Los asteroides forman parte de los denominados cuerpos menores del Sistema Solar junto con los satélites y los cometas El primero de ellos, Ceres, catalogado en 2006 como planeta enano, fue descubierto por el astrónomo italiano Giuseppe Piazzi el 1 de enero de 1801, siguiéndole poco después otros nuevos: Palas, Juno, Vesta y muchos más. En la actualidad (febrero de 2008) hay ya catalogados más de ciento setenta mil, y están descubiertos muchos más a la espera de su catalogación definitiva, calculándose su número total quizá en centenares de miles. Tan sólo un pequeño número de ellos, menos de un centenar, han sido descubiertos por astrónomos españoles o desde observatorios españoles, destacando por su labor el barcelonés José Comas Solá, descubridor a principios del siglo XX de un total de once. Los restantes fueron detectados en su mayoría a partir de la década de los noventa de ese mismo siglo.
Gran parte de los asteroides orbitan entre Marte y Júpiter, en el denominado cinturón de asteroides, aunque algunos describen trayectorias orbitales distintas. Los denominados NEO (asteroides Aphoele, asteroides Atén, asteroides Apolo y asteroides Amor) discurren por el Sistema Solar interno, sin rebasar salvo en algunos casos la órbita de Marte. Los astrónomos especulan con la posibilidad de la existencia de otro grupo con órbitas internas a la de Mercurio, llamados por ello asteroides Vulcano, o vulcanoides, en recuerdo del hipotético planeta que se creyó descubrir en esta región del espacio.
Otros asteroides, por el contrario, recorren las remotas regiones del Sistema Solar exterior más allá de la órbita de Júpiter, como es el caso de los asteroides Centauro, Hidalgo y Damocles. Estos últimos describen trayectorias similares a las del cometa Halley, creyéndose que se pueda tratar de núcleos de antiguos cometas que, tras sucesivos pasos por las cercanías del Sol, han perdido la totalidad de sus componentes volátiles. Más allá de Neptuno se encuentra otro gran grupo de astros, los transneptunianos y los objetos del disco disperso.
Los asteroides Troyanos, por último, comparten las órbitas de los planetas mayores en los puntos de Lagrange de las mismas; aunque la mayor parte de ellos acompañan a Júpiter, varios son troyanos de Marte (aunque esta condición no está del todo clara) y de Neptuno.
Por lo general, los asteroides suelen ser de pequeño tamaño. Ceres, el más grande conocido hasta hace poco, apenas tiene mil kilómetros de diámetro, y aunque en el cinturón principal existen varios de algunos centenares de kilómetros de magnitud, como Palas, Vesta e Hygiea, las dimensiones de la mayor parte de ellos son de apenas unos cuantos kilómetros o incluso menores, con formas irregulares similares a las de los satélites menores del Sistema Solar.
Los transneptunianos y objetos del disco disperso descubiertos hasta ahora son, en su conjunto, de bastante mayor tamaño que sus homólogos del Sistema Solar interior, excediendo varios de ellos a Ceres e incluso al propio Plutón, por lo que no está nada claro en estos momentos si debido a su considerable tamaño han de ser considerados asteroides o planetas enanos.
La nomenclatura de los asteroides catalogados está compuesta por un número ordinal, que indica el orden de catalogación, y un nombre propio asignado por su descubridor. Aunque en un principio se empezó respetando la tradición de utilizar nombres mitológicos procedentes del panteón grecorromano, al incrementarse su número se comenzaron a proponer denominaciones astronómicas de lo más variado y, en ocasiones, incluso pintoresco.
Dentro del campo de la ciencia-ficción los asteroides han tenido su importancia. En numerosas novelas de serie B se creó la falsa imagen de que constituían una barrera prácticamente infranqueable para las astronaves, e incluso películas tan conocidas como EL IMPERIO CONTRAATACA inciden en este tópico mostrándonos al Halcón Milenario atravesando un abigarrado campo de estos objetos.
Quizá por una analogía romántica con la multitud de islas existentes en algunas zonas de la Tierra, como por ejemplo el Caribe, otra imagen dada por los asteroides en la ciencia-ficción ha sido una mezcla de explotaciones mineras (se supone que algunos de ellos, aunque no todos, pueden suponer unas importantes reservas de metales) con unos territorios sin ley, patrimonio de unos piratas siderales calcados de los bucaneros caribeños. La descripción más tópica de los mismos es posiblemente la dada por Isaac Asimov en su serie de Lucky Starr, en la que uno de los títulos es, precisamente, LOS PIRATAS DE LOS ASTEROIDES. Asimismo Vesta aparece en el primer relato publicado por este prolífico autor, el cual lleva por título AISLADOS DE VESTA.
Imágenes más realistas de los asteroides son las dadas por Frederik Pohl en MINEROS DEL OORT, por Greg Bear en MARTE SE MUEVE y por Kim Stanley Robinson en MARTE ROJO. El asteroide más famoso del género se debe también sin duda a Frederik Pohl y a su conocida serie de PÓRTICO, siendo éste el nombre del asteroide en el que los Heeches construyeron su base. En la trilogía formada por LEGADO, EÓN y ETERNIDAD, Greg Bear narra la aparición de un asteroide cerca de la Tierra al cual se le bautiza con el nombre de La Piedra, aunque en realidad se trata de Juno excavado y terraformado en su interior. Los asteroides troyanos aparecen citados en LA PAJA EN EL OJO DE DIOS, de Larry Niven y Jerry Pournelle, y en LOS PROSCRITOS DEL CINTURÓN DE CIELO, de Joan D. Vinge. Los autores españoles Javier Redal y Juan Miguel Aguilera, por último, también recurren a los asteroides en su conocida obra MUNDOS EN EL ABISMO.
La posibilidad de un choque catastrófico entre la Tierra y un asteroide, planeta o meteoro (algo, por cierto, ligüísticamente incorrecto en español, puesto que un meteoro no es un meteorito de gran tamaño sino un fenómeno meteorológico como la lluvia, el viento o el granizo, por más que los traductores no quieran darse cuenta de ello), que según algunos científicos fue la causa de la extinción de los dinosaurios, cuenta con varios ejemplos dentro del cine de ciencia-ficción. Quizá la película más antigua que aborda este tema sea la francesa LE FIN DU MONDE (1931), a la que siguieron la clásica CUANDO LOS MUNDOS CHOCAN (1951), BATALLA MÁS ALLÁ DE LAS ESTRELLAS (THE GREEN SLIME) (1969), donde el asteroide Flora se desvía de su órbita amenazando con caer sobre la Tierra, METEORO (1979) y las recientes DEEP IMPACT y ARMAGEDDON, ambas de 1998. En lo que respecta a novelas cabe reseñar EL MARTILLO DE DIOS, de Arthur C. Clarke.
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