
La Saga de los Aznar y su autor, Pascual Enguídanos Usach, más conocido como George H. White o Van S. Smith, pertenecen al mundo de las novelitas de a duro que ilustres de la literatura de kiosko, como Marcial La Fuente Estefanía y Corín Tellado, cultivaron con un ahínco y gran productividad. Aunque de calidad irregular, en estas novelas Enguídanos creó un universo en el que las aventuras se sucedían sin cesar y las magnitudes (¿en que otra obra se puede leer con naturalidad que en las batallas intervengan MILLONES de astronaves por ambos bandos?) se escapan incluso a lo que los más preclaros autores del género han llegado a imaginar.
Y no sólo eso, inventos como la diamantina (material cristalino casi indestructible), la dedona (metal superdenso con propiedades electro-antigravitatorias) o las Karendon (máquinas duplicadoras antecesoras, mucho más funcionales, de los transportadores de Star Trek) se adelantaron a lo que autores de más campanillas pergeñaron años más tarde.
Tampoco hay que engañarse respecto a lo que es literariamente La Saga de los Aznar, el estilo es tosco y se resiente de la premura con la que el autore debía entregar sus obras a los editores y de las sucesivas reescrituras, además de presentar a unos personajes sumamente estereotipados y la resolución de las situaciones es tan favorable para los protagonistas como inverosímil en su desarrollo.
¿Pero qué más da? El principal objetivo de estas novelas; entretener y maravillar, se consigue plenamente, el lector obvia ser perfectamente consciente de que tiene entre manos un producto estilísticamente deficiente porque la otra componente, la evasión, está plenamente lograda.
En una época en la que la radio y el cine eran los únicos medios audiovisuales de los que se disponían, sólo los tebeos y estas novelitas de a duro eran capaces de evadir al españolito de los 50 de la dura realidad que le tocaba vivir día a día.
Y como buena space-opera La Saga de los Aznar lo consiguió, y con más éxito que el resto de sus competidoras. Probablemente la razón principal sea que, como él mismo confiesa, el propio Enguídanos apenas había leído nada de la ciencia-ficción que llegaba desde Estados Unidos (por aquel entonces lo mejor de la Edad de Oro) y la falta de influencias hacía que su universo fuera más original, rico e imaginativo. No, desde luego, riguroso en el plano científico (aunque al respecto, Enguídanos mantuvo una línea ciertamente respetuosa, dentro de sus posibilidades y conocimientos) pero si trepidante en el plano aventurero de sus relatos. Todas estas virtudes hicieron que La Saga fuera reconocida como la mejor serie de ciencia ficción publicada en Europa en la Convención Europea de Ciencia-Ficción de 1978, en Bruselas.