La Memoria Estelar
Aquellos locos tiempos de Parsec
Ángel Torres Quesada

me015.jpg

Durante muchos años había creído que en esto de la ciencia-ficción yo estaba más solo que la una en Cádiz, vamos que ningún paisano mío tenía el menor interés por esas novelas que hasta hacía poco no sabían como llamarla, ni en qué género encuadrarlas.

Aparte de mis amigos de la infancia, a los que les prestaba las novelitas de Luchadores del Espacio, allá en los tiempos de la escuela de Comercio, entre partida de futbolín y clases de religión, matemáticas y latín, las asignaturas que más odiaba, no había nadie desde el Parque Genovés hasta Cortadura que le importara un pito las aventuras de Flash Gordon, del Capitán Rido o de Miguel Ángel Aznar.

Pasé parte de mi juventud manteniendo casi en secreto mi afición por las cosas de marcianos y las naves de colorines, las que tripulaba mi entrañable Flash cuando se las robaba a los malvados sicarios de Ming. Era como llevar un estigma en la frente, o que te tomaran por loco, o como poco por un chiflado, pero no peligroso. Por aquellos años había cosas peores, muchos tabúes y demasiadas prohibiciones. Mi manía por las aventuras espaciales era como un pecadillo venial, que por supuesto nunca confesé a ningún individuo de negro refugiado en esa especie de garita de madera que llaman confesionario; yo ya hacía tiempo que había dejado de contarle mis cosas a los que te recibían con la contraseña del Ave María y tenías que responder Sin Pecado Concebida, como si se tratara de una película de espías, más o menos lo que había que decirle al camarada que nos instruía en el Espíritu Nacional, un Viva Franco, como saludo al que el falangista Janeiro, que así se llamaba, respondía con un cansado Arriba España. O al revés, que les daba igual el orden de los factores porque el resultado no se iba a alterar, que no era otro que hacer el ridículo. Eso sí, el instructor de los valores eternos de la patria te exigía que le llamaras de tú. Todo un detalle.

La vida, entre otras cosas como el futbolín, el fútbol, los tebeos, el cine y las chavalas, me la alegraban las novelas de ciencia-ficción, que por suerte eran cada vez más encontrables. Sin embargo, siempre he tenido la sensación de que yo vivía bastante aislado en este aspecto, porque amigos con los que jugar al futbolín, iba al cine u organizaba un guateque, que por entonces estaban de moda en patios y azoteas, no me podía quejar. Pero era una pena y una lata no tener un lanchote con el que comentar los buenas que era la novela de Heinlein, de G. H. White o de aquel tipo que me había dejado flipado con UNIVERSO DE LOCOS.

Después de mi experiencia en la librería Cerón, propiedad de un tío que iba a misa todas las mañanas, y a veces a alguna que otra por la tarde, yo me andaba con cuidado. No recuerdo si he contado que cuando una tarde entré en la librería de marras, en la que de misales y libros de santos todos los que quisieras, pero poco de ciencia-ficción, y pregunté por EL FIN DE LA ETERNIDAD, que estaba en un rincón del escaparate, el capullo del dependiente, y un matrimonio que remoloneaba por allí buscando una edición de la vida y milagros de Santa Teresa, se rieron a mi costa, porque para ellos era inconcebible que la eternidad, que por supuesto debía ser propiedad de su jefe en los cielos, tuviera un fin. Vamos, que a pesar de que me gasté 25 pesetas, ni me envolvieron la novela. Lo extraño era que vendieran allí los libros de Nebulae y no los hubieran arrojado a la hoguera.

Pero tampoco hay que exagerar. El régimen aflojaba la mano a veces y nos permitía comprar cosas que unos años antes era impensable comprarlas. Tiempo después, como una década más o menos, me enteraría de que la edición completa de FORASTERO EN TIERRA EXTRAÑA fue retirada del mercado, y guillotinada cual María Antonieta cualquiera, por borde, según el censor de turno, y la revista Nueva Dimensión por poco se la cargan por publicar un cuento llamado GUTA GUTARRAK, o algo parecido, tan inocente en el fondo como malo de solemnidad de principio a fin. Por publicar esta chorrada a los directivos de ND los acusaron de hacer apología del nacionalismo vasco. En fin, que la cosa estaba un poco mejor pero no suficiente. A uno, y a millones de españolitos, le habría gustado ver las pelis como las veían en el extranjero, y asistir por fin a la proyección de la mítica obra de Chaplin, EL GRAN DICTADOR, de la que yo sólo tenía referencias por unas fotos que un día encontré en un libro que hablaba de cine en la Biblioteca Americana, centro de acercamiento cultural hispanoamericano, como decía la propaganda, que estuvo durante muchos abierta al público en el piso de arriba donde celebramos las Hispacones en Cádiz, vulgo la plaza del Palillero por entonces, y por cojones plaza del general Varela antes. Ahora, otra vez del Palillero. La hostia. Allí vi también un día la novela 1984, pero en inglés, y como yo sólo sabía contar en el idioma de Chespi hasta diez, no como ahora que cuento hasta ciento veintitrés, me quedé con las ganas de leerla durante un montón de años, hasta que encontré una versión en español, publicada en Argentina.

Como ya había empezado a hacer mis pinitos en la ciencia-ficción escribiendo algunos cuentos e iniciando docenas de novelas que no conseguía terminar, llegó el día en que publiqué en la Editorial Valenciana y se me abrieron un poco las puertas de las editoriales. No voy a contar lo que pasó, porque creo que ya lo he contado. El caso es que llegó 1979, y un buen día, porque era primavera y lucía el sol, se presentó en el despacho del negocio familiar un hombre preguntando por mí. En seguida adiviné que había llegado con la intención de comprar una docena de pasteles. También pensé que podía ser un representante catalán, por el acento, que quería venderme bandejas de cartón o unos cientos de kilos de caramelos de la casa Tardá o de Mauri, que por entonces bajaban mucho por Andalucía con ganas de hacer negocios. La de amigos viajantes catalanes que hice durante aquellos años. Esta profesión dejó de existir hace tiempo, y es una pena.

Lamento no recordar nombre del hombre que se presentó a mí diciéndome que venía de parte del jurado del concurso de cuentos de la Hispacón, que ese año se había celebrado en Madrid. Como yo compraba las revistas de Nueva Dimensión que llegaban a Cádiz, no todas las que me habría gustado, porque la distribuidora no hacía mucho caso a Domingo Santos, Luis Vigil y Sebastián Martínez y las perdía por ahí o no las distribuía, más o menos como ahora, sabía que a veces unos aficionados de Madrid y Barcelona se reunían, hablaban de ciencia-ficción y hasta daban conferencias y mesas redondas. Aquel año convocaron un concurso de cuentos, no daban un duro de premio pero en cambio habían prometido entregar unos trofeos a los ganadores. Aquel hombre traía consigo dos, uno era para mí y otro para un tal Rafael Marín, gaditano como yo, me dijo. Me contó que había estado en la casa del ganador del segundo premio —yo me llevé el tercero, mecachis— y allí no encontró a nadie.

Fíjense si las Hispacones de entonces eran pobres que no podían pagar ni los portes para hacer llegar a los ganadores una especie de copa de metal plateado sobre un pedestal de plástico. La ventaja que tenían aquellos trofeos era que pesaban poco, no como los de ahora, que hay que comer antes para cargar con ellos y llevárselos a su casa, o dejarlos por el camino y ahí te pudras, pedrusco. Pues como el mensajero de la Hispacón 79 tenía que marcharse aquella misma mañana, me preguntó si podía encargarme de entregar al tal Rafael Marin Trechera la prueba de que su cuento HABRÁ UN DÍA EN QUE TODOS... había sido galardonado. Me dejó la dirección del enigmático autor, nombrándome en un solemne acto recadero hispaconero. Encima le invité a una cerveza.

Aquella tarde cogí el coche, y cargado con el trofeo del segundo premiado, que era diferente al que me había correspondido, no mejor ni peor de estilo, fui al domicilio del tal Rafael Marín. Él no estaba. Su madre me dijo que volvería más tarde, alrededor de las ocho, porque su nene se encontraba haciendo prácticas de magisterio. Como tenía que hacer algo mientras tanto, le dije a la señora que volvería, cual Arnold cualquiera (No escribo el apellido porque nunca me acuerdo cómo se escribe, pero ustedes me entienden) Le dejé el trofeo para que ella se lo entregara al ganador, que no era cosa de andar cargado con aquel trasto un par de horas.

Yo sentía curiosidad por conocer al chico llamado Rafael Marín, nada menos que un paisano que escribía ciencia-ficción. Por eso volví. Claro que si aquel día hubiera tenido el don de adivinar el futuro, no vuelvo. Es broma, que conste.

Cuando regresé al cabo del rato, un largo rato, me abrió la puerta un chico que por aquel entonces tenía el aspecto de la foto que ilustra esta Memoria. Les juro que no está trucada. Alguien la tomó la tarde en que nos reunimos en la casa de Vicente Sosa para hablar de ciencia-ficción; pero como habíamos comprado un lote de langostinos, gambas y otras delicadezas, nadie se acordó de Asimov ni de sus fundaciones.

A lo que iba. El chaval me dijo que él era Rafael Marín y me hizo pasar al salón, en el que había otro chico, un amiguete de él, que me presentó como compa de estudios. Charlamos un poco, cambiamos impresiones, me contó por qué había escrito su relato, él descubrió que yo era A. Thorkent y me confesó sin rubor que había leído algunas novelas mías, incluso había plagiado una llamada LA AMENAZA DEL INFINITO. Cosas de la vida. Qué chico más simpático, pensé entonces. Y qué modesto, me dije. Con los años llegué a comprender por qué nunca he acertado una primitiva ni una quiniela. También es broma. Lo que no me pasó por la cabeza es que aquel joven escritor llegaría a ser lo que es hoy día.

Pues quedamos un día para que él fuera a mi casa, porque tenía ganas de ver mi biblioteca. Me preguntó si podía llevar un amigo. Bueno, llévalo, le dije. Y va el tío y se cuela con seis o siete amiguetes, porque querían conocerme y ver un puñado de novelas de ciencia-ficción, sobre todo los libros de Nueva Dimensión publicados hasta la fecha y la colección enterita de Nebulae, entre otras cosas.

En aquel grupo de mozalbetes había un chaval pelirrojo de mirada extraviada de nombre Juan Andrés Mateo, futuro inspirador de relatos extraños para Rafa. Si no, lean un día de estos la novela DETECTIVE SIN LICENCIA, cuando la publiquen. Había otro chico con gafas, el más alto y espigado, de nombre Vicente Sosa. Luego me enteré que su padre era inspector de Hacienda, casi nada. Creo que también estaba, por supuesto además del hermano de Rafa, Luis Miguel, un tal Pepe y otro de nombre Francisco Gallardo. Ah, y un tocayo mío, Ángel Olivera, que a este sí que le conocerán por más de un relato suyo que habrán leído. Ángel, mi tocayo, era el único que trabajaba de verdad de toda aquella panda de gandules, digo de estudiantes. Ángel Olivera estaba empleado en una agencia de viajes y aún sigue allí, dando el cayo.

Cuando Rafa lea esta Memoria dirá que se me han cruzado los cables y he olvidado algunos detalles. Pero no importa. La falta de recuerdos se suple con un poco de imaginación y ya está.

Me llevé la sorpresa, agradable por cierto, de encontrarme con un grupo de chavales a los que les flipaba la ciencia-ficción. Hay que ver lo que mejora la raza, pensé aquel día, a estos no les importa reconocer que les gusta la cosa esa de cohetes y marcianos.

Confieso que me sentí un poco apabullado en medio de tanta juventud interesada en leer ciencia-ficción, y también porque me pareció ver en sus miradas una mijita de admiración hacia mí cuando les conté que había escrito esto y lo otro.

No sé cómo surgió la cosa, pero quedamos en reunirnos de vez en cuando para hablar de marcianos, de cine y de lo que hiciera falta. Incluso de política, que para eso estábamos viviendo el comienzo de la democracia y la transición ya la habíamos dejado atrás.

Lo que más me sorprendió fue que casi todos aquellos chicos eran capaces de escribir. Qué cosa tendrá la ciencia-ficción, reflexioné, que a la mayoría de sus aficionados le da por imaginar historias. Y se daban buenas mañas los muy condenados, sobre todo el puñetero Rafa. Cuando leí su cuento me dije, pero no se lo dije a él, que sería un autor como la copa de un pino. Bueno, entonces creía que ya lo era como la copa de un arbolito, pero nos demostró con el paso del tiempo que las ramas de su árbol crecían y daban más y mejor sombra.

Como en ocasiones éramos muchos y no cabíamos en mi despacho, ni había sillas para tantos y no era cuestión de dejar a algunos de pie, nos la arreglamos para reunirnos en el local que fuera del Frente de Juventudes, en una sala que teníamos que solicitar con unos días de antelación. Otras veces nos sentábamos a la mesa de una cafetería o nos íbamos a un piso de la tía de un socio, donde discutíamos sin que nadie nos molestara, y a veces a merendar. A alguien se le ocurrió la idea de que escribiéramos una novela entre todos a base de un capítulo cada uno. A mí me eligieron para que la empezara, supongo que por eso de que era el veterano. O el más tonto, vete a saber. Por sorteo se eligieron los continuadores de mi comienzo. Me resigné y escribí el primer capítulo de las andanzas de Dan Kepler, que vuelve a la Tierra y se encuentra que, después de pasados muchos años, todo el mundo bebe un potingue la mar de extraño y se vuelve tarumba. El experimento terminó como el rosario de la aurora, que por cierto nunca me he enterado cómo termina, pero seguro que debe terminar en un lugar la mar de chungo. Creo que se escribieron cinco o seis capítulos. El último lo escribió Ángel Olivera y nos partimos de risa cuando él lo leyó, y también por poco no le partimos la cara él, porque el muy jodido se cargó la novela, mató hasta al apuntador y al final los vencedores cantaron una cachonda versión de El cara al sol. Y es que por aquel entonces todo el mundo, incluido yo, se sabía de memoria la letra, no como el Santiago Carrillo del chiste, que agachado en el Congreso mientras el Tejero andaba por allí pistola en mano y con cara de cabreado, le pedía por favor a Fraga que le recordara las estrofas joseantonianas. Por si acaso.

Puesto que el comienzo de la frustrada novela era mío y yo aún trabajaba para Bruguera, pues escribí la novela de marras por mi cuenta y riesgo, la envié y la publicaron. Como buen hijo de mi madre y de mi padre y de las penurias de los cuarenta, me había acostumbrado a aprovecharlo casi todo. Por ahí anda. Por supuesto, no la rematé ridiculizando la canción, y no por falta de ganas, sino porque temía que el responsable de la colección fuera un facha y me la devolviera. No lo era, que va, me enteraría más tarde, sino un hombre que las había pasado canutas durante el franquismo, y como otros muchos para ganarse la vida tenía que escribir novelitas de a duro y el oficio no lo olvidó cuando se hizo cargo de revisar las paridas que un puñado de locos enviábamos a Bruguera.

Fueron unos años entrañables aquellos. Hoy, veintantos años después, los recuerdos y los añoro. Yo tenía el doble de edad de aquellos chicos y puedo decir que los he visto madurar —es un decir, porque si les contara...— hacerse hombres y salir adelante en la vida. Algunos a trompicones, que conste. He asistidos a sus bodas, a las de algunos, y he compartido con ellos momentos dolorosos y al revés.

Les recuerdos. Vaya si me acuerdo de esos puñeteros que un día, conmigo al frente como presidente electo por mayoría, formamos el Grupo Parsec. ¿Cómo voy a olvidar las tardes que pasamos discutiendo los estatutos de la asociación? Porque queríamos legalizarla y todo, a ver si de paso conseguíamos alguna subvención para invertirla en gambas, que ya empezaban a proliferar. Pero que va, nunca terminamos de redactar los estatutos y al final hicimos lo mejor que podíamos hacer con ellos: mandarlos a hacer puñetas. ¿Para qué los queríamos? Éramos así de anárquicos. No todos, pero sí la mayoría. Pasamos de papelotes y zarandajas. También nos llevamos discutiendo no sé cuántas semanas el nombre que debía llevar el grupo. Creo que fue a Rafa quien se le ocurrió lo de Parsec, pero barajamos más de cien nombres, porque todos los que se nos ocurrían ya estaban ocupados. Hay que ver las cosas en que perdíamos el tiempo. Pero lo pasábamos bien, oigan.

El Grupo Parsec duró algunos años, aunque no lo crean, pero como todas las cosas en la vida un día dejamos de reunirnos.

Una tarde de reunión fuimos a la estación a recibir a un aficionado que se había puesto en contacto con nosotros. Venía de Jerez. Se llamaba Alfredo Benítez.

Pero este hombre merece un capítulo aparte. Mejor dicho, una Memoria Estelar en su memoria, que me gustaría que compartieran quienes le conocieron, porque años después un lamentable accidente de tráfico cortó su entusiasta vida. A ver como lo hacemos.


Notas

Lanchote: Más que amigo, también amigo del alma.

Ángel Torres Quesada, 15 de abril de 2003
Publicado originalmente en Bibliópolis el 27 de abril de 2003
como Aquellos locos tiempos de Parsec

Creado: 7 de agosto de 2009
Última actualización: 06 de noviembre de 2011 a las 10:58  Bienvenida  Mapa del Sitio  Enlace permanente