Evolutivamente la vista es el más moderno de los sentidos, y el más importante para muchos seres vivos superiores, entre ellos el hombre. Básicamente consiste en la detección mediante un órgano especializado, el ojo, de las radiaciones electromagnéticas comprendidas dentro de cierto rango de frecuencias, denominadas por ello luz visible.
El ojo humano, al igual que el del resto de los vertebrados, capta la radiación comprendida entre los colores rojo y violeta, siendo ciego tanto a las frecuencias inferiores (los rayos infrarrojos, detectables por el cuerpo en forma de calor) como a las superiores (los rayos ultravioleta) La razón por la que el ojo de los vertebrados es sensible a ese rango de frecuencias y no a otro distinto, como las ondas de radio o los rayos gamma, es sencilla: se trata de la fracción de la radiación solar que llega preferentemente hasta la superficie de nuestro planeta. No obstante, otros grupos animales como los insectos, cuyos ojos han seguido un diseño evolutivo diferente, son capaces de percibir parte de la radiación ultravioleta, permaneciendo ciegos en cambio al color rojo. Algunas serpientes, por último, poseen órganos especializados, diferentes de los ojos, que les permiten ver hasta cierto punto la radiación infrarroja, es decir, el calor emanado por sus presas.
Aunque dentro de los vertebrados el rango de visión de los ojos es similar en todos ellos, no ocurre lo mismo con su sensibilidad. Las células sensibles a la luz que existen en la retina (la membrana que cubre la parte posterior del interior del ojo) son de dos tipos: los bastones, sensibles a la intensidad luminosa, y los conos, sensibles a los colores. Algunos animales de hábitos nocturnos, como por ejemplo los felinos, tienen una visión adaptada a situaciones de poca luz, pero en cambio sus ojos son relativamente poco sensibles a los colores ya que su visión se puede considerar como daltónica o incluso en blanco y negro. Otros animales diurnos como los primates, por el contrario, tienen (tenemos) una excelente visión en colores, pero mucho más deficiente por la noche.
En la ciencia-ficción son relativamente frecuentes los relatos en los que la vista juega un papel importante. Así, en la novela de John Wyndham EL DÍA DE LOS TRÍFIDOS uno de los clásicos del género, se plantea el tema del colapso de la civilización simplemente porque un fenómeno luminoso inusitado, atribuido inicialmente al paso de la Tierra a través de la cola de un cometa y más adelante a una posible arma secreta instalada en los satélites artificiales (eran los tiempos de la guerra fría) deja repentinamente ciega a la inmensa mayoría de la humanidad, la cual queda así desvalida. Otro ejemplo clásico es el relato de John Varley LA PERSISTENCIA DE LA VISIÓN donde se describe una peculiar sociedad formada por personas ciegas y sordomudas que, pese a sus limitaciones, consiguen salir adelante gracias a unas nuevas pautas sociales creadas por ellos mismos. También es conocida la novela de Bob Shaw PERIPLO NOCTURNO donde un espía cegado por sus enemigos idea un artilugio, camuflado en forma de unas inofensivas gafas, que le permite ver a través de ojos ajenos, humanos o animales. También de este autor es OTROS DÍAS, OTROS OJOS donde se describe el curioso ingenio del vidrio lento, un cristal que absorbe lentamente la luz para irla emitiendo poco a poco después. Aproximadamente treinta años más tarde, ya en las postrimerías del siglo XX, Arthur C. Clarke y Stephen Baxter firmaron la novela LUZ DE OTROS DÍAS en la que retoman la idea original de Shaw para plantear las consecuencias sociales de un invento que permite que cualquier persona pueda espiar a su antojo al resto de la humanidad, lo que supone la extinción inmediata de cualquier atisbo de intimidad.
Dentro ya del campo de los cómics no podemos olvidar a Daredevil, el superhéroe ciego conocido también en España como Dan Defensor, que suple su limitación física gracias a sus poderes paranormales.
En el campo de la literatura general tenemos el llamativo ejemplo del libro ENSAYO SOBRE LA CEGUERA del premio Nobel de literatura José Saramago, en el que se especula sobre las dramáticas consecuencias que podría acarrear para la humanidad una ceguera repentina expandiéndose a modo de epidemia. Aunque el planteamiento inicial parece similar al de EL DÍA DE LOS TRÍFIDOS su desarrollo es lógicamente muy diferente, al no interesarse el autor portugués por los tópicos tradicionales del género.
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