1.- Astronomía. Nebulosa de Orión. Descubierta en 1610 por el astrónomo francés, Nicola Fabri de Peiresc, es un cúmulo de gas y polvo que emite una tenue luminosidad a causa de un fenómeno de excitación producido por las estrellas que se encuentran en su interior. Se halla en la célebre constelación de Orión, y puede observarse fácilmente con binoculares o con un telescopio de poca potencia.
En el interior de la nebulosa se perciben cuatro estrellas muy próximas, conocidas como el Trapecio de Orión, Orionis), con magnitudes respectivas de 5,4, 6,9, 7 y 8. Una de ellas es la responsable de los fenómenos de excitación que produce sobre la nebulosa y que hacen que esta sea visible a nuestros ojos. Distante unos 1.500 años luz de la Tierra, su diámetro es de unos 25 años luz, y la cantidad de materia que contiene equivale a 10 masas solares.
En los últimos años ha adquirido una gran importancia puesto que en algunas regiones se están produciendo fenómenos de condensación de la materia muy similares a los que se supone que fueron el origen de nuestro sistema planetario. También está en el punto de mira de los astrobiólogos, ya que en ella se han localizado moléculas orgánicas interestelares.
2. Astronaútica. Proyecto Orion. Nació en los años 50 como una alternativa a los vehículos espaciales de propulsión química. La idea básica consiste en emplear una tecnología bien probada, la de las armas nucleares, para propulsar un vehículo haciendo estallar pequeñas bombas atómicas detrás de la nave. Aunque la idea parece inicialmente absurda, un estudio detallado revela que es un concepto que puede ser llevado a la práctica. El concepto en el que se basaba Orion fue puesto a prueba con éxito por un grupo privado en 1959 usando explosivos químicos, y se empezó entonces a desarrollar el vehículo real bajo el patrocinio del gobierno de los EE.UU..
Tras la firma del Tratado de Limitación de 1963, que prohíbe las armas nucleares en el espacio, el proyecto fue cancelado.
La idea de la propulsión tipo Orion ha tenido escaso eco en el género, aunque aquí los autores han aprovechado precisamente el aura de peligro que encierra un proyecto así. El mejor ejemplo es sin duda alguna NAUFRAGIO, de Charles Logan. Algunos españoles se han atrevido también a tocar el tema, como ocurre en SEMILLA, un relato de Juan Miguel Aguilera que posteriormente novelizó junto con Ricardo Lázaro en LA LLAVOR DEL MAL.
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