para siempre ligado al futuro monarca, consigue gracias a la magia que el rey logre sus propósitos transformando su apariencia para hacerle pasar por el duque (seguro que recuerdan esta escena de EXCALIBUR). Muerto el duque en combate, Uther puede casarse con Ygerna y reconocer a Arturo como hijo legítimo. A la muerte de su padre, ascenderá al trono, una vez más, gracias a la intervención de Merlín. La espada Excalibur, su esposa Ginebra, la fabulosa corte a la que acuden los caballeros más afamados (Caerleón en la HISTORIA...). Este novelesco Arturo de Geoffrey conquista Irlanda, la Galia, Escandinavia y se enfrenta el mismísimo emperador de Roma, para ser después traicionado por Mordred, a quien se enfrentará en la batalla de Camlann. Mordred muere y Arturo, malherido, es transportado a la isla de Avalón.
La fabulación de Geoffrey de Monmouth hay que entenderla en el contexto en que se produce. En el siglo XI, Guillermo el Conquistador, hijo del duque de Normandía, invade la Inglaterra dominada por los anglosajones (que a su vez habían invadido el país a finales del siglo V, como hemos visto). La antigua nobleza sajona es desplazada por los normandos, y los nuevos dueños de la isla vieron con muy buenos ojos la historia pergeñada por Geoffrey de Monmouth, en la que un mítico monarca britano había derrotado y humillado a los sajones. El pasado (aunque fuera un pasado inventado) servía (ni por primera ni por última vez) para legitimar la nueva situación política.
Por otro lado, hay un hecho de gran trascendencia para la historia europea que contribuyó a dar una armazón conceptual y ética al mito de Arturo como rey de Bretaña, y es la aparición a partir del s. X en los campos de batalla de un nuevo tipo de caballería pesada, dotada no sólo de un tipo particular de armamento, sino también de un código ético. La aparición del estribo en el siglo VIII permitió la aparición de una verdadera caballería, con métodos de combate propios y diferentes de los de la infantería. Los siglos XII al XV, sus años dorados, no son en vano también los del mito artúrico.
Después del bueno de Geoffrey, tenemos que hablar de un tipo llamado R. Wace, un clérigo cortesano que dedicó su largo poema titulado ROMÁN DE BRUT (es el año 1155) a la famosa Leonor de Aquitania, madre de Ricardo Corazón de León. La intención de Wace era verter en lengua romance (el francés) la crónica histórica de Geoffrey de Monmuth, dando así el primer paso para la literaturización del mito de Arturo. La principal aportación de Wace a la evolución del mito es nada más y nada menos que la Mesa Redonda, en torno a la cual Arturo reunía a sus caballeros. Pero sería el francés Chrétien de Troyes el primero que daría a Arturo a la historia de la novela europea. En sus obras, Arturo es el monarca ideal de la literatura cortés que cede el protagonismo a los caballeros que frecuentan su Corte. Las más famosas, y también las de mayor calidad son EL CABALLERO DE LA CARRETA, dedicada a Lancelot, y la inacabada EL CUENTO DEL GRIAL, que teñiría para siempre de misticismo cristiano las aventuras mundanas de un puñado de caballeros bretones. Se trata de historias caballerescas extraordinariamente amenas, incluso para los viciados gustos del público moderno y de una suave ironía ante los hechos tratados. Además de haber introducido, para desgracia de la literatura, el tema del Santo Grial en el mito, la principal aportación de Chrétien es haber fundido para siempre el tema del amor cortés en el mito de Arturo y sus caballeros, encarnado de forma imperecedera en el amor imposible de Lanzarote hacia su reina, Ginebra.
En EL CUENTO DEL GRIAL, (de 1190) el joven caballero Perceval contempla en el castillo del Rey Pescador una extraña procesión que porta tres misteriosos objetos: una lanza de cuya punta mana continuamente una gota de sangre, el resplandeciente Grial y una bandeja de plata. Perceval, por timidez, no hace la pregunta oportuna: cuál es el significado de la procesión. Después sabrá que así ha perdido la oportunidad de acabar con la desgracia del Rey Pescador. Sí, sí, vayan corriendo a rescatar la película de Terry Gillian, ahora que tienen alguna pista, pero lean primero EL CUENTO DEL GRIAL.
El poema quedó inacabado y nunca se sabrá cual era el significado de la lanza, la bandeja de plata y el Grial, al menos los que le daba Chrétien. Varios poetas secundarios escribieron diversas continuaciones que proponían explicaciones alternativas. No nos ocuparemos de ellas por falta de espacio, pero lo importante es esto: el tema de la búsqueda del Santo Grial convertiría (y esto es una opinión propia y no transferible) una estupenda leyenda céltica y guerrera en una sucesión de piadosas y cargantes historias de propaganda cristiana.
El ROMAN DE L'ESTOIRE DOU GRAAL (1190), de Robert de Boron, es la única obra completa que conservamos de un vasto proyecto literario en varios tomos que abarcaría toda la historia desde el origen del Graal como el vaso utilizado por Cristo en la Última Cena hasta el final apocalíptico del mundo artúrico. Otras obras que profundizaban con mayor o menor fortuna en el mismo tema era el PARZIFAL de Wolfram von Eschenbach (hacia el 1220) o el anónimo PERLESVAUS O EL ALTO CUENTO DEL GRAAL (principios del siglo XIII).
Por las mismas fechas que el PERLESVAUS se fecha el gran ciclo conocido como Vulgata Artúrica, formado por HISTORIA DEL GRAAL, MERLÍN, LANZAROTE DEL LAGO, DEMANDA DEL SANTO GRAAL y LA MUERTE DEL REY ARTURO. Su éxito fue inmediato y total y fue considerada durante muchos años como la versión total y definitiva del mito artúrico. LA MUERTE DE ARTURO, de Thomas Malory (1469), tomada como base siempre de las historias sobre el Rey Arturo, es una refundición del texto de la Vulgata. Tanto una como otra acaban en un final cruento en el que reino de Arturo perece sin remedio en la lucha fraticida contra Mordred.
A finales del siglo XV, cuando Malory escribe su obra (que no recomiendo a nadie si no padece de insomnio), el final de la caballería estaba sellado por los nuevos métodos de combate. Las historias que la rememoraban no podían ser más que vanos intentos de dar lustre a un pasado deslumbrante y definitivamente falso en el que toda una clase social basaba su prestigio. Malory no supo darle a su obra la ironía que había distinguido a Chrétien y que permitiría poco después a Ariosto distanciarse lo suficiente de su Orlando. Era un inglés grave y amargado, y después de todo, escribir en la cárcel no anima demasiado.
Sin embargo, el mito del Rey Arturo y los caballeros de la Mesa Redonda han formado parte no ya de la historia de Gran Bretaña, sino de Europa, tanto como el Derecho Romano, la tradición bíblica y la Revolución Francesa. En España, dejaron su huella en el género de las novelas de caballerías, de tan extraordinaria difusión durante los Siglos de Oro, y fueron el sustrato literario sobre el que se cimentó la obra cervantina.
Varios siglos y varios escritores contribuyeron a sacar a un caudillo guerrero britanorromano de las brumas de la leyenda céltica y le entronizaron como el caballero ideal de la Cristiandad Medieval. La Iglesia, preocupada por las hazañas mundanas de la caballería real, utilizó el mito para intentar crear una caballería cristiana al servicio de ideales cristianos, encarnados en la literatura en Perceval y Galahad y en la realidad en los monjes/soldado de las diversas Órdenes Militares.
Volvemos así al objeto primero de este pequeño texto, esto es, la película de Antoine Fuqua. Además de sus posibles valores cinematográficos, que podemos discutir cuando ustedes quieran y al fin y al cabo dependen de los gustos, su principal mérito ha sido el de devolver a Arturo a su terruño, despojándole de mil quinientos años de piedad medieval, de falso misticismo y de insoportable ñoñería. Si a partir de Chrétien de Troyes, el rey cortesano cede a sus caballeros el protagonismo de las aventuras, ahora ha vuelto a empuñar la espada, convertido en jefe de caballeros sármatas paganos y en rey hereje. Esperemos que sea por largos años y que otro director no vuelva a ensuciar el mito.
GARCÍA GUAL, Carlos. HISTORIA DEL REY ARTURO Y DE LOS NOBLES Y ERRANTES CABALLEROS DE LA TABLA REDONDA. Biblioteca artúrica. Alianza editorial. Madrid, 2003.
MONMOUTH, Geofrey . HISTORIA DE LOS REYES DE BRITANIA. Biblioteca artúrica. Alianza editorial. Madrid, 2004.
FLORI, Jean. LA CABALLERÍA. Historia. Alianza editorial. Madrid, 2001.
CONTAMINE, Philippe. LA GUERRA EN LA EDAD MEDIA. Nueva Clio. Labor. Barcelona, 1984.