A diferencia de los conceptos de campo de fuerza y de escudo, las corazas son sistemas de defensa pasiva que forman parte íntima de la estructura del objeto que defienden y que no se pueden modificar o redireccionar para garantizar una mayor calidad de defensa.
El ejemplo típico de corazas son las de los acorazados, enormes barcos de guerra con gruesos cascos capaces de resistir impactos directos con ciertas garantías. Lógicamente, para mover un navío de tal tamaño se precisan potentísimos motores, lo que se aprovecha además para armarlos con cañones que superan en ocasiones los 40 centímetros de calibre.
Sin embargo, este concepto de defensa está cada día más en desuso debido a la lentitud que implica el enorme peso de las corazas. Se tiende a blindajes mucho más ligeros pero incrementando la velocidad del objeto protegido, de modo que sea un blanco difícil de fijar.
En la ciencia-ficción las corazas han tenido un amplio uso en las naves espaciales, herederas directas de los acorazados marítimos como en la mismísima serie de Las Fundaciones, de Asimov. Sin embargo, al ser un recurso tecnológicamente primitivo, se prefiere la aplicación de campos de fuerza o escudos, que además son más eficaces dramáticamente.
Sin embargo, la tradición de armaduras, o corazas de uso personal, ha tenido siempre gran predicamento entre los autores de ciencia-ficción bélica, y obras como LA GUERRA INTERMINABLE, TROPAS DEL ESPACIO o la española La Saga de los Aznar, han dado asombrosos ejemplos de la utilización de las mismas.