Pensemos con la cabeza de pensar, apliquemos eso que nadie sabe lo que es pero que todo el mundo dice tener y que conocemos como sentido común. Si alguno de vosotros, amables lectores, os habéis hecho alguna vez la pregunta de si la mentira está institucionalizada en nuestra sociedad moderna y os habéis contestado que no, que no lo está, solo queda desearos buenos días y que Dios os conserve la vista.
La mentira institucionalizada hoy día se llama marketing, palabreja inglesa bajo la que se esconde lo que los antiguos llamaban retórica. Consiste ésta en el buen decir, independiente de lo que se diga, dando igual si las palabras contienen verdad o mentira, indiferentes al contenido expresado. Cuando se habla retóricamente se puede defender cualquier barrabasada pero tan bien dicho que tiene la apariencia de la verdad. Se vence y convence no con el fondo sino con la forma. Es un bluf pero tan bien presentado que nadie diría que lo es. Y eso es Marketing.
Marketing en nuestra sociedad moderna es todo aquello que nos ayuda a vender nuestro producto. Es fundamental para cualquiera que desee que los demás, en general, consuman lo que a nosotros, en particular, nos interesa que consuman. Para ello diseñamos envoltorios, eslóganes, nombres y colores, imágenes y palabras, bellas, sugerentes, impactantes. Tiramos de psicología, sociología, antropología y cualquier otra logía que nos dé claves para acceder a esa parte del cerebro que decide a la hora de decidirnos a comprar, a consumir.
Y de los contenidos, como en retórica, nos olvidamos. Porque para vender no hace falta hablar de lo que se vende, de sus características o bondades, de sus efectos o cualidades. Solo hay que presentar los logotipos, las marcas, los colores y las imágenes e incitar a que pasen por caja. Para vender se ponen chicas y chicos guapísimos, jovencísimos y educadísimos en casas amplísimas, brillantísimas y decoradísimas. Y están vendiendo, por ejemplo, un preparado laxante para cuando el estreñimiento hace de nuestra vida un constante penar. Cuanto más teta o culo, lujo o señorío, juventud o prestancia aparezcan en la pantalla del televisor mejor se venderá un coche o una colonia de baño, o un seguro de vida. Los modelos son jóvenes, bellos, elegantes y ricos, muy ricos. Y cuando aparece algún anciano no se parece a la madre o al padre de cualquiera de nosotros, no, parece acabado de planchar, con una sonrisa beatifica, un peinado de diseño y apariencia de llevar una vida descansada y relajada, nada llena de los sobresaltos que todos los demás mortales tenemos que soportar.
¿Y hasta cuando vamos a soportar todo esto? Exactamente hasta que veamos esta mentira permanente como una mentira propia, dicha particular y expresamente a nosotros, como si alguien de nuestro entorno mas directo nos mintiese descaradamente y lo pillásemos con las manos en la masa. Si lográsemos hacer que estas mentiras nos duelan exactamente igual que si nos mienten en casa o en el trabajo estaríamos en el buen camino. Solo cuando seamos críticos con lo que nos entra por los ojos y los oídos podremos empezar a reaccionar.
Yo por si acaso comento con mi hija de 9 años todos los anuncios publicitarios que vemos en televisión, haciendo siempre hincapié en las diferencias entre lo que vemos y la realidad que nos rodea. Es una labor lenta y cansada pero que deseo que lleve mi hija a un lugar en el que la mentira sea evidente y sea despreciada por ello sin más. A partir de ahí empieza un futuro mejor.