El clima es el conjunto de una serie de factores tales como la temperatura, la pluviosidad, la presión atmosférica, la altitud sobre el nivel del mar o los vientos, y constituye un elemento fundamental a la hora de determinar la habitabilidad de un lugar concreto, sea éste una isla o el planeta Tierra, dado que los seres vivos sólo son capaces de subsistir en una condiciones climáticas muy limitadas.
Aunque en una primera aproximación el clima depende de la irradiación solar, que a su vez es función de la distancia media al Sol, son muchos los factores que determinan que el clima varíe enormemente de unos lugares a otros de nuestro planeta. Así, intervienen la latitud (por regla general cuanto más cercano al polo, más frío), la inclinación del eje de rotación sobre el plano de la eclíptica (causante de las fluctuaciones estacionales), y otros factores de índole más local tales como la cercanía a grandes masas oceánicas, la existencia de cordilleras capaces de detener los grandes frentes procedentes del mar o la altitud sobre el nivel del mar, que hace decrecer la presión atmosférica media y la temperatura. Asimismo, tampoco se pueden ignorar otros fenómenos tales como las corrientes marinas (cálidas como la del Golfo, o frías como la del Labrador) o incluso la propia rotación terrestre, responsable de las fuerzas de Coriolis que, a su vez, son las causantes de fenómenos tales como los vientos alisios o los huracanes y ciclones.
El resultado de todo ello es un complejo mosaico que hace que no sólo pueda haber variaciones significativas de clima en distancias relativamente cortas, sino que además en un sitio determinado las fluctuaciones estacionales, en principio cíclicas, puedan presentar grandes variaciones de un año a otro. Eso sí, conviene no confundir meteorología con clima, ya que la primera considera las fluctuaciones a corta escala mientras que la segunda lo hace en períodos de tiempo mucho más largos. Así, que un año haya inundaciones y al año siguiente sequía, algo por cierto sumamente común en España, no puede ser considerado como una variación climática, sino como una simple fluctuación meteorológica; sólo cuando existe una tendencia clara hacia un cambio permanente en uno u otro sentido, puede hablarse de un cambio climático.
Lo cierto es que el clima cambia, aunque la frecuencia con la que estos cambios tiene lugar en ningún caso suele bajar de varios miles de años, pudiendo alcanzarse en ocasiones los millones. Lógicamente esto nos lleva mucho más allá de los registros históricos (no digamos ya de las estadísticas meteorológicas, que alcanzan, en el mejor de los casos, a poco más de un siglo), pero existen maneras indirectas de estudiar estos cambios. Gracias a los registros paleontológicos y geológicos se sabe que hubo períodos en los que la mayor parte de la Tierra alentó bajo un clima tropical y, al contrario, otros en los que los hielos cubrieron buena parte de la superficie terrestre, tal como ocurrió durante las conocidas glaciaciones del período Cuaternario.
¿Por qué se modifica el clima? Las causas que lo provocan son complejas y, aún hoy, no son demasiado bien conocidas. Una de ellas es sin duda la variación de la irradiación solar, que viene producida por dos fenómenos diferentes: por un lado, las pequeñas irregularidades existentes en la órbita de la Tierra que, debido a las perturbaciones del resto de los planetas del Sistema Solar, no es una elipse perfecta. Por otro, las propias variaciones en la actividad solar, que hacen que esta estrella no siempre emita la misma cantidad de radiación.
Otros factores ya a escala planetaria podrían ser la deriva de los continentes (la Antártida llegó a estar inicialmente en las cercanías del ecuador) o el efecto invernadero provocado por ciertos gases existentes en la atmósfera, principalmente el dióxido de carbono, que tiene como consecuencia una elevación de la temperatura; este último puede llegar a ser muy importante, tal como ocurre actualmente en Venus o, como se supone, ocurrió en la Tierra primitiva antes de que las plantas comenzaran a convertir este gas, entonces muy abundante, en materia orgánica liberando en su lugar oxígeno.
Por último, hay que considerar también las perturbaciones causadas por la actividad humana. Por un lado está el ya citado efecto invernadero, que se traduce en un recalentamiento global del planeta; la combustión indiscriminada de combustibles fósiles (carbón y derivados del petróleo) ha provocado un aumento significativo de la cantidad de dióxido de carbono presente en la atmósfera, lo que hace temer que el recalentamiento subsiguiente pueda acabar provocando alteraciones importantes en el clima. A nivel local se conocen casos de desertificación de territorios, ya desde antiguo, a causa de la sobreexplotación de los recursos naturales (en especial el agua, como ha ocurrido recientemente con el moribundo mar de Aral) o de la deforestación de vastas extensiones antaño arboladas. De todos modos, y debido al solapamiento de estos fenómenos con los complejos ciclos climáticos naturales, resulta muy difícil delimitar la influencia de cada uno de ellos aunque, claro está, cuanto menos se juegue con la naturaleza, siempre será mejor.
Prácticamente siempre que la ciencia ficción ha abordado este tema, lo ha hecho desde el punto de vista catastrofista del cambio climático. Así tenemos la película EL DÍA DE MAÑANA (Roland Emmerich, 2004) que nos relata cómo el efecto invernadero puede provocar el advenimiento de una nueva era glaciar. En EL MUNDO SUMERGIDO, de J.G. Ballard se describe un mundo futuro en el que una inusitada actividad solar ha supuesto el recalentamiento de la Tierra y la fusión de los casquetes polares, por lo que las aguas han anegado los continentes y la tierra disponible ha disminuido dramáticamente, ahogada, además de por el agua, por una pujante jungla tropical que avanza inexorable hacia el norte. El mismo argumento, pero todavía más drástico a la par que poco verosímil, puesto que plantea la desaparición de la totalidad de la tierra firme, es el planteado por la película WATERWORLD (Kevin Reynolds, 1995). Otros ejemplos son la novela de George Turner LAS TORRES DEL OLVIDO, o los climas extraterrestres de LA MANO IZQUIERDA DE LA OSCURIDAD, la conocida novela de Ursula K. Leguin.
Otros autores, por el contrario, han preferido especular con un hipotético cambio climático opuesto, es decir, el enfriamiento, provocado de forma brusca por una guerra atómica, el denominado invierno nuclear; esta hipótesis, popularizada por el conocido astrónomo y divulgador científico Carl Sagan, postula que, la liberación en la atmósfera de ingentes cantidades de polvo y materias en suspensión, a consecuencia del estallido de numerosas bombas termonucleares, crearía una capa que, a modo de espejo, reflejaría parte de la radiación solar provocando el enfriamiento del planeta, tal como parece ser que ocurrió, a escala reducida pero mensurable, a raíz de la gigantesca erupción volcánica que en 1883 lanzó por los aires a buena parte de la isla indonesia de Krakatoa. Asimismo, se piensa que la caída sobre la Tierra de un asteroide o un cometa provocaría también este mismo efecto, que habría sido el causante de la extinción de los dinosaurios. Ejemplos de este tipo serían EL CARTERO de David Brin o ¡TIERRA! de Stefano Benni en lo relativo a un conflicto bélico como detonante; dentro del apartado de catástrofes cósmicas, podría reseñarse EL MARTILLO DE DIOS, de Arthur C. Clarke o EL MARTILLO DE LUCIFER, de Larry Niven y Jerry Pournelle. En el apartado de películas, se puede reseñar QUINTETO (Robert Altman, 1979)
Otras variantes de catástrofes climáticas imaginadas por los escritores de ciencia ficción son las causadas por el verano ozónico, que acarrea la caída de un cometa en la Tierra, en la novela EL FINAL DE LA TIERRA, de Frederik Pohl y Jack Williamson, o por la explosión de una supernova en INFIERNO, de Fred y Geoffrey Hoyle. En todos los casos, no obstante, nos encontramos con la premisa común de que estos cambios climáticos traen como consecuencia el colapso de la sociedad tal como la conocemos.
En lo que respecta a otros planetas diferentes de la Tierra, los autores de ciencia ficción han imaginado, en numerosas ocasiones sin el menor rigor científico, muchos tipos diferentes de climas, desde los tópicos de la época pulp que recreaban un Venus tropical y un Marte desértico y moribundo, hasta mundos tan exóticos (?) como el DUNE de la interminable n-logía escrita por Frank Herbert y herederos, trasunto de un Sahara a nivel planetario. Caso extremo, aunque justamente el opuesto al anterior, sería el descrito en LA MANO IZQUIERDA DE LA OSCURIDAD, cuyo argumento transcurre en un planeta, propiamente llamado Invierno, en permanente glaciación. En cuanto al MUNDO INFIERNO de Harry Harrison el título lo dice todo, aunque en este caso la condición de infernal no se debe solamente al clima, sino también a una gravedad desmesurada y a una fauna y una flora al lado de las cuales las más feroces alimañas terrestres son unos inofensivos corderitos... un lugar ideal para ir de vacaciones, vamos.
Por supuesto, toda la ciencia-ficción en su versión ecológica podría entrar también en este apartado.
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