Para Pascual Enguídanos la formación del sistema solar sigue un sistema bastante sencillo: Todos los planetas se habían iniciado como bolas de fuego que poco a poco se fueron enfriando desarrollándose en ellos la vida, dependiendo el ritmo de esta evolución fundamentalmente del tamaño de los astros.
Así los planetas pequeños serían pétreos por haberse enfriado hace ya tiempo, mientras los planetas gigantes (Júpiter y Saturno fundamentalmente) estarían todavía en estado incandescente, lo que explicaría la habitabilidad de Ganímedes. Urano y Neptuno, de un tamaño intermedio, se encontrarían asimismo en un estado intermedio, contando con una corteza sólida de poco espesor cubriendo el núcleo fundido del interior del planeta. Por supuesto tales teorías, aunque ingeniosas, habrían sido descartadas por cualquier astrónomo aficionado de la época; pero la falsedad de los postulados no impide que Enguídanos nos regale con uno de los mejores episodios de la Saga de los Aznar, la lucha entre terrestres y sadritas. (¡LUZ SOLIDA!, HOMBRES DE TITANIO, ¡HA MUERTO EL SOL! y REGRESO A LA PATRIA)
En lo que respecta a sus cinco satélites conocidos entonces (ahora son como diez o doce más), en el citado episodio de los sadritas vienen todos descritos de una manera no muy distinta de como son en realidad: Unas bolas de polvo y hielo completamente estériles. Por cierto que también nos encontramos aquí con varias alusiones a Miranda, el quinto satélite de Urano, descubierto apenas diez años antes; Enguídanos procuraba informarse sobre sus escenarios, hecho éste nada habitual en este tipo de novelas. Sin embargo hay una notable (y negativa) excepción: La descripción de Titania, uno de sus satélites, aparecía en la novela ¡PIEDAD PARA LA TIERRA!, una de las más mediocres novelas de este autor en la que encontramos un extraño mundo polar habitable e, incongruentemente, habitado por unos extraños gigantes.